¿Es necesario sufrir?

“Solo sufriendo se es persona” Miguel de Unamuno.


Despertador, taza de café y comienzo a leer la prensa como todas las mañanas. “El coronavirus sorprende de nuevo a una Europa exhausta”, rezaba El País. Ursula von der Leyen apelaba al actual “doble enemigo”, el virus y el cansancio por él. “Con los 300 euros de ERTE no podemos pagar el alquiler, la luz, el agua y la comida” declaraba Tania para El Mundo. Junto a Tania está Eva, otra mujer que con su hijo de 10 meses a los pies hace cola para recoger arroz, lentejas y pañales. Protagonista de estas ‘colas del hambre’ en Madrid cuenta que trabajaba en hostelería pero que ahora que lleva sin pagar el alquiler siete meses y no saben cuánto aguantarán. “Los nuevos inmigrantes de la pandemia” titula El País. Leo y recuerdo que el sufrimiento va más allá de nuestras fronteras europeas. Que personas como Gamba Sow, un senegalés dedicado al turismo, han tenido que embarcarse en la ruta marítima más peligrosa hacia Europa haciendo lo que nunca había entrado en sus planes: emigrar.

 

Mi café adquiere un sabor amargo a consecuencia del sufrimiento que invade España, Europa y el mundo en estos momentos. Por otro lado, y también parte de mi rutina de mañana, propuestas de ocio en Instagram, “contenidos al instante”, “diversión garantizada”, “disfraces para un Halloween diferente” y tazas con eslóganes que me aseguran que “disfrute que la vida son dos días”. Paradójico pero rutinario. El dilema está servido, sufrimiento constante y una manera de vivir que no parece percatarse ni solucionar los retos que nos asolan.

 

Hace unos días estaba comiendo en casa de mi amiga Paula cuando un libro de su estantería llamó mi atención. Rojo sobre fondo amarillo se leía en su lomo: “El libro de la Filosofía”. Leer sobre lo que otros pensaron antes de mí siempre me ha resultado útil y en un momento de tanta incertidumbre pensé que quizá encontraría en él alguna respuesta. Hojeándolo me topé con Miguel de Unamuno y a su vez con una reflexión que podría dar respuesta al dilema que se me planteaba:  evadir el sufrimiento y perseguir la felicidad al instante no parece mejorar la realidad en la que vivimos.

 

¿Cuál era su reflexión? Unamuno establecía una relación directa entre una vida significativa y el sufrimiento. ¿Qué opinas si escuchas que lo que nos hace humanos es el hecho de sufrir?, ¿que esto es una experiencia vital y que no podemos remediar el ser conscientes de que algún día  moriremos? Puede sonar cruel, pesimista e incluso rozar el masoquismo. ¿Abrazar el sufrimiento?, ¿no será mejor rehuir de este e intentar perseguir el placer y la felicidad mientras podamos?

 

No es nada parecido a lo que expone el filósofo español lo que nos dicta el estilo de vida occidental actual. El sufrimiento está lejos de ser abrazado y se intenta perseguir en la mayoría de las circunstancias un estado constante de alegría y felicidad.  “Ver el telediario me amarga, son todo malas noticias”, “ya no puedo ni leer twitter, me deprimo”, “qué horrible, prefiero no saberlo”, son frases comunes en las que se aparta la tragedia y el dolor humano para no tener que vivirlo en primera persona y en consecuencia sufrir por él. Arturo Pérez Reverte, corresponsal de guerra durante 21 años apuntaba en un artículo reciente (No vimos bastantes muertos, XL Semanal): “la gente cree que el drama no va con ella, o que ocurre demasiado lejos como para preocuparse, o que eludir la responsabilidad le pone a salvo”. Reflejaba cómo cuando él era reportero, desde su redacción se hacía un esfuerzo intencionado por no mostrar las más duras imágenes de la guerra en Beirut y estas se remplazaban por otras que “hiriesen menos sensibilidades”, ante las cuales la audiencia no sufría.  

