¿Qué pasó con la moneda de cinco duros?

Hay veces que me paro a pensar en la de horas que pierdo al día delante del ordenador, del móvil o de la televisión. No voy a negar que son inventos que nos han facilitado mucho las cosas (de hecho mi trabajo sería bastante más complicado si no existiesen). Pero hay veces, muy pocas veces, en las que tengo un destello de lucidez y decido odiarlas, aunque sea durante cinco minutos. Las odio porque me han anulado en muchos aspectos. No voy ni a mencionar que de pequeños nos sabíamos las tablas de multiplicar al dedillo y hoy en día cogemos la calculadora del móvil hasta para el dos más dos. Pero yo siempre fui de letras cerrada, así que igual en eso me han echado un cable. En realidad, las odio porque nos han hecho más cobardes, nos han quitado la emoción y nos han convertido en unos vagos. Seguro que alguno estará pensando “ya está la exagerada, tampoco es para tanto”. Y quizá en el día a día nos parezca moco de pavo, pero si nos paramos a pensarlo, hay veces que asusta. 

Soy de la generación millenial (sí, esa que está tan denostada), y lo representativo de mi generación es que hemos vivido todo el cambio tecnológico. Yo me desvirgué con las nuevas tecnologías usando el walkman heredado de mi hermana y ahora soy la reina del Spotify Premium. Yo llevaba una moneda de cinco duros en el bolsillo por si tenía que llamar a mis padres desde una cabina y ahora, si no mando siete notas de voz cada vez que cojo el movil, no mando ninguna. También me tocó ser el mando a distancia de la época (la ley dictaba que el pequeño de la casa se levantaba a cambiar de canal) y ahora paso de una cadena a otra, con ojos de vaca (como diría mi madre), mirando sin ver, tirada en el sofá. Cualquiera se levanta ahora a resetear el router cuando no funciona. Aquí es donde veo que nos han convertido en vagos.

También me acuerdo de las llamadas interminables en la adolescencia (de fijo a fijo, qué os creéis…) y los momentos angustiosos cuando llamabas a casa de tu novio y rezabas porque no lo cogiera su padre. O llamar al telefonillo de una amiga cruzando los dedos para que estuviera en casa y se bajara a merendar contigo. Las tardes de verano con mi hermana en el pueblo esperando a que volvieran nuestros padres de trabajar, con la confianza de que todo hubiera ido bien. Aquí es donde veo que nos han quitado el misterio.

Y también recuerdo las declaraciones de amor en el patio del colegio, el tembleque en las piernas cuando tu novio cortaba contigo en un banco de la calle, las palabras sinceras que, aunque doliesen, le decías a una amiga entre trago y trago de Coca-Cola. Aquí es donde veo que nos han convertido en unos cobardes.  

Oigo cada vez más historias de relaciones rotas por Whatsapp, charlas de amigas por Facetime, críticas baratas en Twitter desde la valentía que nos da el anonimato, sentimientos destapados en Facebook. ¿Dónde quedó el decir las cosas cara a cara? ¿Qué pasó con el tembleque?¿Y con las palpitaciones al decir aquel “hola, señor, se puede poner Fulanito”? ¿Y del “te quiero” con la voz entrecortada? ¿Qué fue de las voces demoníacas cuando se te acababan las pilas del walkman

Termino el artículo asumiendo que no puedo negar la necesidad que han creado en mí las nuevas tecnologías, y probablemente cuando cierre este Word (sí, soy una vaga que ya casi no coge pluma) me olvide de todo esto, pero cuando vuelva a parar cinco minutos, echaré de menos otra vez el valor, el misterio, el esfuerzo y las monedas de cinco duros en el bolsillo.



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