Mamá, me duele aquí.


- Breve crítica a la medicina moderna del cuerpo y del alma -


No me malinterpreten. Estar enfermo nunca es un proceso agradable. Pero, si preguntamos por ahí, seguro que a más de uno le entraron ganas de subirse al estante más alto para probar un poco de ese dulce jarabe; o fingió enfermedad para librarse de un tedioso día de cole; o de un tedioso día de trabajo (que no solo los niños saben mentir). Estamos de acuerdo entonces en que, aunque la enfermedad no nos agrada, existen elementos asociados a ella que nos hacen sentir bien. Al calor del hogar y sobre el regazo de una madre es mucho más fácil ponerse malito. Aparecen como por arte de magia almohadones bien mullidos bajo la cabeza, tazas con caldo entre las manos, jeringas con dulce jarabe en la boca y cuentos que te mecen en un sueño reparador. ¡Es tan fácil estar enfermo cuando te rodea gente que te quiere y tienes acceso a una medicina de calidad!

Permíteme ahora, tú, que lees esto, aportar algo de perspectiva al problema de la medicina actual. En los últimos años, se ha descrito una práctica conocida como zoofarmacognosia. Se ha caracterizado aquello que ya suponíamos, y es que algunos animales son capaces de automedicarse. (1) Por ello, no hemos de sorprendernos si la lucha contra las enfermedades es considerada una de las prácticas más antiguas que se le conocen al ser humano. (2)  El instinto de conservación y un método sencillo de ensayo y error daban forma a esta medicina antigua. (3) Las diversas prácticas estaban además muy ligadas al rito y a la magia, siendo complejo en este caso hacer distinción entre medicina del cuerpo y medicina del alma. Los rituales eran llevados a cabo por un individuo al que hoy en día conocemos por el nombre de chamán (del tungu, Shamán, “el que sabe”) quien, con sus conocimientos y experiencia, creaba una realidad común para los integrantes de su tribu, basada en los espíritus y los ritos legados por sus antepasados.

La ciencia, que es, a día de hoy, el rito por excelencia, da solución a nuestros problemas. Nuestros chamanes, los científicos, parecen conocer la solución a todas las enfermedades y se afanan en continuar aprendiendo sobre la sustancia vital, que son, en definitiva, estos cuerpos cansados que llevamos y traemos de acá para allá. ¿Quizás estamos idolatrando en demasía esta religión moderna? Una pregunta compleja… y, aunque te animo a rumiarla lentamente, debemos recordar que la biblia que manejamos se basa en años y años de investigación rigurosa y ampliamente revisada. No se trata de un individuo dirigiendo a una tribu sino de la humanidad tratando de entenderse y tratarse a sí misma. Es un rito común del que todos participamos en mayor o menor medida y se sustenta sobre pilares rígidos y reales. Pero ¿Cuán rígidos, cuán reales?
La literatura, según la RAE, “el arte de la expresión verbal” escrita o hablada, es a día de hoy, una entidad de márgenes difusos. Así, aunque más de un filólogo querrá ahogarme en palabras peyorativas después de esto, me atrevería a incluir los productos audiovisuales (películas, series programas…) en lo que antiguamente se consideraba teatro. Incluso diría, que muchas de las redes sociales que manejamos son meros guiones que se están escribiendo a tiempo real. Cuentos que se relatan en hilos de twitter, aventuras que se nos retransmiten en las historias de Instagram… Todo ello conforma la medicina del alma actual, la del día a día. La psicología, la meditación o la espiritualidad son prácticas anecdóticas si lo comparamos con esta nueva concepción de la literatura. La consumimos a todas horas y, aunque tiene un poder sanador, este es relativamente bajo, incluso llegando a ser perjudicial en algunas ocasiones. ¿Y por qué seguimos consumiéndola de forma compulsiva y descontrolada?

