La vida: el regalo que nadie pidió tener


Hace unas semanas, comenzaron mis prácticas en el servicio de Ginecología y Obstetricia y una de las cosas a las que nos solicitan asistir, es a un parto. Pues bien, uno de esos días, tuve la suerte de poder coincidir con una embarazada que iba a dar a luz en ese momento y en cuanto me avisaron, fui al paritorio a ver su alumbramiento. Se encontraba cansada, sudorosa: llevaba una media hora intentando que saliera su bebé y apenas se veían unos pelillos de su cabeza a través de los genitales de su madre. Tras varios intentos de pujos fallidos, en uno de ellos, más prolongado que los anteriores, pareció avanzar esa pequeña criatura al exterior. Aquella fuerte mujer apretaba la mano del padre del bebé con fuerza, con mucha mucha fuerza mientras este, con una mirada de asombro pero a la vez de impotencia, la animaba a seguir empujando. Su rostro estaba congestionado del esfuerzo; tenía la cara roja y parecía que en cualquier momento todos sus órganos, toda ella, fueran a reventar de la presión.

De repente, comenzó a salir lentamente la cabeza del cuerpo agotado de su madre y desde un rincón del paritorio, vi el rostro del bebé, después sus hombritos y finalmente todo el pequeño cuerpo. La matrona lo agarró con firmeza y tras sacar parte del cordón umbilical, lo dejó encima del pecho de su madre, que en ese momento, solo lloraba de emoción. No os puedo describir, queridos lectores, en una triste línea la primera mirada de la madre a su hijo. No me es posible ponerle palabras a las caras de ambos padres al ver por primera vez a esa personita. De repente, irrumpió en llanto aquel bebé. Y comenzó a abrir y cerrar los puñitos, y a mover la cabeza suavemente. A todo esto, pasados un par de minutos, la matrona, que aún se encontraba entre las piernas abiertas de la mujer, se percató de que el sangrado que se produjo al salir la placenta no cesaba y dio un pequeño grito de auxilio para que acudieran los ginecólogos a cortar la hemorragia. Vinieron nada más y nada menos que tres médicos a la llamada de esta enfermera: uno de ellos comenzó a hacerle un masaje en el útero (desde el abdomen); otro se encargaba de administrarle fármacos para que cesara de sangrar y al tanto que otro exploraba la cavidad vaginal de la mujer buscando la existencia de algún foco hemorrágico que no se hubiera visto antes. 

A todo esto, lo que más me sorprendió de toda esta improvisada situación no fue lo rápido que se arregló, aunque debo decir que también me asombró algo. Si no se cortaba ese sangrado, podría haberse puesto en peligro la vida de la madre fácilmente en apenas unos minutos. Lo que más me sobrecogió (con diferencia) fue que ante toda esa vorágine de personas, goteros, intervenciones y distintas órdenes a viva voz, la mujer estaba absolutamente ajena a todas. Ella simplemente miraba a su bebé, recién nacido, envuelto en una toalla calentita. No sabía ni siquiera lo que le estaba sucediendo, no tenía ni idea de su sangrado, pero lo cierto es que no le importaba en exceso porque su  hijo estaba con ella, sobre su pecho. En ese momento, aquel niño estaba escuchando los mismos latidos que durante 9 meses le habían acompañado. Ella solo contemplaba embelesada y exhausta a su bebé y le decía cosas, bajito, y le besaba una y otra vez la cabecita. Era una imagen que me ha inspirado para hablar de lo salvaje y al mismo tiempo precioso que es esto que tenemos, la vida. Venimos al mundo sin saber que lo estamos haciendo, en medio del caos de todo lo que nos rodea. Aquel niño se presentó en sociedad  llorando, desnudo, recubierto de la mítica grasa blanca con la que nacen los bebés, entre sangre y mucho líquido amniótico. Se presentó sin saber qué pasaba, pero antes incluso de que fuera consciente de nada, ya estaba encima del pecho de alguien que le había estado esperando con ansias casi nueve meses. 

Ese bebé me hizo sentir afortunada desde lo más profundo de mí, la verdad. Lo primero, porque me hizo verme a mí misma hace 22 años cuando yo no decidí aparecer. Y lo segundo, porque sin darse cuenta me enseñó que da igual lo inútiles que nos sintamos a veces en nuestra vida, da igual cuánto la caguemos que siempre habrá existido alguien que nos quiera por lo que somos, por existir: a ese alguien podemos conocerlo como nuestra madre, como Dios, o como cualquier amor que nos mire al corazón de forma directa. 

Ese pequeño me recordó lo valiosa que es la vida y me hizo ver desde un rincón de aquel quirófano, lo mucho que hubo en juego para que ese día él pudiera salir al exterior. Me hizo ver cómo la propia integridad de su madre se puso por unos segundos en riesgo para que él pudiera salir adelante. Y simplemente, me emocioné un poco. 

No quiero terminar este pequeño texto, querido lector, sin recordarte hoy mismo que no importa el momento de tu vida en el que te encuentres, que siempre esta tendrá el mismo valor: infinito. También me encantaría que protegieras y cuidaras (incluso con tu propia vida), la de aquellos que te rodean: tanto los que te caen bien como los que no tanto, pues ninguno de ellos ha decidido estar aquí a fin de cuentas y todas y cada una de esas existencias tienen el mismo precio. Por otro lado, me gustaría advertirte de algo: que nunca se te olvide que la vida, venga de quien venga, tenga la longevidad que tenga, o incluso si ha sido una vida no muy productiva en términos humanos, es merecedora de amor. Aunque nadie la haya pedido, aunque no se nos haya preguntado si queremos tenerla, esta sigue siendo el mismo regalo salvaje y precioso, pues aquel que la tiene, posee un poder incalculable de cambiar el mundo con ella. O al menos los mundos de quienes la rodean.

Por último, quiero agradecerle a mi madre ese 17 de agosto de 1999 en el que casi se jugó la vida para dármela a mí. Eso también me lo enseñó ese bebé que no decidió nacer por sí mismo: a valorar eternamente a nuestra madre. 


Que tengas un buen día, cuando sea que leas esto, querido lector. 





Por: Clara Luján Gómez