No disparen al payaso

Hace un tiempo, quedé para tomar algo con mi buen amigo Aitor. Él es vasco, nacido y criado en Errentería hasta que se fue a la universidad, por lo que ha vivido con la presencia constante del entorno de ETA, pues su pueblo ha sido localidad abertzale durante muchos años (de hecho actualmente el alcalde es de EH-Bildu),  ha tenido presencia de la kale borroka durante varios años y en los años 80 la banda terrorista asesinó a tres agentes en sus alrededores. Es decir, Aitor sabe de sobra lo que es vivir en un ambiente así.

Durante nuestra conversación, yo exageré diciendo que a veces hay alumnos a los que, de tanto estar dados la vuelta en clase, les ves más la nuca que la cara, y que alguna vez se lo había dicho a alguno para llamarle la atención. A continuación, Aitor bromeó, con cariño, sobre lo brutos que eran algunos en su pueblo y afirmó que si lo llego a decir en Errentería quizás más de uno no sabría ni qué era la nuca... Tras un breve silencio, ambos coincidimos entre risas: "Bueno, justo la nuca sí sabrían dónde está...".

Por unos momentos pensé, "¡qué burrada acabamos de soltar!". Pero ni Aitor ni yo nos sentimos mal entonces, pues la conversación era entre él y yo. Y tampoco nos sentimos ofendidos. El humor negro es algo tremendamente arraigado en el genoma español y no creo que podamos, ni debamos, hacer un esfuerzo por cambiarlo. Hace no mucho, la actriz y humorista Silvia Abril comentaba en una entrevista esto mismo y ponía como ejemplo que, horas después del accidente de Diana de Gales (en agosto de 1997 el coche en el que viajaba se estrelló contra un pilar de un túnel), ya corrían de boca en boca toda clase de chistes sobre aquello: que si el salpicadero tenía un decorado estampado, que si tuviera una hija la habría llamado Pilar, que si se le apagaron las luces...

Hay quien defiende que es la cercanía al asunto del chiste lo que te permite reírte o no; lo que hará que te rías o te enojes. Pero no queda claro. A todos nos impresionó mucho el atentado sobre las Torres Gemelas de Nueva York pero eso no impidió que en España circularan muchos chistes negros. Ahí la lejanía nos amparaba, podríamos pensar. Pero hay quienes ante desgracias cercanas, incluso personales, recurren al humor precisamente para liberar tensión, relativizar, por mucho que internamente estén llevando su duelo. El humor, negro o de otro tono, es una herramienta de desahogo.

Comento todo esto a raíz de la cantidad de polémicas que han surgido en el último año en torno al humor. Vaya por delante mi opinión: se puede hacer humor de todo. Absolutamente. Todo es criticable, ridiculizable, risible. Ahora bien, eso no quiere decir que no tenga consecuencias. Y no quiero decir legales. Tú puedes hacer una gracia de lo que quieras, pero cargas con la responsabilidad de que no le guste a todo el mundo o incluso haya quien se sienta ofendido. Es parte del juego. Para agradar a todos está el humor blanco, pero este solo es una opción, no necesariamente la mejor ni por supuesto la única. También me queda claro que no entra en la definición de humor cualquier agresión física o simplemente el insulto por el insulto (estoy pensando en el famoso caranchoa o en el energúmeno que dio una galleta con pasta de dientes a un mendigo  para "hacer la gracia").

Dani Mateo hace humor sonándose la nariz con una bandera de España. Los editores de la revista Charlie Hebdó hacen humor caricaturizando a Mahoma en su portada. Los de la revista El Jueves, en España, hacen lo propio con los entonces príncipes de Asturias, hoy reyes de España. Rober Bodegas hace humor con un monólogo sobre los gitanos... Todos ellos están haciendo humor desde su punto de vista. Y todos ellos han ofendido a diferentes colectivos. La historia debería acabar aquí. No debería haber otro capítulo más. Sobran los jueces, las agresiones, las denuncias. "Es que me han ofendido". Estupendo, deja un comentario en la web del espectáculo, recomienda a la gente que no vaya a verlo, desahógate con tus amigos, contraataca con humor si puedes, pero ni se te ocurra tratar de que cierren la revista o encarcelen o multen al humorista. 

El humor es una señal, siempre, de libertad. Y a veces de inteligencia. Solo hay que ver cómo las publicaciones de cualquier dictadura le han buscado las cosquillas a la censura a través del humor

El alcance

En cualquier caso, el humor también va cambiando. Es fruto de las circunstancias. Así reconocía no hace mucho el humorista Josema Yuste, mitad de Martes y Trece, que hoy en día ni se les ocurriría hacer el chiste de "mi marido me pega". La principal circunstancia que afecta hoy al humor es el alcance. Ahora que he hecho algo más pública la conversación entre mi amigo Aitor y yo, cualquiera puede echarme en cara la falta de sensibilidad ante un hecho tan grave como lo fueron los atentados de ETA. Y yo tendría que aceptarlo, pedir disculpas a quien se haya podido sentir ofendido, quizás incluso puedo haber provocado ya cierta pérdida de lectores para esta revista que me acoge. Pero de ninguna manera debería recibir en mi casa una notificación porque alguien me haya denunciado por ello.

Termino con otro ejemplo famoso sucedido hace más de tres años. El concejal de Ahora Madrid, Guillermo Zapata había publicado varios chistes de humor negro en su perfil de Twitter y mucha gente se lo estaba echando en cara. Él pidió disculpas, reconoció que quizás no era algo apropiado viniendo de un cargo público (he ahí la cuestión) y a los pocos días acabó por dimitir de su cargo. Aun así, Zapata fue denunciado por sus chistes (ni siquiera suyos, realmente). Uno de esos chistes era sobre Irene Villa (víctima superviviente de ETA), quien al ser citada a declarar, dijo: "Los chistes, francamente, son sólo eso, chistes con los que uno se puede reír o no". También publicó en su Twitter: "Ningún problema. Mi chiste favorito es el que me define como la mujer explosiva". El juez (gracias) archivó el caso, Zapata dejó de ser concejal y a Irene Villa se le volvieron en contra muchos de los supuestos apoyos que tenía hasta entonces por ser capaz de reírse de su desgracia. Y eso sí que es para llorar.

Photo by Daniel Clay on Unsplash


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