Si bien presentan grandes diferencias, ambas formas de curar las dolencias del ser humano se encuentran asediadas por un mismo problema, el consumismo. Tenemos acceso a demasiados recursos y no sabemos gestionarlos. La posibilidad de desconectar viendo una serie, hecho que podría aliviar la ansiedad en un momento concreto se convierte en un producto de usar y tirar que calma durante un rato, pero no cura. Así mismo, un analgésico nos dará unas horas de descanso ante una pierna rota pero la escayola es inevitable si queremos volver a caminar. Sucede que nos estamos volviendo frágiles y dependientes de múltiples drogas. Pero aquí no acaba el problema.
El consumo exacerbado de un producto lleva progresivamente a una perdida de calidad del mismo. Simplemente miren las estanterías de libros de poesía, (que es, por cierto, la “gaya ciencia”). La cantidad de versos vacíos que se agolpan en las librerías, su consumo, libro tras libro, pagina tras página. Los programas de televisión, fáciles de consumir, que no requieren mucha atención y que nos permiten aferrarnos a una historia, de amor, de éxtasis, de vida, aunque no sea la nuestra. Somos vampiros ávidos de nuestra próxima víctima, incapaces de diferenciar si estamos bebiendo sangre caliente o agua estancada.


Ahora volvamos al caso de la ciencia. El incremento en el consumo de “productos científicos” esta convirtiendo la investigación en una carrera por ver quién crea antes tal medicina o tal tratamiento. Los artículos de investigación contienen cada vez más errores, fruto de la vertiginosa velocidad con la que se han redactado o de deliberados intentos de plagio y fraude. (4) En ocasiones es debido al ansia de reconocimiento, pero, la realidad es que los investigadores se sienten cada vez más presionados por publicar. En caso de no hacerlo, se encontrarían en un desierto de financiación y no podrían seguir haciendo ciencia. Esta maquinaria científica de dimensiones monstruosas está premiando al listillo y penalizando al inteligente. Una absurda paradoja. Todo esto hace que los férreos cimientos arriba mencionados comiencen a temblar y a resquebrajarse. La rigurosa objetividad, la revisión compulsiva, están dando paso a una ciencia postmoderna, de la que nos atrevemos a dudar, basada en la ley de la oferta y la demanda.

Zygmunt Bauman, reconocido filósofo del mundo contemporáneo, incorpora en su teoría de la sociedad líquida el concepto de consumismo y nos muestra como “somos libres en la medida que nos acoplamos a la lógica de la elección instantánea y el olvido rápido. Cuando consumimos realmente lo hacemos pensando en la próxima elección.” (5)


Los analgésicos, así como tu serie favorita o el último libro del youtuber más guapo de todo internet, son, en mayor o menor medida, útiles. Cumplen su función. Pero, necesitamos aprender a tener un consumo responsable de ellos, y con responsable, quiero decir, en cantidades adecuadas y de forma crítica. Y no hay duda de que somos los jóvenes los que más autocrítica tenemos que hacer en este sentido y los que, estando dentro del vórtice del consumo, debemos hacer lo posible por salir de él. No podemos permitir que el sistema zozobre hacia un capitalismo tan crudo. Hemos de buscar estrategias para mantener la calidad de la ciencia, de la literatura y de nuestra propia existencia, antes de que el inconformismo y las facilidades del siglo XXI nos conviertan en seres vacíos, ávidos de consumir el siguiente día, el siguiente año y, en definitiva, la vida.

Así pues, ya sabéis: no os toméis el jarabe de golpe y a escondidas. Esperad a necesitarlo. Llegado el momento tendrá el efecto deseado y el enfrentamiento contra el propio deseo habrá merecido la pena.



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Bibliografía
  1. Biser J. A. 1998. Really wild remedies–medicinal plant use by animals. Zoogoer 27: 1.
  2. Huffman M. A. 1997. Current evidence for self‐medication in primates: A multidisciplinary perspective. American Journal of Physical Anthropology 104: 171-200.
  3. Gracia Martínez, Miriam La medicina y la enfermedad durante el paleolitico y el neolitico, (TFM)  Zaguan, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2013
  4. Mercedes Díaz, Gloria. (2016). El fraude en las publicaciones científicas: más allá de fabricar, falsificar y plagiar. TecnoLógicas, 19(36), 09-12. Recuperado 4 octubre, 2019, de  http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0123-77992016000100001&lng=en&tlng=es.
  5. Posadas Velázquez, R. P. V. (2013, 1 mayo). La vida de consumo o la vida social que se consume: apreciaciones sobre la tipologí­a ideal del consumismo de Zygmunt Bauman. Recuperado 4 octubre, 2019, de https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0185161613726519



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