Escocia después del Brexit: el parte meteorológico.

La verdad duele, la lluvia moja y el Brexit, como una tormenta de nubarrones negros, está cada vez más cerca. 

Los ciudadanos de Glasgow, con los que convivo desde hace unos meses, acostumbrados a estas situaciones, se limitan a ponerse el chubasquero. Parecen inmunes al desánimo y la inestabilidad que brota en el resto del reino. El cielo es para ellos tan cambiante que en un mismo día desayunan bajo un chirimiri, trabajan bajo una llovizna, comen a cubierto de una tormenta de granizo y vuelven a casa a buena hora para ver unos cuantos rayos de sol antes de que la noche, a eso de las cuatro de la tarde, se lleve la luz a otra parte. 

Traten de ponerse en situación. Imaginen al típico escocés, a eso de las seis de la tarde, con el estómago lleno y la segunda pinta ya medio vacía en la mano. El discurso es claro: convencerse los unos a los otros de que un nuevo cambio puede llegar. La tormenta que les mandan los ingleses es peor que cualquier ventisca de invierno. La independencia es ahora una posibilidad real. Sin aspavientos, convencidos, todos se miran y asienten. Terminan su cerveza y se van a casa.

En lo que queda de aquí a que se cierre el Brexit, menos de mes y medio si Boris mantiene su palabra -cosa extraña en su proceder hasta el momento-, el escocés, el ciudadano de a pie me refiero, no tendrá que volver a preocuparse de la tormenta. Las Navidades, el ambiente festivo y la alegría del reencuentro con familiares y amigos ha de ser lo importante. Una vez cerrado el capítulo, una vez cerrado el acuerdo, una vez cortado el cable y desatada la tormenta, tendrán rienda suelta para pedir su ansiada independencia. Y esta vez con argumentos renovados y muy puntiagudos.

La independencia de esta tierra no es cosa menor. Dicho de otra manera: es cosa mayor. La historia de su lado y la especial constitución que rige el estado, flexible y rígida al mismo tiempo, son sus dos mejores bazas. El precedente de un referéndum está ahí, las bases para apelar a los sentimientos también. Lo que despunta ahora, lo que cambia, es la existencia de esta tercera fuerza, este empuje desde dentro. Se siente en la calle, en la prensa. Es el propio Reino Unido desde Londres diciendo que se acabó lo que se daba, que ahora la lluvia deja de ser europea para ser británica. Y aunque no lo dicen, hay otro detalle importante. Cualquiera sabe que las tormentas traen, entre otras cosas, posibles cortes de suministros, posibles enfrentamientos con aliados europeos, posibles conflictos internos y, lo que parece más importante, posibles privatizaciones. No me malinterpreten, hoy se privatiza de todo y hay veces que hasta funciona. Pero el NHS, ese sistema de sanidad en decaimiento, puede convertirse de un día para otro en la pieza clave del destino escocés. 

Cuando miramos hacia esta lejana región, desde España vemos paisajes salvajes, niveles de paro anecdóticos, grandes exportaciones de gas, de petróleo y crecientes exportaciones de su otro preciado líquido, el whisky. Pero lo cierto es que esta lluvia, que lo emborrona todo, no nos deja ver la realidad escocesa. Pobreza, desigualdad social y económica, consumo desmesurado de alcohol y de muchas otras drogas que no son alcohol. La creación de una sanidad privada, a imitación de la estadounidense, podría desembocar en grandes problemas para las clases menos favorecidas, que ya se encuentran en desventaja en cuanto a educación y acceso a universidades se refiere.
Educación y sanidad, dos piezas claves para cualquier estado, están hoy en el punto de mira tanto de independentistas como de unionistas a la hora de construir sus argumentos. Las culpas, al otro; las soluciones, hasta ahora, milagrosas e imposibles, es decir, electoralistas.

En Londres tienen claro que no quieren permitir un nuevo referéndum. Por su parte, Nicola Sturgeon, líder del partido nacional escocés SNP, ya ha comenzado a advertir a Boris Johnson de que no puede "encerrar a Escocia en un armario" y parece determinada a llevar a cabo la consulta. Está convencida de que esta es la única forma democrática de proceder y, ya sea con la aprobación desde Westminster, o de esa otra forma que tan familiar nos resulta a los contemporáneos del "procés", la vía unilateral, va a llevar a sus conciudadanos a las urnas.

Reino Unido, a pesar de ser el Reino Unido del S.XXI, sigue siendo una potencia y un trozo de tierra al que agarrarse si las cosas se ponen feas. La decisión de Escocia pasa por valorar su capacidad económica, política y social para ser independientes de facto y no solo en una idealizada división de fronteras.

En mi humilde opinión, la independencia de Escocia, aunque factible, pudo ser igual de peligrosa para la economía escocesa que el Brexit para la británica. Ahora, quizás, con la posibilidad de reincorporarse a la UE y recibir su apoyo, pudiera llegar a sostenerse, ya no solo en lo democrático y en lo social, sino también en lo económico. 

La verdad duele, la lluvia moja y el Brexit, como una tormenta de vientos huracanados, está desvelando los puntos frágiles de este incierto e inestable Reino Unido. El tiempo, y no el clima, será el que termine por mostrarnos las consecuencias.

Mientras tanto, y por ser previsores, las recomendaciones para nuestro escocés de a pie son un buen chubasquero y una reflexión individual sobre el problema nacionalista y sus consecuencias a largo plazo.