Es hora de hablar...

 ... en general. Siempre es buen momento para hablar. Y si algo nos distingue desde hace miles de años a los humanos del resto de animales es nuestra capacidad para comunicarnos a través de un código de lenguaje complejo y para desarrollar conceptos abstractos. Sin embargo, llevo tiempo viendo que la sociedad desprecia cada vez más el hecho de hablar, en el sentido de dialogar, y lo subordina al hecho de gritar, imponer, humillar, fanfarronear..., y que ya no queda tiempo ni espacio para los debates concienzudos y los planteamientos que se eleven por encima de la simplicidad de pensamiento. La inmediatez y el populismo acaban imprimiendo velocidad al discurso, a la vez que lo aligeran de razonamientos bien asentados. Ya no está bien visto ganar a los puntos. Hay que hacer que el contrincante bese la lona rápido, de un derechazo, jugando sucio si hace falta.

... por teléfono. Es algo que aprendí durante el confinamiento. Al tener más tiempo libre y no poder salir decidí que cada día iba a llamar a alguno de mis amigos o familiares, esos con los que habitualmente no hablas o como mucho intercambias un Whatsapp. Me sentí ciertamente ridículo en muchas ocasiones al experimentar una extraña sensación de vergüenza. Como cuando era pequeño y llamaba por el teléfono fijo a casa de algún amigo. Pero cada vez que terminaba una de aquellas conversaciones me sentía mejor —incluso más valiente, orgulloso— y sucedió algo que quizás no me esperaba: ninguna de las llamadas duró menos de quince minutos. Y me apuesto lo que sea a que si llego a escribir un mensaje la conversación habría sido mucho más fría, más corta, más insulsa y cerrada con esos emoticonos desgastados de tanto uso. Al final, al hablar por teléfono sentía que tenía que aprovechar el momento. No cabía un "luego le contesto". Nos teníamos al otro lado del teléfono. Había que aprovechar para hablar. Y el resultado es que ahora llamo más a menudo. Por puro placer.

... de pensar en alto. Hace no demasiado leía una entrevista en la que el entrevistado era preguntado por un tema y afirmaba algo así como que no tenía una opinión definitiva al respecto. Que en esos momentos creía que opinaba de una manera pero que no era, desde luego, su opinión definitiva. Se me pasó una imagen por la cabeza: una persona, a punto de cruzar la calle cuando viene un coche a toda velocidad, es detenida por otra que le espeta: "¿A dónde vas, loco? ¡Que te vas a matar!". En estos tiempos en los que nadie da su brazo a torcer y que se valora tener —¿aparentar tener?— firmes convicciones y mantenerse inamovible en una posición —que no ser fiel a la palabra dada—, esa declaración era como un harakiri, un suicidio plasmado negro sobre blanco. ¿Qué es eso de reconocer que no sabes de algo? ¿Cómo se te ocurre reconocer que no tienes una opinión formada? ¿Cómo se te ocurre reconocer cierta debilidad? Y sin embargo, qué libre debió de sentirse el entrevistado al decirlo.

... de (mal)educar con el ejemplo. A raíz de lo que comento en el párrafo anterior, pensé en lo bueno que sería que se escucharan o leyeran más testimonios como aquel. Por mucha ley educativa, por mucho currículum en las asignaturas y por mucha reforma que se haga, al final, lo que realmente educa es el ejemplo. Y ahí tenemos a nuestra clase política, aferrándose a sus cargos, incapaces de reconocer muchas veces sus errores. O quizás no ya sus errores, sino simplemente que lo que han decidido no ha salido bien, aunque lo hicieran —un suponer— pensando en el bien común. Se ha extendido la cultura de la exculpación y del desvío de la atención. Se recurre al espectáculo de pirotecnia mediática para distraer la atención, al combate marrullero de intercambio de basura para ganar tiempo y esperar que llegue la siguiente noticia, como llega el siguiente tren, y que pase de mí este cáliz. Y así la carrera de muchos políticos a ciertos niveles parece consistir en cuidar la imagen que das, ganar los combates políticos —que no ideológicos— y sacar la cabeza constantemente por encima del río de mierda en el que convives con el resto de la clase política. Y ese ejemplo cala. Y la gente en los trabajos escurre el bulto; y escamotea impuestos; y paga o cobra en negro. Solo con que reconocieran que se pueden equivocar o que el adversario político puede tener parte de razón harían más por la ciudadanía que con las decenas de medidas que toman cada año.

... de luchar contra el algoritmo. Hay que reconocer que echar la culpa a los políticos es lo fácil. O a los medios de comunicación. Pero aquí todos tenemos lo nuestro. Porque no son los políticos los que nos imponen ver telebasura, contestar airadamente en redes sociales o leer con devoción nuestro periódico de cabecera. Es difícil porque los estímulos son grandes y constantes, pero en nuestra mano está proteger nuestra integridad mental eligiendo no ver el circo de Sálvame y los realities que orbitan a su alrededor; en nuestra mano está respirar varias veces antes de contestar a un tuit o a un comentario en Facebook; en nuestra mano está leer diferentes medios de comunicación para poder contrastar ideas. Podemos luchar contra el algoritmo y mantener en redes sociales a esas "amistades" que piensan diferente a nosotros. Aunque nos saquen de quicio, son nuestra tabla de salvación. Es fundamental escuchar pensamientos diferentes al nuestro. Y ser capaz de discutir y asumir que el otro no piensa como yo y que mi misión no es hacerle cambiar de opinión, sino entender su postura, aunque no la comparta.

... de eso que tú me das. Lo he puesto sin comillas pero hace referencia al documental basado en la entrevista a Pau Donés dos semanas antes de morir. Al comienzo del mismo, comenta que no tiene un mensaje concreto que dar —no se trata de un documental solemne ni mucho menos— y que en parte solo quiere "hablar por hablar". Por el placer de hablar. Pau pasó sus últimas semanas en su casa familiar en la Vall d'Arán, enclaustrado en los Pirineos. Un ambiente donde el tiempo pasa lento, pues se adapta al ritmo de la naturaleza. Y es con ese ritmo con el que quiso hablar por última vez ante una cámara. Y cuando sales del cine, tras haber visto y escuchado durante una hora a un tipo que sabe que se va a morir en poco tiempo, y te das cuenta de que no te ha transmitido pena sino serenidad, aprecias el fondo de lo que ha sucedido allí. La magia de una conversación sin prisa con alguien a quien, supuestamente, no le queda tiempo.

... de piratas. Y ya acabo. Porque al pensar en hablar, me vino a la cabeza una escena de la primera entrega de Piratas del Caribe, cuando se invoca el derecho a "parlamento", es decir, a hablar con el capitán del barco antes de que te pudieran hacer daño. Independientemente de si ese derecho existía de verdad o es pura leyenda, me parece un buen ejemplo de lo que podríamos retomar en nuestros días. Hablemos. Antes de llegar a las manos o a los insultos, hablemos, a ver si encontramos puntos en común. Démonos tiempos y espacios para hacerlo. Si lo que vamos a soltar por la boca no es productivo, callemos. Pero si estamos dispuestos a construir, hablemos.

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