Hay mucho mundo detras de internet.

¿Cómo nos ha afectado digitalmente la cuarentena? ¿Cómo ha sido posible que en apenas pocas semanas hayamos cambiado nuestra forma de trabajar e incluso de relacionarnos? ¿Puede llevarse internet una de nuestras partes más humanas?

Todos hemos experimentado cómo el trabajo que parecía imposible hacer fuera de la oficina o del aula, se ha digitalizado en apenas pocas semanas dando paso al “teletrabajo” o “clases online”. También, hemos visto nuestras relaciones personales afectadas, nos hemos dado cuenta de que cada persona lleva las situaciones de crisis de la mejor forma que puede, hay quien se ha encerrado en sí mismo y quien necesitaba más contacto que nunca. Fuera como fuese, hemos cambiado los viernes en cualquier bar por videollamadas, en las cuales, al colgar te enfrentas al vacío de la pantalla. Había veces en las que incluso no tenías nada más que decir, no había nada nuevo ni excitante que contar sobre tu día, había uno de esos silencios devoradores que, sin embargo, parecían mejor opción que enfrentarte al vacío de tu casa.

Ha sido una verdadera locura, pero oye, después de casi tres meses, puede ser que incluso te hayas acostumbrado. Quizás hayas creado una rutina en la que te sientas cómodo, puede que incluso no hayas sentido la necesidad de salir a casa porque lo tienes todo al alcance de tu mano. ¿Necesitas hacer la compra? Hazla online. ¿Necesitas una nueva bombilla? Amazon. ¿Tienes mono de tu restaurante favorito? Glovo. ¿Realmente necesito salir de casa?

Yo llegué a pensar que no lo necesitaba hasta que uno de mis profesores de dibujo nos enseñaba su taller, su obra, su proceso y sus exposiciones.

Hablaba del arte como una experiencia. Hizo una exposición sobre deportes retratando diferentes deportistas, y lo más impresionante de los cuadros era su proceso. Cada uno de sus retratados eran personas reales a la que él mismo se había acercado para conocer su historia, eran personas que habían posado para él, eran personas con nombre y apellidos. Mi profesor se sumergía en sus vidas para representar en sus cuadros aquellos matices en los que cualquier humano se podría sentir identificado.

Uno de los cuadros que más me llamó la atención fue el de un corredor, en el que veíamos unas piernas atléticas en plena zancada con un fondo que nos trasladaba a algún rincón abandonado de la ciudad. Lo que más me impactó fue que mi profesor no buscó en internet “gente corriendo” “representar movimiento al correr”, como yo, buena milennial, habría hecho. En lugar de ello, mi profesor salió a la calle, a buscar a alguna persona corriendo a la que no le importase posar ante su cámara. Y así, sacó de la experiencia historias reales que meter en sus cuadros. Además, de ahí salieron cientos de fotos que posteriormente analizaría para aprender a representar de la forma más hiperrealista a una persona en pleno movimiento.

Y así pintaba cada uno de sus cuadros. Sus cuadros son historias, personas, emociones, sentimientos. Sus cuadros son caminos, procesos llenos de paciencia.

Hay quien podría ver esto como una pérdida de tiempo, o quizás, demasiado tiempo libre. Sin embargo, si mi profesor no hubiese llevado a cabo todo este tedioso proceso, ¿en qué se hubiese quedado el cuadro? ¿En una copia de una foto de internet? 

El valor del cuadro está en su historia, en cada persona representada, en el análisis, en la magia de que tu te sientas reflejado en ese deportista, en las historias “comunes y aburridas” de un paisano cualquiera. Porque al final, esa historia podría ser la tuya o la mía. Quizás si esa imagen de referencia la hubiese sacado de internet, hubiese encontrado a algún modelo de Nike, por ejemplo, cogiendo como referencia una imagen distorsionada y manipulada, una historia de completo éxito que es la de unos pocos, una historia que no es ni la tuya ni la mía. La vida no es todo éxito, o todo fracaso. La vida son fases de un camino, y cada fase, como todo en la vida, tiene algunas que a veces van mejor y  otras que, a veces van peor.

Así llegué a la conclusión que buscaba. Cómo no nos va a hacer falta salir de casa, cómo no nos va a hacer falta aventurarnos, conocer, hablar, experimentar, sentir. Nos podemos creer muy mayores, pero podemos seguir siendo niños pequeños con ganas de conocer y de experimentar; sin miedo, sin juicios, sólo con curiosidad.

Cuánta falta nos hace salir de casa, salir de internet, salir de los modelos perfectos de Nike o de Instagram. Cuánta falta nos hace reconectar con la realidad, reconectar con nuestra parte más humana. Cuánta falta nos hace escuchar las historias del vecino en vez de cualquier story de Instagram.



Qué triste sería sacrificar nuestra parte más humana, más vulnerable, más simple, más vulgar, y más real, por mero confort. En esta época de crisis, internet nos ha dado muchas cosas, pero ojalá no dejemos que nos quite lo más grande que tenemos y que nos une unos con otros, mucho más que cualquier red inalámbrica.

Escucha, siente, y recuerda, hay mucho mundo detrás de internet.