Los guapos, los listos y los mediocres

Hace apenas unas semanas tuve una conversación de lo más interesante con uno de mis mejores amigos acerca de la mediocridad. Surgió a raíz de una iniciativa (digamos que un tanto bizarra) que tuve de encuestar a mi círculo más cercano sobre lo que se pensaba sobre este asunto. En la primera pregunta se pedía una simple definición sobre la idea de mediocridad. La segunda, una descripción a través de tres adjetivos de aquellos rasgos con los que se identificaba a algo/ alguien mediocre. Por último y no menos interesante, les pedí a los encuestados una pequeña reflexión sobre si se habían sentido mediocres alguna vez en su vida. Me entristeció (aunque no me supuso ninguna sorpresa) que 19 de los 28 (un 67.9%) que participaron se habían sentido identificados con la palabra mediocre en algún momento de su vida. Sin embargo, ¿por qué debería lamentar el que alguien (o incluso yo) pudiera llegar a sentirse identificado con la mediocridad?, ¿qué es lo que entiende el inquieto lector, que vive en la misma sociedad que yo, como mediocre?   

La conclusión a la que llegué después de haber leído una a una las descripciones sobre lo que suponía la mediocridad, es que estas se acercan mucho a la definición de “del montón”. Según mis interesantes encuestados, una persona mediocre es alguien que no sobresale, que no destaca por nada en especial. Podríamos hablar incluso de alguien que se acomoda y se estanca en sus carencias, que aún pudiendo hacerlo, decide no sacarse adelante porque es incapaz de superar ese conformismo que le apisona. Una persona mediocre es perezosa por naturaleza y no solo eso sino que no le importa serlo, puesto que no se esfuerza por cambiar. Otro rasgo de la mediocridad, según algunas de las respuestas de la encuesta, es incluso el de no tener cualidades suficientes (físicas ni psicosociales) que te hagan sobresalir en tu propio entorno. Podríamos decir, por tanto, que una persona considerada como mediocre por la sociedad (o por sí misma) es alguien cuya existencia no se nota mucho. Y es esta razón por la que decidí hacer este escrito, querido lector: porque muchas veces, desde esta palabra hemos fusilado (aunque haya sido sin querer y sin verbalizar) nuestra dignidad o la de otra persona solo porque la contemplamos desde una óptica que mutila la realidad de su “todo”. Es justo por esto por lo que considero que no solo la mediocridad es terriblemente subjetiva, sino que me limitaría a decir que lo es tanto que no existe.


Necesitamos, mentalmente, clasificar a las cosas para saber qué hacer con ellas. Para ejercer un control sano y ordenado sobre los diferentes asuntos de nuestra vida. De esta forma, al igual que etiquetamos a los objetos con la finalidad de saber cómo referirnos a ellos y así, reconocer su existencia a través de las palabras, nuestra cabeza encasilla a las personas en función de nuestra historia, de nuestro pasado y de nuestras ideas. Es por esto por lo que la mirada de cada persona es diferente de la del resto: miramos y juzgamos la realidad a través de unas gafas que no captan siempre la realidad al completo, sino la parte que únicamente puede pasar a través de ellas. Muchas veces esas etiquetas no solo son erróneas por esta razón, sino que reducen todo lo que supone una persona a una simple palabra. Esta palabra puede ser “lista”, “guapa” o en situaciones menos optimistas, “mediocre”. 


El concepto de mediocridad, bajo mi punto de vista, nace de una idea que de por sí es negativa. Nos hace pensar en un estado de “a medio gas”, que se encuentra eternamente a medias de algo. Nos lleva, de forma casi inevitable, a clasificar a las personas en una escala numérica solo con el cínico motivo de ordenarlas en base a una serie de cualidades reconocidas por el resto, sin importar aquellas que no se ven a simple vista. El término mediocre nos inyecta en vena una sensación eterna de insuficiencia porque estamos en el saco sin fondo de lo que no destaca, de lo que no merece la pena ser reconocido porque no reluce ante el resto de forma llamativa. El reconocernos como mediocres (y hacerlo así con el resto de personas) nos anestesia los talentos y nos hace olvidarnos de nuestras propias debilidades. El verse mediocre implica verse plano, sin valles ni montañas, sin nada con lo que sentir nuestra propia seña de identidad. Además, nos quita cualquier anhelo de superación, de sacrificio. Nos saca de nuestros ideales la gran recompensa del esfuerzo porque nos recuerda que los mediocres es difícil que puedan superarse a sí mismos en algo acaso. Pero bueno, mi queridísimo lector, ¿se te viene alguien a la cabeza que se identifique con esta versión de la mediocridad?, ¿crees acaso que alguien que sencillamente cree que no es suficiente, se transforma en la encarnación de la mediocridad? Si continúas leyendo unas líneas más de este texto, descubrirás qué pienso acerca de esto. 


Para mí, el hecho de “ser” NUNCA va a ser mediocre, sea como sea esa existencia. Cada persona tiene un papel insustituible e inalienable y es justo por esto que la palabra mediocridad, frente a esta realidad, se desarma como un castillo de naipes. Es una realidad conocida por todos el que haya vidas más fructíferas o aventuradas que otras. Hay algunas llenas de historias, y otras más tranquilas. Lo cierto es que solo por el hecho de estar en la vida, cualquier ser humano tiene la oportunidad cada día de dar su mayor don, que es nada más y nada menos que a sí misma. Cualquier día es bueno para coger un camino diferente y empezar de cero y comenzar a esforzarte por crear un entorno favorable a tu paso. Cada vida tiene el potencial de mejorar la vida del mundo, a una escala menor o mayor. Esto, esta existencia que puede verse como un regalo, no puede ser desestimada. No podemos infravalorar cada pequeña acción que hacemos a través del cuerpo y del alma que tenemos solo porque no consideramos que alcance el exigente estándar que a veces nos pone la sociedad o que peor aún, nosotros mismos nos ponemos. No podemos tildar de mediocre una acción hecha con el corazón y con el cerebro de una persona que busca el mayor bien de otra o de un asunto en concreto, solo porque no destaque a ojos del mundo. No podemos, por ejemplo, infravalorar un abrazo o un buen beso dado a tiempo porque muchas veces es justo lo que necesitamos para no derrumbarnos. Nada de eso puede ser mediocre porque acaso la persona que lo ejecuta tampoco lo es. No podemos desestimar cuando nuestros abuelos nos dicen que nos quieren, porque la gran mayoría de ellos no piensan, querido lector, que seas un mediocre. 


