Esquemas mentales, ¿a ti también te ha pasado?



Flexibilidad y apertura mental. Dos cualidades muy importantes, pero también muy escasas en la sociedad de hoy. Es innegable el hecho de que cada vez más gente es consciente del impacto, tanto individual como grupal, que tienen en el mundo, lo cual va unido a una mayor concienciación en todos los ámbitos. Sin embargo, considero que, paradójicamente, en otros aspectos estamos retrocediendo a una rigidez que no debería tener lugar en una sociedad como la de hoy.

Tendemos a agrupar a todas las personas que comparten ciertas características dentro de una categoría y un esquema concreto, es decir, en forma de representaciones simplificadas y organizadas de sus roles, de su comportamiento y de las expectativas que podamos tener sobre estas. La base psicológica de este proceso es ahorrarnos esfuerzo cognitivo al emplear el atajo más rápido para juzgar o tomar decisiones. A raíz de esto, se crean estereotipos o creencias generalizadas sobre los miembros de un grupo basadas en sus diferencias con otros grupos. Y aquí es donde puede aparecer el problema. 

Más allá de la utilidad evolutiva, debemos ser conscientes de las limitaciones de estos conceptos y aprender a discriminar entre los momentos en los que pueden ser útiles y aquellos en los que se nos quedan muy cortos. Día tras día, nos encontramos con miles de personas que requieren ese análisis que nos permite encajarlas dentro de un grupo concreto, para lo cual recurrimos a las distintas opciones que nos ofrecen los esquemas que ya conocemos. Lo preocupante es que estas se han vuelto demasiado simples y generales, dando lugar a una visión dicotómica y limitada entre una y su opuesta: blanco o negro, A o B, esto o eso, cara o cruz. No vemos más allá de estas específicas y bien marcadas opciones, y creo que la causa principal de esto no es la incapacidad, sino la ausencia de voluntad. 

Creo que la gran mayoría de nosotros, por no decir todos, nos hemos encontrado alguna vez frente a un caso de disonancia cognitiva (tensión o duda generada por discrepancias entre actitudes y conductas), y comento mi caso. Personalmente, considero que empecé a ser consciente de que me ocurría esto cuando me impliqué más en el tema del feminismo. Creo es un movimiento necesario y muy positivo, y admiro todo lo que ha conseguido. Sin embargo, cuanto más me informaba, además de encontrar muchas cosas que me abrían los ojos y me enseñaban mucho, iba encontrando alguna otra que me chocaba y con la que no estaba totalmente de acuerdo. Eran solo unas pocas, pero me hacían sentir dudosa. Me pregunté entonces: ¿si me considero feminista, por qué me incomoda? ¿Por qué no me representa esto en concreto? Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que esa sensación no se iba, y que aquello me seguía sucediendo cuando me encontraba con algún post o algún comentario puntual de alguna cuenta feminista a las que sigo en redes sociales. ¿Necesitaba seguir deconstruyéndome en ciertos aspectos? Tras darle muchas vueltas y comentarlo con varias personas de mi entorno llegué a la conclusión de que no, no lo necesitaba. Ver que esto me pasaba en más ámbitos, como en el político, por ejemplo, me llevo a normalizar esta situación. Estaba de acuerdo con cosas de la derecha, pero también con cosas de la izquierda. Y aprendí que no era la única, siendo la primera muestra de ello la gran indecisión generalizada que hay a la hora de elegir el partido al que votar. Muy poca gente lo tiene clarísimo; la mayoría está de acuerdo con algunas medidas y en desacuerdo con otras de cada partido. 

Y es que considero que tenemos unas ideas muy cuadriculadas y rígidas de lo que supone pertenecer a un grupo u otro. Si tienes rastas, eres “podemita”; si llevas la bandera de España en la muñeca, eres “facha”. Si tienes dinero o eres patriota, tienes que ser de derechas, y si ganas poco dinero, eres homosexual o de color, tienes que ser de izquierdas. Si eres feminista, tienes que estar de acuerdo con todos y cada uno de los puntos y de las ideas que defienda la mayoría, o los referentes, y si crees en alguna religión eres demasiado iluso, extremista o conservador. Y así con infinidad de temas. A mi parecer, suena preocupante, porque hemos perdido la capacidad de ver más allá y contemplar distintas combinaciones, porque nos ciega la urgencia de ponernos y poner a los otros una etiqueta. Estamos gobernados por la mentalidad del “si no estás conmigo, estás contra mí”, y quizá en algún momento concreto tiene sentido y es acertada, pero en otros muchos se queda muy pobre. Sería coherente, como decía, en casos protagonizados por personas e ideas muy polémicas, las cuales, a pesar de ser la excepción, son las que más ruido hacen y, por lo tanto, las más perjudiciales. Aparecen frecuentemente en los sesgados medios de comunicación y se fijan con una facilidad sorprendente en nuestras mentes, actuando de referente inamovible e indiscutible. Algunos ejemplos serían sujetos de ideologías verdaderamente extremas que muestran símbolos, como banderas de países o partidos políticos, respaldando sus actos, dando lugar así a la errónea generalización de que todo aquel que muestre su agrado por esa bandera o partido es equivalente a ellos. La clave está en ser consciente de la importancia de procesar y juzgar lo más objetivamente posible toda la información que recibimos antes de introducirla en nuestros esquemas. 

Todo esto genera en nosotros dudas acompañadas de una sensación de ausencia de identidad o de sentimiento de pertenencia al grupo. ¿Qué soy si no cuadro con el prototipo o el estereotipo del grupo del que me siento parte? Forzar esa pertenencia o similitud acaba con toda posibilidad de crear o encontrar nuevos caminos emprendidos por distintas ideas y voces; impide la renovación y el progreso hacia algo que es, en muchas ocasiones, una alternativa mejor que cualquiera de las actuales. No debemos tener miedo de demostrar nuestro desacuerdo con el grupo y de ser diferentes al resto, al igual que tampoco debemos evitar a toda costa reconocer aspectos positivos de otros grupos, y esto debe estar facilitado a su vez por nuestra apertura mental hacia aquello que se sale de lo normativo. Defender nuestra individualidad es un proceso difícil en ocasiones, cuando el miedo al “qué dirán” nos bloquea. No obstante, es fundamental seguir preguntándonos hasta qué punto nos define o dejamos que nos defina la opinión de los demás. Popularicemos la idea revolucionaria de ser diferente, y aceptemos con los brazos abiertos a todo aquel que lo sea.