Por qué necesitamos una nueva forma de discutir sobre la violencia



Hamburgo, Julio 2017. Barricada ardiendo durante las protestas
en la ciudad contra la celebración cumbre del G20
Filip Singer (EFE), cortesía de EL PAIS
El día de hoy, me gustaría abrir el artículo haciendo una pregunta: ¿Vivimos en un mundo que se rige por los criterios de la no violencia? Para muchos, la respuesta es un claro y rotundo no. Los actos violentos abundan, tanto en nuestro círculo más cercano como en las regiones más remotas. Experimentamos o vemos violencia con frecuencia en sus múltiples formas: violencia física o verbal, violencia doméstica, violencia de género, violencia entre naciones, etnias y grupos sociales, noticias sobre terroristas radicales o gobernantes que ejercen terrorismo de estado… Y eso si no consideramos la violencia contra otros seres vivos o el medio ambiente, aunque este artículo no tenga pensado en ir por esos derroteros. Baste decir que la gente que considera que en nuestro mundo impera la violencia, como siempre lo ha hecho, tiene ejemplos abundantes y variados a su alcance para respaldar su opinión. Esto puede provocar desencanto, frustración o incluso ira, dependiendo del sufrimiento que la violencia les haya causado y la aparente incapacidad e indiferencia de los poderes del mundo, ya sean políticos, sociales o económicos, de hacer nada al respecto.

Sin embargo, desde un punto de vista fáctico, esta visión tan negativa del mundo se basa en prejuicios sobre la realidad y falta de información. En sus libros titulados Los ángeles que llevamos dentro (2011) y En defensa de la Ilustración: por la Razón, la Ciencia el Humanismo y el Progreso (2018), el lingüista y psicólogo canadiense Steven Pinker defiende la idea que, en campos como la reducción de violencia y el aumento de la calidad de vida a nivel global, nuestra especie nunca ha habitado en un mundo mejor. No sólo eso, sino que las pruebas sugieren que esta mejora continuará, especialmente en las zonas más desfavorecidas del mundo. La estadística sugiere que hay razones para estar optimistas, no frustrados.

El esfuerzo del Sr. Pinker por presentar una narrativa esperanzadora basada en evidencias y estadística es realmente encomiable, y supone una alternativa refrescante frente a la omnipresente negatividad que parece impregnar los medios de comunicación y las redes sociales. Sin embargo, el Sr. Pinker pertenece a esa clase de pensadores con una fe tan profunda en la capacidad de progreso de la especie humana que sus textos, por muy inspiradores que sean para algunas personas, fallan a la hora de consolar a muchos otros que no comparten esa perspectiva sobre el desarrollo humano y que, por tanto, no comparten los argumentos que se basan en ella, independientemente de que lo que la evidencia objetiva parezca sugerir. En este aspecto, el estilo del Sr Pinker es semejante al de aquellas personas que, cuando ven a alguien triste, le hacen sonreír poniéndole los dedos en las comisuras de la boca y apretando hacia arriba. Por muy buenas intenciones que la persona tenga, si el otro no tiene motivos para sonreír su sonrisa desaparecerá una vez los dedos se retiren.

Los optimistas no necesitan más artículos que refuercen su confianza. Por eso, la idea de este artículo es la de construir una narrativa nueva y significativa que complemente a las que ya tenemos, y, en la medida de nuestras limitadas posibilidades, contribuya a apartar estas nubes oscuras que distorsionan una realidad que es mucho más rica y compleja de lo que parece, una realidad que no debe ser temida o rechazada sino entendida para encontrar una solución. Las soluciones simples y directas, por muy consoladoras que puedan parecer, son insuficientes para atacar la raíz de este problema, y por tanto para prevenir el sufrimiento que causa. Este artículo pretende aguijonear tu percepción, estimado lector o lectora, para que podamos movernos más allá de las discusiones sobre estadísticas manipuladas, Fake News y recetas de solución fácil que tan populares son este mundo adicto a la inmediatez y asustado del pensamiento reflexivo.

Para este propósito, vamos a tomar un enfoque poco ortodoxo sobre la problemática de la violencia. No vamos a recurrir a información sobre su prevalencia o ausencia, sino que vamos a proponer una forma de recibir dicha información (algo que es inevitable en el mundo interconectado de hoy) y adaptar nuestro comportamiento para alcanzar el objetivo que todos nosotros perseguimos: una sociedad en la que la no violencia real sea cada vez más prevalente. El primer paso consiste en reconocer que el término violencia, que se suele usar como un concepto unitario y bien definido, como yo mismo he hecho a lo largo de este artículo, engloba una enorme variedad de circunstancias que tienen una gravedad y efectos diferentes, además de unas connotaciones subjetivas que varían entre personas y grupos distintos. Esta dualidad entre criterios más o menos objetivos y connotaciones tremendamente subjetivas es una de las principales razones por las cuales la gente entra en conflicto cuando se debate sobre la violencia en general.

