800.000 personas se suicidan cada año y nadie habla de ello



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800.000 personas al año. Una persona cada 40 segundos, en su mayoría hombres. Y no, no siempre “se nota”. Los trastornos mentales no tienen cara; la depresión se puede esconder detrás de esa persona sonriente que siempre está dispuesta a ayudar y consolar, la ansiedad puede vivir dentro de aquel que parece que lo tiene todo bajo control, y los trastornos alimenticios pueden afectar incluso a ese que lleva una vida deportista y come muy sano. O no. Mira a tu alrededor, piensa en la gente de tu entorno. Estos trastornos están más presentes en nuestras vidas de lo que pensamos. 

Hace un tiempo leí un artículo (link al final) en el que se hablaba de cómo romantizamos los trastornos mentales en redes sociales sin ser siquiera muy conscientes. Hoy en día se ha vuelto demasiado fácil encontrar posts que traten temas como la depresión o la ansiedad tanto en un tono demasiado dramático y triste como en forma de “meme”, banalizando y simplificando erróneamente estos trastornos y todo lo que conllevan. 

Sí, podemos estar de acuerdo en que es una manera de dar visibilidad a estos temas y poder encontrar apoyo de otras personas en la misma situación, pero no se puede obviar el hecho de que, en su mayoría, estas representaciones son superficiales y generalizadas cuando realmente el problema es más profundo y variado de lo que parece. Además, ni todos los trastornos son valorados de la misma manera ni todos tienen la misma representatividad, lo cual deja de lado a gran parte de la comunidad.  

Además de esto, es común la coexistencia de estos posts con otras corrientes que alimentan esta concepción errónea de la enfermedad mental y la manera de tratarla. Una muy presente, y que ha sido probablemente empleada por todos nosotros en algún momento, es la “positividad tóxica”, basada en creer que el hecho de “estar bien” depende únicamente de la voluntad del sujeto y pone como solución “parar de quejarse y esforzarse para no ser tan negativo todo el rato, que las cosas no son tan horribles”, cuando ni siquiera tendría que hacer falta decir que el encéfalo es un órgano como otro cualquiera y que es igual de propenso a sufrir lesiones o déficits y presentar funcionamientos incorrectos. Existe también alguna corriente más negacionista que considera cualquier experiencia compartida por parte de alguien que sufre alguno de estos trastornos como un intento de llamar la atención y crearse un falso personaje, lo cual invalida las emociones de estas personas y genera un claro retroceso. Y en este error también habremos caído todos alguna vez.

Es obvio que el estigma social sigue envolviendo a este tema en una nube de mitos y mentiras, lo cual demuestra lo necesario que es hacer llegar a toda la población la información y los preocupantes datos que se tienen sobre el tema en un intento de impactar y generar un cambio real. Como se menciona en el título, cerca de 800.000 personas se suicidan cada año, siendo el suicidio la segunda causa de muerte más común entre los jóvenes. Frente a estos datos vemos que, aunque suene increíble, España es uno de los muchos países que aún no cuentan con un plan de prevención estatal, y en la sanidad pública hay únicamente 6 psicólogos por cada 100.000 habitantes, lo cual se traduce en listas de espera de incluso meses hasta poder acudir a una sesión. 

Esto debería ser intolerable; la vida y las decisiones de una persona pueden cambiar en cuestión de días o incluso segundos, y tener los medios y recursos suficientes para poder atender a todo aquel que lo necesite al momento debería ser una prioridad. No podemos dejar que el supuesto “efecto llamada” impida informar a la población y la mantenga dentro de una burbuja de ignorancia; se debe hacer de manera responsable y profesional, creando planes de actuación, incrementando y mejorando los servicios disponibles y ofreciendo información útil, tanto de detección de señales en las personas que nos rodean como de prevención y ayuda a quien lo necesite.

Además, es necesario que todos entendamos que es un tema complicado para el sujeto y su entorno. Es probable que haya momentos de negación e ira al principio, seguidos de intentos de aceptar el diagnóstico, los tratamientos y las terapias recomendadas. Pero hay que entender que esto es lógico y normal y actuar acorde a ello, educando en salud mental en ámbitos familiares, escolares y laborales y normalizándola hasta tal punto que las personas que lo necesiten se animen a pedir ayuda mucho antes de tocar fondo. Aclaremos también que el diagnóstico nunca es una etiqueta que te define, sino simplemente un método que ayuda tanto a los profesionales de la salud a identificar las pautas que deben seguir durante los tratamientos como a los pacientes a entender mejor lo que les puede estar ocurriendo, así como a saber que no están solos y que hay posibilidades de mejorar.


Las enfermedades mentales existen. La salud mental existe. Y hay que hablar de ello.


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