Una crisis mental



La realidad es neutra. Lo que no es neutro es la interpretación sesgada y distorsionada que cada uno de nosotros tiene de ella. Tengo entendido que eso quedó claro en mi último artículo. Puede ser que me equivoque, pero no vayamos por el camino del escepticismo. ¿O sí?


Covid-19. Actualmente, se trata de una de las palabras más utilizadas en cualquier parte del mundo. Lo que empezó siendo una crisis sanitaria ha acabado por ser la causante de una crisis económica sin precedentes cuyos efectos se empiezan a sentir cada vez más. Sin embargo, a día de hoy, mientras seguimos presenciando una fase intermedia de ambas (si es que de verdad hemos atravesado la mitad de todo esto), estamos adentrándonos (si es que no estábamos ya dentro) en una tercera crisis que se acumula a las otras dos; una crisis que posiblemente tenga unas consecuencias aún más nocivas para las bases regidoras de nuestra sociedad que los otros dos espeluznantes desafíos a los que actualmente hacemos frente. Sin más preámbulos, os presento, queridos lectores/as, a la crisis que ya empieza a sacudir y que cada vez sacudirá más fuerte a la sociedad: la llamada crisis ética y moral. Bueno, al menos hasta que no haya una vacuna efectiva... -esta frase se está convirtiendo en un comodín para todo, ¿no creéis?-.


Sal a la calle. Bueno, sal si quieres. Estaría feo ejercer cualquier tipo de coacción sobre los ciudadanos en una época de extrema sensiblería personal y colectiva. Pero de esta sensibilidad desmedida trataremos más adelante. Seamos pacientes.


Mascarillas. Distanciamiento social. Gel hidroalcohólico. Conforman el “starter pack” de esta interminable nueva normalidad. Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), de una manera u otra, y basándose en las comunicaciones oficiales de las autoridades sanitarias de los distintos gobiernos y organizaciones internacionales, han permitido que la población pueda saber cuáles son las medidas preventivas de actuación frente al dichoso virus tanto en la esfera privada como en la pública. Salvo alguna declaración oficial un tanto esperpéntica -señor Bolsonaro, señor Trump, daos por aludidos– las medidas, ya sean recomendaciones o imposiciones, han seguido una línea similar en los cinco continentes (sin contar la Antártida).


Sal a la calle si quieres. Queda con tus amigos. Ve a visitar a un familiar a su casa. Viaja. Pásalo bien, disfruta. Pero ¿cuál es el límite? ¿Podemos buscarlo en Google? ¿Podemos preguntárselo a Siri? ¿Un burofax a la Casa Blanca o al Kremlin?


Es septiembre. Mi gran amigo Juan vuelve de la playa… ¿Lo abrazo, le doy la mano, el puño, el codo? ¿Con mascarillas? ¿Sin? Bueno, es Juan, seguro que ha tenido cuidado por ahí. ¿Y mis abuelos? Bueno, a ellos ni saludarles, pero tampoco voy a estar 24/7 con la mascarilla, ¿no? Bueno, igual no voy a verlos. Pero, joder, estoy con mi madre todos los días, y ella sí va a verlos. ¿No sería lógico que, si estuviese yo contagiado, ella también? ¿Hay algún patrón lógico en la transmisibilidad de la Covid? ¿Y las copas en casa de la Yopis? ¿Voy? Coño, hay un huevo de rebrotes por toda España, pero el Gobierno de la Comunidad de Madrid dice que menos de 10 está bien. Somos 9. ¡Genial! Bueno, me quitaré la mascarilla para beberme un par de copas y si eso para echarme un piti. Bueno, ¡y si ligo! Al final somos 17 en casa, y en el balcón súper espacioso al que hizo referencia el primo de la Yopis no caben ni dos. Pff, qué agobio. Todos sin mascarilla. Encima al parecer un amigo del Pablo estuvo hace dos días con un amigo que estuvo en contacto con un positivo. Buah, me voy a pirar. Pero mierda, ya le he dado un par de tragos al vaso de Pablo sin querer. Puto alcohol. Voy a hacer cuarentena voluntaria un par de días. O igual debería encerrarme una semana. ¿15 días? La verdad es que, si hace falta, y si la salud pública y el futuro del mundo lo requieren, me atrinchero tres meses seguidos en mi casa. Mañana es el cumple de mi abuelo y en principio vamos a comer juntos toda la familia… ¿voy o no? Vaya dilema existencial, macho. Si lo de ayer al final no fue nada. Bah, estás que estoy contagiado. Además de acudir a la reunión familiar, por la tarde iré al gimnasio, al cine y al teatro. Pero cancelo la reunión de trabajo del lunes que va a ser en un sitio cerrado y tengo que presentar sin mascarilla. No vaya a ser que yo sea el culpable de cualquier desgracia… BUAHHHHHHHH


