El patíbulo de las expectativas


Tras haber leído este título te pueden haber surgido dos ideas: la primera probablemente me asocia a una persona algo exagerada, quizá excesiva al comparar una horca con una simple expectativa. El segundo pensamiento que quizá te ha sugerido no se aleja mucho de la realidad: las expectativas y cómo estas pueden acabar contigo si dejas que te ahoguen sin apenas darte cuenta de que lo hacen.

Pero exactamente, cuando hablamos de expectativas ¿a qué nos referimos?

Pues bien, quizá resulta algo difícil de abordar dado que siempre han estado en nuestra mente de una forma más o menos implícita. Las expectativas no son otra cosa que un sueño platónico acerca de cómo debería ser la realidad en función de nuestros ideales: marcan un punto en el horizonte que nos sirve para orientar hacia dónde dirigirnos para hacer las cosas correctamente. El problema viene cuando, por un motivo que puede conocerse o no, este punto se encuentra cada vez más lejos de nuestras posibilidades y lo peligroso viene cuando uno percibe que por mucho que se acerca a ese punto, nunca está lo suficientemente cerca de alcanzarlo.

Toda esta dramática y algo barroca idea sobre las expectativas nace siempre desde uno mismo: las expectativas (en este caso, altas) que uno tiene sobre sí pueden tanto surgir en algún momento de la vida (que quizás se desconoce) como integrarse en nuestra mente desde la realidad externa que nos rodea. La manifestación de estas no viene hasta que no sucede la decepción que provoca no lograr llegar a ellas: un ejemplo bastante visible suele ser a nivel académico en épocas como la infancia o la adolescencia, donde un niño habituado a obtener sobresalientes en sus calificaciones saca su primer suspenso y se siente un auténtico fracasado. En ese caso, la expectativa inalcanzable de no conseguir lo que se esperaba se convierte en una ocasión para que ese pequeño estudiante se cuestione si ese suspenso acaso se asocia más a sí mismo que a un mal examen.

Ese afán constante por querer cumplir nuestras propias “metas mentales” y no hacerlo, se puede llegar a confundir con no haber cumplido las que el resto tenía en nosotros. Pero, ¿y si las expectativas del mundo no son ya superiores a las nuestras, sino diferentes?, ¿cómo es posible ver las expectativas que otros tienen sobre nosotros si solo nos juzgamos desde nuestras propias lentes?

Pues bien, como no es complicado de imaginar, estos juicios inquisitorios suelen venir acompañados de un sentimiento de decepción constante, de nunca ser suficiente ni hacer lo suficiente. Si encima este asunto se suma a una falta de confianza en uno mismo, a la ceguera de realidad que este pesimismo provoca y a problemas mayores como ansiedad o incluso depresión, podemos ver como toda esta soga de situaciones acaba ahogando a quien la tiene alrededor del cuello y por tanto, condenándole a morir en vida. 

Este bucle (que solo termina en frustración...) finaliza cuando nos damos cuenta de que no cumplir las expectativas y sufrir por ello solo se soluciona cuando uno comienza a aceptar que la única realidad que existe y que debe existir es la que se vive. La agonía de no llegar a donde queríamos se esfuma cuando la concentración por mejorar y hacer lo que cada momento de nuestra vida requiere es mayor que la angustia de pensar en ese resultado eternamente inacabado. A fin de cuentas, no se trata de transformarse en personas conformistas y acomodadas que prefieren olvidarse de esas agobiantes exigencias, sino en seres conformes con la realidad que tienen y que gracias al acogimiento de esta, se permiten ser versiones cada vez mejores de sí mismos.

Quizá el centrarse en el momento en el que se vive puede parecer un asunto complicadísimo dado que nos es imposible no pensar en esos objetivos implícitos. Sin embargo, eso nunca será peor que la muerte en un patíbulo como es el de las expectativas: que te ahoga lentamente hasta despojarse de ti.

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