Cabeza, rodilla, muslos y cadera...


Si hay algo que estoy aprendiendo en estos días aparentemente eternos de cuarentena es a valorar cada cosa nueva que sale a la luz de la sociedad (o bien que ya existía desde hace tiempo y que descubro por casualidad) como canciones, libros o películas. Esta especial atención desconozco si es fruto del aburrimiento o de la ausencia del ruido que antes envolvía nuestras vidas. Ahora, toda nuestra rutina se encuentra en una especie de silencio que a veces se vuelve de lo más elocuente: en otras palabras, un silencio que nos grita cosas que antes pasaban desapercibidas ante los ojos de cualquiera. Y es justo en este silencio donde surgen las preguntas, las respuestas y los sentimientos quizás más sinceros que podemos llevar dentro y que ignoramos en nuestra vida cotidiana. Aunque he de decir, que pararse a reflexionar o simplemente intentar dejar la mente en blanco, no es tarea fácil para muchos. 


Entre otras cosas, yo he llenado mi tiempo de música. Hace dos semanas un buen amigo me insistió en que escuchara la nueva canción que Residente había sacado recientemente. Al principio decidí no hacerle demasiado caso y pensé en ponérmela en algún momento que no tuviera nada que hacer. No conocía de nada a aquel músico, lo único que quizás me resultaba más cercano es que había sido famoso por pertenecer al grupo de rap Calle 13. Era una canción de unos 7 minutos y se titulaba “René”, que después de escucharla entera comprendí que era el nombre de pila del artista. Llegó la noche y decidí verla en YouTube, ya que así podría disfrutar además del videoclip. 

Para quien aún no la haya escuchado, es algo muy distinto a lo que suele hacer Residente; desde la temática del propio tema hasta la forma que tiene de representarlo ante una cámara. Comienza con la voz de su madre preguntándole de una forma una tanto infantil las partes del cuerpo con las que los indios taínos jugaban al fútbol, algo que puede resultar extraño pero a la vez entrañable por la cercanía con la que parece querer llamar a su hijo, René. Lo que sigue a esa pregunta, que termina en una canción entonada por su madre, es la vida del propio artista, pero lejos del currículum artístico bien conocido por todos. Sus versos hablan sobre asuntos de la cara más oscura de su vida como artista: de la ansiedad, el alcohol, la amarga sensación de soledad y, de entre toda esa niebla de dolor, habla de cómo su ilusión por la música le ayuda a no dejar de luchar nunca. 


La temática de la canción era un grito de melancolía hacia lo que creía perdido de sí mismo. Hacia lo que un día fue y ahora se aferra porque la velocidad vertiginosa con la que sucede todo no le permite recordarse que es más que la fama que le ha devorado. Y aunque no sea rapera, y ni mucho menos famosa, le entiendo desde lo más profundo de mí ser  y no creo que se trate de algo que solo me suceda a mí...


Estoy triste y me río: ¿cuántas veces nos hemos construido nuestra propia máscara para que el resto no descubriera lo frágiles que podemos sentirnos? o “El concierto está lleno pero yo estoy vacío”, también nos hace pensar en todas esas veces en las que hemos pensado que el hecho de estar rodeado de gente te convierte en alguien pleno, que siente que lo ha conseguido todo en la vida, en otras palabras, alguien exitoso.  O incluso más allá de que un gran tumulto de admiradores demuestre auténtica devoción por su trabajo, la fama, el reconocimiento social y el prestigio sigue siendo insuficiente para saciar lo que siente que necesita. Toda esta nube de sensaciones negativas hacia su presente la disipa cuando habla de su pasado y de cómo echa de menos lo sencillo que era todo cuando era apenas un niño:Quiero volver, ir al cine en la semana, Y llegar a la escuela de arte en la mañana. Quiero quedarme allí, no quiero salir de allí”. 


Cuando acabé de escucharla, sentí algo que hacía tiempo que no mostraba hacia algo tan aparentemente impersonal como pudiera ser una canción más o menos comercial que va dirigida a un público multitudinario. Sentí una mezcla de empatía, tristeza y nostalgia por incluso situaciones que no había tenido la oportunidad de vivir nunca.


Puedo comprender los deseos de volver a los momentos de verdadera plenitud (que en este caso, hace alusiones repetidas a su infancia) que tiene una persona que a pesar de haberlo alcanzado casi todo en la vida, aún así, siente que no es feliz. Porque es cierto que es bastante fácil caer en la trampa de pensar que aquellas personas que se convierten en personajes públicos son felices en absolutamente todos los momentos de su vida. Es como si automáticamente su felicidad (o al menos euforia aparente) también fuera parte del producto que las masas esperan consumir, cuando esto se aleja de la realidad de forma estrepitosa.


A pesar de que se conviertan en personas públicas al servicio de una comunidad de fans que les admiran y gritan su nombre en los conciertos, a pesar de poder llenar estadios y recintos kilométricos, el corazón del famoso en cuestión y el del resto de sus fans son idénticos en deseos y vacíos. Y justo por eso, esta canción de Residente me ha resultado tan íntima; porque ha conseguido entablar una conversación entre las ruinas de dolor que pueda tener su corazón y el de miles de personas que quizá también conocen lo que es sentirse destruido.


Y justo ahí caí en la cuenta de lo lejos y lo cerca al mismo tiempo que estamos las personas unas de otras y lo poco conscientes que somos de ello. Porque es cierto que el hecho de que cada persona viva los acontecimientos de su vida de una forma quizás distinta a como lo haría otra, nos lleva a pensar que sucede lo mismo con las situaciones dolorosas. Cada uno vivimos el sufrimiento según nuestras propias circunstancias, pero lo que va más allá de él, la necesidad de sentirnos queridos y el terror a la soledad es un factor común en todos nosotros. En el fondo, no somos tan diferentes unos de otros… ¿o sí?

Quiero volver a cuando mis ventanas eran de sol, y me despertaba el calor.
A cuando me llamaban para jugar, A cuando rapeaba sin cobrar”