Y esto es solo una pequeña representación de la cantidad de cuestiones que se le pueden pasar a uno por la cabeza al afrontar situaciones cotidianas en las que siempre juega el factor inevitable de la Covid. Es, pues, un hecho certero que el “nuevo” coronavirus está obligando a millones de ciudadanos alrededor del mundo -con especial énfasis sobre los ciudadanos occidentales- a adoptar determinadas actitudes completamente desconocidas para ellos hace tan solo un par de meses. Claramente, uno puede vivir sin estas preocupaciones y hacer como si nada. O interiorizar estos miedos y crear una burbuja de terror que socave su mera existencia en la faz de este mundo. También está la alternativa de relativizar estas inquietudes y allanar el camino hacia la seguridad y el bienestar colectivo mediante una estrategia de minimización de nuestra exposición al virus. Y, ¿puedo hacer eso y seguir disfrutando de la vida? Desafortunadamente, no hay una respuesta inequívoca. Cada persona es un mundo, cada generación social es un mundo, cada estrato de la sociedad es un mundo. La realidad es neutra, las elecciones de cada uno también. Sin embargo, lo que sí está claro es que ya estamos, y vamos a estar, ante constantes situaciones morales y éticas en las que el bien y el mal no están definidos, y donde nuestro propio sistema de creencias será el principal condicionante para tomar un camino u otro. Porque, ¿dónde terminan nuestras libertades en esta pandemia? ¿Han de terminar donde empiezan los temores de los otros? Pero ¿son verdaderamente todos estos temores fundados? Y luego está la cuestión: ¿cuáles son las cifras de contagios y de muertes con las que estamos dispuestos a vivir sin que se nos confine de nuevo? Porque, ¿qué tiene más peso en esta crisis: la salud pública, el sistema sanitario o la economía? ¿Podríamos hablar de un neoutilitarismo por parte de los gobiernos mundiales? Hay muchas preguntas que resolver y una falta de análisis crítico tanto por parte de las autoridades como de la sociedad civil. Pero ¿cómo va a haber una falta de pensamiento crítico en la “era de la información perfecta”? Si todas las respuestas que buscamos están al alcance de la mano, a un solo clic, ¿verdad?


La paciencia os permitió llegar hasta aquí. Buena señal. Allá voy: Durante la historia de la humanidad la sensibilidad del Homo Sapiens ha jugado un papel clave en los eventos acontecidos en el planeta Tierra, trayendo consigo infinitas alegrías y otras tantas desgracias. Actualmente, en pleno siglo XXI y con miras a entender el verdadero impacto de una Cuarta Revolución Industrial ciertamente fulminante, el desarrollo de los Estados de Derecho y, sobre todo, de las democracias, han permitido que las TIC ocupen un pilar fundamental en los cimientos de la sociedad. Este punto de inflexión ha disparado los desarrollos tecnológicos y los avances científicos, permitiendo así un progreso incansable de todo lo que nos rodea, siempre con el fin de mejorar la calidad de vida de cuantos más humanos mejor -o eso se nos ha dicho siempre. ¡La satisfacción de John Stuart Mill, esté donde esté, debe de ser inmensa! Sin embargo, la llegada de las TIC también ha conllevado numerosos contratiempos en lo relativo al pensamiento humano. Aparte de ser el medio por excelencia por el que se cuela la desinformación, las TIC han sido plenas artífices de un sentimentalismo exagerado. Han contribuido, indirectamente, a la aparición de millones de personas que ya ni toleran una mínima refutación respecto de las opiniones que ellos han expresado. ¡No vaya a ser que sus sentimientos se vean heridos por un don nadie! A fin de cuentas, la supuesta “era de la información perfecta” ha permitido que cualquiera, sin importar en absoluto quién sea, pueda tener una opinión, más o menos fundada, sobre cualquier tema pasado o de actualidad. Solo hace falta buscar un par de palabras claves en Google, y… ¡tachán! ¡La fuente de la sabiduría! Bebamos extasiados hasta que nuestros intestinos estén saturados. Y cuando la información que hayamos recopilado nos resulte suficiente -ya sea obtenida de los titulares de un medio de comunicación crítico con el Gobierno actual, del telediario emitido por la cadena estatal por excelencia, de la columna de opinión del periódico que más se asemeja a nuestros ideales, o de los tuits y vídeos que publica nuestro youtuber favorito- pongámonos la coraza del conocimiento inamovible. Y cualquiera que discrepe de nosotros o que haga referencia a una serie de datos que no hayamos encontrado en nuestra laboriosa indagación por la “World Wide Web” & Co, despreciémosle. Seamos intolerantes con su visión del mundo porque la fuente de la sabiduría de la que ha bebido él o ella era de agua no potable. ¡Convenzamos a nuestros sentidos de esto!


Hay algo de lo que yo sí estoy convencido. Por esa razón concluyo. Mientras no se descubra “la vacuna”, vamos a estar afrontando situaciones cotidianas, completamente nuevas para la gran mayoría de nosotros, en las cuales nuestro yo interno, indudablemente condicionado por factores externos, tomará las decisiones que considere más adecuadas. Y para estas elecciones, la información perfecta y las TIC no estarán ahí para salvarnos, pero sí para influir en cómo actuamos. Por ello, no vendría nada mal cuestionar y contrastar la información de vez en cuando… ¡y eso no conlleva en absoluto adentrarse en el mundo de la “hipersensibilidad intolerante”! Aprender a desaprender para volver a aprender puede sernos de gran utilidad en esta crisis ética y moral inédita.