Es más que común que en el ámbito académico o laboral veamos la mediocridad más presente, más allá de estos entornos amorosos, amistosos y familiares. Nos han inculcado desde que tenemos uso de razón que el que no se sienta durante horas a estudiar en una mesa para después sacar un respectivo 10 (o 9 en el más dramático de los escenarios), puede acabar en el camino de la mediocridad. Nos han casi exigido que no solo tenemos que ser siempre la mejor versión de nosotros mismos, sino que si podemos ser los mejores en lo nuestro ya no tendremos forma de conocer al monstruo de la mediocridad. Y no considero que esté mal, querido lector, la exigencia. Creo de hecho que muchas veces es aquello que nos saca de una zona de confort para que puedan salir a flote nuestras mejores virtudes. Sin embargo, no es el problema de la exigencia en sí el que condeno, sino el asociar constantemente las calificaciones académicas o los puestos de trabajo a la validez de las personas. Esta denuncia la hago por aquellas ocasiones en las cuales un docente ha puesto en entredicho el trabajo, el esfuerzo y la inteligencia de un alumno por una calificación académica que aunque aprobada, no llegaba al 7. También lo digo por aquellos que caen un poco en el elitismo intelectual de pensar que sus trabajos son necesarios mientras que los del resto, solo por tener una responsabilidad social diferente, son simplemente trabajos mediocres. Esta denuncia la hago por todas y cada una de las personas que se han mirado a sí mismas como seres insuficientes sólo porque otro les ha instado a mirarse así. Porque por culpa de una mirada ignorante (y quizás algo acomplejada), podemos cargarnos la forma en la que nos vemos a nosotros mismos. Y eso, quiero que le quede clarísimo a mi querido lector que es impagable. 


El amor, la fuerza que tiene nuestra existencia en absolutamente todos los aspectos derriba cualquier idea de que podamos ser insuficientes. En el momento que nos sentimos así es porque es bastante probable que nos estén mirando con unos ojos ciegos, o que directamente nosotros no nos conozcamos lo suficiente. Aunque esto de conocerse sea tarea de una vida casi, tengo que reconocer que el sentirse identificado con el término mediocre no tiene nada que ver con lo poco talentosos que seamos, sino con lo poco que uno se valora. Nos pasamos prácticamente toda nuestra vida esforzándonos por ser, o al menos por aparentar ser diferentes al resto. Considero que esto forma parte de nuestra naturaleza, el tener la necesidad de decirle al mundo que somos irrepetibles. Sin embargo, creo que se convierte en un verdadero problema en el momento en el que depositamos ese supuesto esfuerzo por ser diferentes en el reconocimiento hacia nosotros de nuestro propio valor. Es decir, valgo de una forma directamente proporcional a lo que mi entorno reconoce en mí como destacable. En el momento en el que algo deja de ser destacable o no le produce un beneficio explícito y vistoso al resto que me rodea, el mundo parece como si nos colgara de una forma casi automática el cartel de “mediocre”. 


Le tenemos verdadero terror a la sensación de mediocridad, a vernos a nosotros mismos sin rumbo, sin rostro, sin identidad. Nos da miedo  formar parte de una masa que vaga errante por la vida, sin saber a dónde va. Nos asusta sentirnos invisibles e irreconocibles a ojos ajenos y más nos horroriza el pensar ser efímero ante el recuerdo de quienes queremos. Cuando buscamos pareja, puede revolverse por dentro algo en nosotros al pensar en el día en el que no nos miren como a alguien único. A estos asuntos la explicación que le encuentro es que nuestro corazón está diseñado justo para lo contrario: para un amor que nos ve como únicos e irremplazables, exactamente lo que somos. Todos, a fin de cuentas, en lo más profundo de nosotros buscamos eso: aceptación y cariño. ¿O acaso me equivoco?


Este miedo a ser vistos como personas indiferentes nos lleva a veces a cometer los crímenes de la autoexigencia extrema en los que nos consumimos a medida que nos intentamos alejar lo más posible de la erupción volcánica de mediocridad que nos amenaza si no corremos en dirección contraria. Nos metemos casi sin querer en un bucle en los que los que nos rodean se convierten en el público de la obra de nuestra vida y nuestro único papel, en lugar de ser protagonistas, se basa en complacer los gustos de la variada muchedumbre que nos alaba o nos abuchea. Todo, con tal de no ser unos mediocres.


Por esto último y por todo lo anterior, te animo, a ti que me estás leyendo, a que cada vez que oigas a alguien utilizar la palabra “mediocre” de una forma indiscriminada y sin empatía (o no la use de forma explícita, pero te transmita esa sensación de haberla usado), seas lo más escéptico que puedas con el emisor de ese mensaje. 


Nadie que tenga la posibilidad de amar a través de su vida, de su trabajo, de su familia, de sus estudios, puede ser mediocre.



Por Clara Luján Gómez