Por ejemplo, para un hombre la cifra de 47 mujeres asesinadas por sus parejas y exparejas en 2018 puede tener una connotación mucho menos visceral que para una mujer, no solo porque ella se siente más identificada con las víctimas sino porque percibe, desde una posición distinta a la de los hombres, ciertos comportamientos prevalentes que pueden culminar en la lacra de la violencia de género. Sin embargo, este ejemplo no tiene porque aplicarse siempre. Una persona que tenga un ser querido que haya sido víctima de la violencia sexual, daño auto infligido, violencia homofoba o violencia racista tiene más posibilidades de sentir rechazo ante esa forma particular de violencia, independientemente de su género, orientación sexual o etnia, y las experiencias que haya vivido o escuchado le llevarán a desarrollar una sensibilidad distinta frente a las diferentes formas de violencia. Así mismo, la violencia puede adoptar diferentes formas en la misma estructura: en algunas familias los padres maltratan a sus hijos mientras que en otras los hijos maltratan a sus padres, por no mencionar que, a pesar de que los hombres tienen el triste título de ser los que más abusos causan en las relaciones de pareja, esto no significa de ninguna manera que las mujeres o personas de otro género no puedan abusar igualmente de su compañero u compañera. 

En el debate sobre si mantener o derogar la actual ley de violencia de género, los partidarios de la derogación sostienen que, puesto que “la violencia es violencia” y por tanto todas formas de violencia son igualmente inaceptables, el conceder un estatus más relevante a la violencia contra las mujer es una práctica injusta, además de que su protección puede garantizarse igualmente a través de la ley contra la violencia doméstica. Por otro lado, los partidarios de mantenerla aseguran que sigue siendo necesaria debido a que la percepción social sobre el papel que ocupa la mujer aún no ha cambiado lo suficiente, lo que significa que sigue siendo especialmente vulnerable y esta ley de violencia de género es necesaria. En ambos grupos hay hombres y mujeres con motivaciones e historias distintas que les han llevado a situarse a un lado del debate o del otro, pero creo que podemos concluir con razonable certeza que todos buscan la eliminación de la violencia, en este caso la violencia machista, de la mejor y más justa forma posible. Sin embargo, su sensibilidad diferente dificulta la creación de un consenso, lo que a su vez dificulta el construir una respuesta que acabe con esta lacra. Este motivo podría llevarnos a considerar la diversidad de sensibilidades como algo negativo. De hecho, mucha gente lo hace. No hay nada más que ver cómo habla un parroquiano de Vox sobre el movimiento feminista o cómo habla una persona homosexual sobre la campaña de "Hazte oír". Los méritos de cada propuesta deben juzgarse aparte, y no es mi intención hacerlo en este artículo. Podría haber ejemplificado este argumento con el conflicto israelí-palestino o la criminalidad con tintes raciales en Estados Unidos, pero la conclusión es la misma: El hecho de tener sensibilidades diferentes es un hecho prácticamente inevitable que condiciona nuestra perspectiva y determina sobre qué discutimos, como discutimos y por qué. Determina las soluciones que consideramos legítimas y los daños colaterales que consideramos aceptables para alcanzar nuestro objetivo, o al menos acercarnos a él lo más posible. La mejor solución posible, es decir, la más duradera, la que alcance a más personas y la que proporcione los resultados más justos, debe pasar por encontrar lazos comunes que solventen esta separación y hagan que dicha solución sea compartida por la mayor cantidad posible de personas.

¿Qué puedes hacer tú, lector, lectora, individuo con tus circunstancias únicas y limitadas, para hacer un cambio real en esta dinámica de violencia? Ojalá tuviera yo la respuesta a esa pregunta. La violencia es provocada por decenas de factores sociales, culturales y personales, implícitos y explícitos, mezclándose entre sí en diferente medida. Personalmente, no creo que pueda alcanzarse una “teoría del todo” que nos permita predecir y prevenir situaciones violentas en todas las circunstancias posibles. Sin embargo, mi opinión es que esto no debería ser un impedimento para avanzar hacia un mundo menos violento y, en definitiva, más feliz. No podemos alterar las raíces del problema por nosotros mismos, pero es posible adquirir un nuevo enfoque que nos ayude a encontrar una vía que supere el bloqueo al que, tarde o temprano, tiende a llegar esta discusión: el conflicto entre personas con opiniones y sensibilidades diferentes.

