¿Creían los griegos en sus mitos?

Hablaba hace unos días con mi novia cuando me comentó ilusionada algo que llamó mi atención. Le habían dado una larga lista de libros, de la cual debía escoger uno para leer. Me contó que de entre todos ellos uno le había llamado la atención especialmente. El libro en cuestión formulaba una pregunta cómo título: “¿Creían los griegos en sus mitos?”. Me dijo que aquello le había hecho pensar mucho. Más tarde, ya habiéndome despedido de ella, me quedé meditando acerca de ello. No pude evitar preguntarme yo también, al igual que aquella portada, por Zeus, Odiseo y los demás.

Para mi sorpresa, no tardaron en llegar las respuestas. Aquella misma semana yo tenía clase de Filosofía Antigua en la universidad. El profesor habló de cómo la idea generalizada del paso del mito al logos era algo equivocada. Nos relató detalladamente la forma en que, en aquellos tiempos, se entrelazaron ambas formas de describir la realidad. “No será hasta mucho después que la filosofía se separará por completo del relato mítico”, nos decía. Fue en este momento cuando pronunció las mismas palabras que en mí habían creado tantas incógnitas. “¿Creían los griegos en sus mitos?”

El profesor nos explicó que no exactamente. Para los griegos de aquellos tiempos la religión era de estado, lo que quiere decir que solo conocían las razones de los ritos los sacerdotes y los iniciados. Por otro lado, estaban los ciudadanos comunes, que conocían la religión a través de los mitos que las madres y cuidadoras les habían enseñado desde su nacimiento. Se dice que los griegos aprendían a hablar gracias a los mitos que oían cuando eran bebés.

Estos mitos eran explicaciones que hacían los griegos partiendo de lo visible para explicar lo invisible. Es decir, que, por medio de la forma de entender la realidad terrenal, creaban una metáfora para explicar la realidad divina. Tomando el ejemplo de la genealogía, que era una práctica habitual en el mito, se puede explicar este hecho. La genealogía consistía en describir el mundo como si fuera un gran árbol genealógico. Los griegos explicaban que primero estaba Caos que representaba lo que su mismo nombre indica. De él nacieron Urano, titán que personificaba el cielo, y Gea, la tierra. Y más tarde llegarían Cronos, que mató a Urano, y sus hijos Zeus, Poseidón y Hades, los cuales representaban el rayo, el mar y el inframundo. De esta forma explicaban los griegos el universo. No obstante, sus dioses eran inmortales. No podían ser padres unos de otros ni nacer en un momento determinado, puesto que eran eternos y siempre lo habían sido.

Entonces, ¿cuál era el propósito de todo esto? Lo más sensato sería no pronunciar sentencias sobre lo desconocido, pensaría cualquier habitante del siglo XXI. Sin embargo, todo era distinto entonces. La metáfora era el instrumento más preciado, a falta de técnica y método. ¿Qué hace la metáfora? Nos podríamos quedar pensando si esta figura que aún está presente en nuestros días desvirtúa la realidad, o la describe tal y cómo es. Aún hoy decimos que el universo está formado por unos átomos con un núcleo alrededor del cual giran unas partículas llamadas electrones. ¿Giran en realidad los electrones? ¿Hay un vacío entre los átomos? ¿Realmente son redondas las partículas tal y cómo las representamos? Esto nos da una idea de que la metáfora persiste, a pesar de haber sido denostada en el ámbito científico.

Apolo y Dafne. Bernini. Museo Borghese.
Después de haberlo pensado por un rato nos damos cuenta de que cualquier explicación requiere de una metáfora. Distinguir entre realidad y apariencia se nos presenta como una tarea imposible. Incluso nuestra vista que recibe la luz reflejada por un objeto, está creando una metáfora al identificar una realidad, imposible de entender en su totalidad, con su colorido reflejo. La angustia nos invade, el miedo nos persigue, solo queda la indiferencia ante la realidad y su conocimiento.

¿O queda, en realidad, algo en lo aún podamos apoyarnos? No parece sensato confiar en ella, pero la metáfora sigue siendo algo en lo que debemos cimentar lo que sabemos. La metáfora nos ayuda a conocer y nos quita poco a poco el velo que impide conocer la realidad. Es peligrosa cuando queda fijada en nosotros y perdemos de vista su condición, pero es de extrema necesidad. Nietzsche decía que las palabras son metáforas que hemos olvidado que lo eran. Puede que todo nuestro conocimiento esté sustentado sobre metáforas, pero, si no olvidamos que lo son, estas metáforas nos guiarán en el camino.

Es un juego constante, del que a veces alguno prefiere no despertar. Lo más fácil es caer en la comodidad de la creencia ciega en la metáfora. No culpo a nadie de ello. El mito es bello. Aún así, y después de todo, podemos decir que no. No todos ellos creían en sus mitos.

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