Bienvenidos, Reyes Magos

Recuerdo como si fuera ayer unas navidades hace ya tiempo (tampoco es necesario especificar cuánto) en las que solamente tenía ocho años. En concreto me acuerdo de un fantástico reportaje emitido en las noticias que versaba sobre el complejísimo operativo que desplegaban la Policía, la Guardia Civil y los bomberos. Era un operativo destinado a facilitar la llegada de SS.MM. los Reyes Magos a todas las casas. Camiones, escaleras telescópicas, arneses, perímetros de seguridad...Un follón. Escuchaba con estupefacción a aquel jefe de bomberos que, con semblante serio, explicaba todas las complicaciones con las que se encontraban cada año para acceder a las viviendas. En ese momento me parecían héroes. Debates acalorados con mis amigos en el patio del colegio discutiendo sobre si los camellos subían o no subían hasta nuestros salones. Qué época tan divertida.

También me acuerdo de una historia que me contó mi madre años después, que me resultó conmovedora. La hija de una amiga suya estaba en “esa época” en la que empiezas a olerte el pastel. Por eso, haciendo un alarde de picardía absoluto, decidió pedir ese año a sus majestades un juguete que estaba agotado en todos lados. Su teoría era que si conseguían traérselo, existían. Pero si no lo conseguían, sabría que eran de mentira. Pues bien... Sus padres se pusieron manos a la obra rebuscando en cada almacén y juguetería, pero no tuvieron éxito (parecía tonta la niña cuando la compraron...). Llamaron a la fábrica de la juguetería y les comentaron la situación: “mi hija está a punto de no creer en Los Reyes Magos, tenéis que ayudarme”. La operaria que les atendió se dio cuenta de la “gravedad de la situación” y no dudó en pasarles con un alto cargo de la marca, el cual les dijo que iba a remover cielo y tierra para que ese juguete llegara el día 6. Y así fue: una fría mañana de enero aquella niña entró en su salón y vio el preciado regalo. Ilusión, asombro, incluso estupefacción. Esa fue para la pequeña una prueba definitiva de que los Reyes Magos existen, y para mí también.

Todos hemos escuchado historias que confirman esta creencia, incluso hay una página web que detalla con pelos y señales cada evidencia encontrada sobre el paso de sus Majestades por algún sitio. Un amigo mío se encontró huellas de camello en su pasillo; a mis primas les dejaron una carta escrita de su puño y letra, y tampoco me olvido del cartel de Aena en el aeropuerto de Barajas anunciando la llegada de un vuelo procedente de Oriente en el que viajaban nuestros tres protagonistas. El hecho de que toda la sociedad se ponga de acuerdo en mantener un secreto, en crear una historia tan ilusionante, es verdaderamente mágico.

Pasaron los años y llegó el momento de descubrir el misterio. Ese momento que no debería llegar nunca. Qué momento más dramático. Pero tuve la suerte de contar con unos padres que supieron desvelarme el secreto sin robarme la ilusión, una ilusión que a día de hoy mantengo intacta. A partir de ese instante, si yo quería, podía ser también rey mago. ¡Qué responsabilidad! No dudé en coger el testigo. Cuando ya formaba parte del “otro bando”, seguí viviendo escenas realmente especiales, como las caras de los enanos en la cabalgata o salir a pasear el 5 por la noche y ver a cantidad de padres cargados de bolsas que tenían escondidas en sus coches. Quizá es que soy una blandita, pero me resulta tremendamente tierno.

Sin embargo, hoy pongo el telediario y ya no encuentro esos elaborados reportajes de antaño. Solamente veo noticias de padres comprando juguetes en centros comerciales, anuncios en bucle de muñecas extravagantes o robots que hasta te rascan la espalda, estadísticas sobre lo que cada español se va a gastar en navidades. Qué torpes somos. ¿De verdad es posible mantener la magia acribillando a los niños con toda esa información? Me cuesta creerlo.

A veces comprendo a ese pequeño grupo de renegados que piensan que todo es una pantomima consumista. La sociedad se vuelve cada vez más adulta y no deja salir al niño pequeño que llevamos dentro. Y eso es el peor error que podríamos cometer. El día de Reyes no consiste en hacer el mejor regalo ni en gastar más que nadie. Es algo mucho más profundo, por lo menos para mí: la ilusión de escribirles la carta, las meriendas en torno al roscón con familia y amigos, las mariposas en el estómago la noche antes, la incertidumbre de saber si han conseguido llegar o no, la espera, la emoción, la alegría, la empatía, la magia... En definitiva, es volver a ser niño por un día. Cuánta falta nos hace. Así lo pedía Unamuno en uno de sus poemas:

Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar.
La hiciste para los niños,
yo he crecido, a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta,
achícame, por piedad;
vuélveme a la edad aquella
en que vivir es soñar.

Ojalá seamos capaces de “achicarnos” y dejar las puertas grandes para otro momento. Ojalá toda la magia que nos traen no se pierda entre anuncios baratos y materialismo. Ojalá se nos contagie esa mirada llena de ilusión de los niños cuando los ven llegar montados en sus camellos. Queridos Reyes Magos, vuestra llegada es, sin lugar a dudas, el mejor momento del año.

Y ahora os dejo, que llevo toda la noche sin dormir de los nervios y tengo que comprobar si finalmente han conseguido llegar (con bomberos o sin ellos)... Felices Reyes Magos a todos.