El nuevo genio del arte español

Se ve cruzar un camión. Tras él, la marquesina aún limpia, extrañamente. Ni un graffitti, ni uno solo de sus apetecibles cristales resquebrajado.

Justo detrás una casa-taller, al más puro estilo medieval. La familia dedicada al oficio de arreglar coches. El maestro. Los aprendices aprendiendo para, el día de mañana, mantener la pequeña empresa que les da de comer. La pared antaño blanca, parece venir también de la época feudal. Picoteada sobre la fachada hay una historia que jamás podremos conocer. Viejas tejas naranjas visten el tejado en una sola pendiente. Y, sobre todo ello, destaca la inmóvil antena que nos reubica en el siglo XXI.

¿¡Pero, qué ven mis ojos!? Si avanzamos la vista, más allá de coches, marquesinas y casas de férreas rejas, podemos quedar impactados con la torre de metal que gira sobre el pueblo. Pudiera parecer una noria de altos vuelos pero, allá arriba, un joven aprendiz de obrero lucha contra su miedo a las alturas.

 -Si hubiera estudiado más... - se decía.

Lo cierto es que trabajar en la obra no le disgustaba en absoluto. Y, como me vino a reconocer más tarde, las vistas desde aquella grúa eran impresionantes. Pero el miedo, ¡ay el miedo!... Le paralizaba cada vez que se subía al aparato. Despertaba desorientado, pero pronto, recordando su elevado destino, se le encogía el pecho y las piernas le flaqueaban.

Pobre muchacho... Tan acongojado, tan impedido...

Los accidentes ocurren, y más cuando el miedo y la duda se encuentran de golpe con la falta de medidas de seguridad. Fue rápido, un despiste. No poder mirar abajo. 

Al accionar la palanca la grúa giró, llevándose consigo la viga a transportar. En su viaje se llevó por delante un árbol que, al troncharse, fue a caer en la fresca piscina de hormigón que eran los cimientos del motel.

Ya abajo, su jefe rugía cual león. Y cual león se lo habría comido si no fuera porque el canibalismo está penado por ley y poco aceptado socialmente.

-¡Joder Fran! ¿Pero qué coño haces?

-¡Despedido! 

-¡Eres un puto desastre!

Y así, igual que había empezado en el sector, terminó. De golpe. Por casualidad.

De golpe y por casualidad llegó también la buena suerte. Un reconocido marchante de arte que paseaba por el pueblo aquella mañana, vio lo acontecido y el árbol patas arriba hundiéndose en ese fango gris que es el cemento. Quedó prendado de la grotesca escultura.

Según salió de allí, mi amigo se vio abducido por el marchante, quien no tardó mucho en demostrarle su admiración por lo sucedido.

En seguida llegaron a un acuerdo. El chico recibió un dinero por su obra sin saber que se convertiría, con el tiempo, en el nuevo genio del arte español.

El solar en que el árbol había caído fue comprado por el marchante, que luego se fue lucrando gracias al dinero que el curioso motel recaudaba. La principal atracción del lugar era, cómo no, el amplio hall en el que destacaba, ya seco, el árbol sobre una dura masa de cemento.


Un par de apuntes sobre el azar y la suerte:

Si tiro una piedra al agua, puedo confiar en que se va a hundir y tras ella, unas ondas concéntricas, van a hacer bailar el agua. Pero, si escribo un lo siento, si bailo una jota, o si peino a mi hijo antes de entrar a clase, no sé qué puede suceder. Cada una de esas acciones es potencialmente peligrosa. Nadie está a salvo. La complejidad de la vida y la infinita complejidad del cerebro humano hacen de nuestra existencia un juego de azar. Bello, divertido, doloroso y desconcertante. Pero un juego al fin y al cabo. Un día estás en la obra lamentándote y al día siguiente te has convertido en un artista de prestigio internacional.



El miedo, el arte, el desarrollo tecnológico... Son todo parte de una misma existencia errática que cobra sentido al compartirla con los demás. En un lugar así, la divergencia social hacia el individualismo actual es un claro síntoma de que hemos olvidado lo frágiles que somos. "La crisis no ha venido a por nosotros. La crisis somos nosotros." Dice Martínez Ares en una de sus canciones.

Las crisis económica, social, política y sanitaria que vivimos tienen una fuerte influencia de los avances científicos y tecnológicos que nos ha legado el siglo XX. Creemos tener el control sobre todo lo que sucede en el mundo. Y cada vez hay más cosas que están descontroladas. No reniego del avance tecnológico, pero sí que crítico la arrogancia a la que nos ha conducido.

Nos queda la pose. Como la baja nobleza, mantener las apariencias mientras nos morimos de hambre. O, tener esperanza. Confiar en que vamos a volver a dar importancia a lo colectivo, creer y valorar los proyectos en común y darnos de comer los unos a los otros. 


Por Juan Cabrera