 

Y es cierto que cada uno tiene ya mucho sufrimiento y problemas en su vida. Malas relaciones familiares, fracasos personales, rechazos amorosos y pérdidas difíciles son solo algunos de los que nos asolan. Y sabemos que no resultaría sano ni viable exponerse y regocijarse constantemente en este sufrimiento ya que entraríamos en un bucle de desesperación y melancolía inexorable.  Sin embargo, tampoco parece que descafeinar el sufrimiento, mostrarlo en una versión light de sí mismo y afrontarlo con una actitud protectora o evasiva parezca mejorar la realidad en la que vivimos. No es nuevo esto de sufrir. Ya desde 500 años antes de Cristo Buda reflexionaba sobre la vida siendo marcada por el sufrimiento y San Agustín le seguía razonando el por qué de la existencia de este en nuestro mundo. El sufrir es una cuestión que concierne a los humanos desde tiempos inmemoriales y sin embargo vemos como todavía no hemos conseguido abrazarlo como sociedad.

 

Volviendo al libro que tomé prestado de mi amiga y al punto de Unamuno, he encontrado una clave que en tiempos de sufrimiento colectivo palpable como los actuales me ha hecho pensar. Es fundamental reconocer nuestro dolor porque es al abrazarlo cuando somos capaces de amar verdaderamente a otros seres sufrientes. Es necesario aceptar el sufrimiento, reflexionarlo y enfrentarnos a él para poder así entender el del resto de las personas del mundo. No resignarnos ante él si no permitírnosnolo e indignarnos. Solo así consigueremos que la desolación y el dolor nos muevan hacia el cambio. Solamente enfrentándonos a las imágenes tremendas de los cadáveres arrojados al mar tras las averías en los cayucos que intentan llegar a Canarias, de los médicos y enfermeras traumatizados por la pandemia que nos aflige y de los millones de madrileños desesperanzados que no saben qué comerán mañana, conseguiremos dejarnos tocar por ese dolor, empaparnos de su tragedia y lidiar con el sufrimiento en vez de apartarlo.

 

Viendo que el sufrir es humano y una constante inevitable, el pensamiento de Unamuno nos abre dos vías de actuación ante un mundo que siempre va a albergar sufrimiento: vivir eludiéndolo y en busca de la felicidad u optar por el sufrimiento y el amor. Ahora, en medio de una pandemia global que lejos de ser el único problema saca a relucir otros muchos subyacentes, es el momento. Ha llegado la hora de aprender de lo que los anteriores pensaron, de quitarnos las protecciones, escudos y barreras y empatizar con otros. ¿Por qué? Porque solo así, lograremos movilizarnos con ellos y lograr cambio y progreso.

 

La primera vía no es solo la más fácil, sino que también es a la que invitan las dinámicas en las que vivimos. Noticias fugaces y sensacionalistas que nos afectan durante el tiempo que tardamos en pronunciarnos en Twitter, compartirlo en Instagram o leernos un artículo al respecto. Y sociedades impasibles ante más imágenes de pateras o más números de infectados. Puede ser que la indiferencia sea ya un mecanismo de protección ante la desgracia que nos rodea, pero atendiendo a Unamuno, esta actitud nos amputa una parte esencial de nosotros mismos como humanos. Y atendiendo a la situación actual no parece que el perseguir la felicidad cortoplacista e individual, nos haya ayudado a superar los retos que nos asolan. Puede ser interesante escuchar al filósofo y entender que solo sufriendo se es persona y que este sufrimiento no tiene que ser superado como un problema sino atendido y experimentado para amar y vivir una vida más profunda. Conformarse con el “esto es así, pero yo no tengo la culpa” es una opción. Dejarse empapar por este dolor y sufrimiento humano y permitir que esto mueva nuestra conciencia es otra. La elección es de cada uno y en medio de la segunda ola, es necesario planteársela.



ILUSTRACIÓN DE JOÃO FAZENDA para El  País