Creo que no sería desacertado decir que la violencia, y más en concreto, como erradicarla, es un tema de enorme relevancia para la mayoría de los habitantes del mundo, y los seres humanos tendemos a enzarzarnos en peleas por aquello que nos importa. Esto es comprensible, teniendo en cuenta lo complejo y emocionalmente intenso que puede ser este tema para diversas personas por motivos distintos. Llegados a este punto, creo que es necesario distinguir entre el concepto de violencia y confrontación. La violencia es aquello que causa daño físico o mental a otros seres vivos, que tiene causas diversas y debe ser solucionada por un esfuerzo conjunto entre legisladores, grupos de la sociedad civil, psicólogos, trabajadores sociales, agentes del orden, individuos y familias. La confrontación, por otra parte, es aquello que creamos cuando discutimos sobre cómo deberíamos enfocar los problemas de la sociedad, no solo la violencia sino las pensiones, la sanidad o nuestra identidad como nación.

Como su nombre indica, una confrontación consiste en el choque frontal entre dos bandos. Esto puede llevar a dos resultados: o bien un bando se impone sobre el otro o bien ninguno lo hace y ambos se retiran lamiéndose sus heridas, retrayéndose en sí mismos. Una confrontación no fomenta el diálogo y el cambio de opinión informada, sino la intransigencia, la polarización y una vinculación más incondicional con nuestros propios ideales. No solo eso, sino que gracias a nuestro derecho a pensar con libertad es casi imposible que un bando gane de forma contundente y definitiva el choque de ideas. Incluso aquellas tendencias que parecían reprobadas, como el socialismo después de la caída de la URSS o los movimientos etnocentristas en Europa, pueden y de hecho suelen resurgir. La confrontación, por tanto, es una fuente inagotable de conflicto y por tanto posible violencia, especialmente de violencia verbal, pero en algunos ambientes especialmente inflamados también de violencia física. Sin embargo, el principal peligro que representa este choque desde mi punto de vista no es su capacidad de generar o alimentar violencia real, sino el hecho de que envenena el dialogo y estrangula la diversidad de pensamiento, tanto en el debate público como dentro de los diferentes grupos. Esto solo puede llevar a una pobreza intelectual que, lejos de ser sólo motivo de lamento para filósofos y pensadores, tiene consecuencias muy reales para nuestra sociedad, ya se traduce en potencial y tiempo perdido.


Este artículo per se no cambiará nada. Una vez lo hayas leído, estimada lectora y lector, la violencia seguirá existiendo, ya que este artículo ni yo como individuo tenemos las herramientas para solucionar las causas que la provocan. Sin embargo, mi esperanza es que te lleve a empezar una reflexión que te haga replantearte tu forma de discutir sobre tus ideas, sobre aquellos temas que son relevantes y por tanto merecen ser discutidos. Cada vez es más necesario que encontremos instrumentos alternativos al de la confrontación, que fomenten un intercambio de ideas en vez de un choque. Debemos aprender a analizarnos interiormente, comprender de donde vienen nuestras emociones y por qué ciertas realidades nos hacen sentir de cierta manera para así entender los motivos que nos conducen a la confrontación con otros, y hasta que punto nuestro vínculo emocional con nuestras ideas puede cegarnos frente a sus carencias. La violencia, como se dijo al principio de este artículo, es una realidad rica y compleja, una realidad que causa sufrimiento y que todos estamos de acuerdo en que debe ser eliminada. Precisamente porque es compleja, la intransigencia fomentada por la confrontación hace que alcanzar soluciones completas y duraderas que no dejen a nadie atrás sea cada vez más complicado. Por muy sinceramente que creamos tener la razón en un tema, debemos reconocer los argumentos válidos de aquellas personas o grupos con los que estamos en desacuerdo, o como mínimo, no atacarles o despreciarles basándonos en prejuicios. Si no podemos hacer esto, es probable que los pesimistas que creen que la violencia nunca desaparecerá del mundo acaben teniendo razón, al fin y al cabo. 


"La violencia no es una opinión"
Hamburgo, Julio 2017. Imagen tomada durante las protestas
en la ciudad contra la celebración cumbre del G20
Kai Pfaffenbach (Reuters), cortesía de EL PAIS

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