Entre libros una carta

Hojeaba aquellos libros sin demasiado entusiasmo, como esperando una señal que me indicara el adecuado. Miraba fugazmente lomo, portada y contraportada, sin detener mis ojos más que unos pocos segundos. De vez en cuando, si uno de ellos parecía interesante, lo abría por la primera página y la leía. Lo hacía con una actitud algo infantil, quizás, pues desafiaba al autor a que me mantuviera la mirada. Si era capaz de sostener mi atención sobre las líneas que había escrito, él ganaba. Le daría un hogar a su obra, envolviéndola para regalo. En caso contrario, perdía su oportunidad, y quedaba, como tantos otros, condenado a que lo olvidara.

Aquellos signos, que yo miraba de soslayo, construían mundos enteros, encuentros excitantes y personalidades asombrosas, pero no era capaz de detenerme ante todas esas vidas que se mostraban ante mí. Acostumbrado a las emociones fáciles e instantáneas, no lograba sumirme en el profundo placer del desdoblamiento. ¿Qué es eso del desdoblamiento?, pregunta el inexperto. Es saberse otro, conocerse en otra vida, descubrir cómo la personalidad ajena se superpone en la propia. Leer no es otra cosa. Pero yo no era capaz ni siquiera de comprometerme con un libro. En lugar de escoger uno me dedicaba a pasearme con la mirada.

De pronto, entre las páginas de uno de ellos, allí estaba. La señal que, en realidad, no esperaba encontrar. Mis manos acariciaron los bordes de aquel objeto, inspeccionándolo cuidadosamente. Era, indudablemente, una oportunidad. Aquella oportunidad era algo más larga y menos ancha que las hojas del libro. En el exterior se encontraba escrita una dirección, un código postal y un destinatario. Un sello decoraba mi impaciencia antes de descubrir el interior. Aquella oportunidad no parecía real. Parecía, más bien, propia de las líneas de alguno de los volúmenes de la librería. Destapé el sobre, ya rasgado, y contemplé el contenido. Sobre unas hojas marcadas con el logo de un hotel, tres páginas habían sido escritas por ambas caras. Me sorprendió descubrir que aquella misteriosa carta estaba escrita en inglés. En las primeras líneas que leí descubrí que la autora era una joven estadounidense. Al parecer escribía a un amigo madrileño, que acababa de terminar de escribir una novela. Al ser algo extensa, decidí guardar la carta en el sobre y devolverla al libro donde la había encontrado, no sin antes comentar el hallazgo con mi hermano Juan.

Seguí buscando el libro adecuado para mi regalo, pero mi pensamiento retrocedía constantemente a aquella carta. Finalmente, decidí preguntar por un autor en concreto, y afortunadamente, el encargado de la librería me facilitó el libro que había estado buscando. Nos disponíamos a pagar, cuando Juan le mencionó la carta. 

—Cogedla. Si aprovecháis el texto a mí me vale —dijo el hombre, viendo nuestro interés. 

Recuerdo perfectamente aquella expresión porque cuando pronunció esas palabras sentí una mezcla de alegría y miedo. Por un lado, podía no tener ningún valor, y ser una decepción. Pero es que, si realmente valía la pena, lo emocionante de leer la carta sería el saber que lo relatado había ocurrido verdaderamente, y saber que los sentimientos que aquella chica describía eran los que una persona de carne y hueso había vivido. A continuación, el librero nos explicó que, al ser de segunda mano, en sus libros quedaban olvidados objetos de los anteriores propietarios. Uno de ellos era aquella carta.

Cuando llegué a casa la leí, descubriendo así que la autora y el chico de la novela habían mantenido una relación. Debido a la distancia que los separaba, se había enfriado poco a poco, y ella se mostraba triste de haber perdido el contacto. Quería reestablecer la amistad que los había unido en un principio. Pude sentir, leyendo la carta, una sensación muy extraña. El desdoblamiento. Me sentí en la piel de esa chica que 20 años atrás había conocido a un joven escritor. Me la imaginaba ahora recordando aquellos días con la alegría de quién se acuerda de un amor de juventud. Pero quién sabe. Es posible que la carta llegara, y que el contacto entre ellos nunca llegara a perderse del todo.

Tras meditarlo un rato, y recordando todo lo que se decía en la carta, decidí buscar en internet el nombre del chico, pues ella le felicitaba por su reciente novela. Era posible que hubiera alcanzado el suficiente éxito como para aparecer en Google. No mencionaba el título de la novela, pero sí sabía el nombre del chico. Mi sorpresa fue enorme cuando vi los resultados de mi búsqueda.
Andrés Barba. Novelista. Durante su carrera literaria ha recibido numerosos premios. También es conocido por…
No cabía en mi asombro. Había encontrado una carta perteneciente a un escritor. Me parecía irreal que hubiera sido tan sencillo encontrarle.

Días después acudí a la biblioteca municipal, buscando algunos de sus libros. Me paseaba entre las estanterías cuando lo encontré: La hermana de Katia. Imposible. Lo busqué en internet y era justo el libro que mencionaba la chica. Las fechas coincidían. Parecía que todo aquello era parte de un plan que alguien había elaborado para que viviera las experiencias de una novela en primera persona. Primero había sido la carta en la tienda de libros de segunda mano, y ahora, justamente, había encontrado la novela que en ella se mencionaba. No había ningún otro libro más de Andrés Barba. Solo La hermana de Katia.

Ahora es el momento en el que os contaría que fui a buscarle, que lo encontré y le devolví la carta. Que él se emocionó recordando todo lo que vivió junto a aquella chica. Que me dio las gracias y yo se las di a él. Y que le conté que había leído su novela y me había encantado. En este momento os contaría como yo le había hecho algunas preguntas acerca del libro, y como él me había dejado impresionado con sus respuestas. Pero no.

No hice nada de eso. Dejé el libro en la biblioteca, y la carta sobre mi mesa. Desde hace 5 meses no he hecho nada para resolver la trama de esta historia. Pero hoy he vuelto a pensar en ella. En la autora de esa carta. Y he pensado. ¿Por qué no escribo sobre esto? Me dará la fuerza de voluntad. Y así he hecho. Aquí estoy ahora, terminando de escribir estas líneas, con la oportunidad aún sobre la mesa. Pero esta vez no, no la voy a perder. Buscaré La hermana de Katia en la biblioteca, y después haré lo propio con su autor, Andrés Barba.

Hasta entonces.




Jaime Cabrera González