El hombre que estaba allí

Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897) fue el gran olvidado del periodismo español del siglo XX. No fue hasta hace unos pocos años, con la necesaria reedición de sus obras, cuando se puso de moda. Hasta entonces había sido un completo desconocido. Sus crónicas, reportajes y biografías no se compraban; porque no se conocían no se leían. Un claro ejemplo de ello nos lo dio nuestro expresidente del Gobierno. Hace ya unos años, le preguntaron a Mariano Rajoy por los regalos que le habían hecho en su cumpleaños. Respondió que fueron dos libros: una biografía de Adolfo Suárez “y un libro de un escritor que se llama Manuel Chaves”. “Supongo que será Manuel Chaves el bueno”, añadió con sorna.

El libro en cuestión era La agonía de Francia, un importante ensayo que el periodista escribió en París -tras huir de España en plena guerra civil-, y en el que trata la caída de Francia en manos del nazismo. No pudo ser recuperado hasta pasados setenta años, algo que también ocurrió con otro de sus importantes libros -que en el fondo es una colección de los 16 reportajes que escribió sobre la batalla de Madrid para una revista mexicana: Los secretos de la defensa de Madrid.


Pero todo esto lo escribirá más tarde, diez años antes la vida era mucho más fácil. Chaves Nogales, como suele suceder en el mundo del periodismo, comenzó trabajando en periódicos locales, humildes. No duró mucho: en 1924 le contrataron en el Heraldo de Madrid, donde llegó a ser redactor jefe, y unos años más tarde le encargaron uno de sus reportajes más destacados: la vuelta a Europa en avión. El periodista no lo dudó ni un segundo: unos días más tarde despegaba desde Getafe en un avión de la Deutsche Luft-Hansa. “La Prensa debe aprovechar cuantas facilidades informativas le proporcionan los adelantos modernos. El periódico actual no puede tener la fisonomía sedentaria de las hojas que leían nuestros padres”, se podía leer en la portada del Heraldo, anunciando los 10.000 kilómetros de viaje de Chaves Nogales por Europa. Volando sobre Barcelona, Francia, Suiza o Alemania, terminó llegando a Rusia, donde pudo conocer -igual aún sin cierta perspectiva- los primeros efectos de la revolución sobre la población civil. Era 1928.

Pasaron los años y llegó la década de los 30, tan terrible para nuestra historia de España. Para Chaves Nogales fue, en cambio, la época de mayor desarrollo y producción literaria. En 1930 le vuelven a encargar numerosos reportajes sobre la Unión Soviética, de los que salen dos libros: Lo que ha quedado del imperio de los zares (1931) y la novela El maestro Juan Martínez, que estaba allí (1934). En 1935 publicó una de sus dos obras más importantes, un libro por el que será recordado y que es la mejor biografía escrita en castellano: Juan Belmonte, matador de toros. Un texto novelado, que relata las hazañas de uno de los toreros más míticos de la historia, nacido de una larga entrevista, y que es clara precursora del género que, más tarde, Truman Capote instaurará: la non-fiction novel. Un género que volvió a ponerse de moda hace unos años con los libros de Emmanuel Carrère, pero que en España ya lo conocíamos, sin saberlo, gracias a Chaves Nogales.

La guerra civil fue el mayor punto de inflexión en su vida, lo cambió absolutamente todo. Un periodista tiene la ventaja y el inconveniente de vivirlo todo con el doble de intensidad: tiene que desplazarse al lugar de la noticia, establecer relaciones y entrevistar a los protagonistas, vivirlo en primera persona. Ello genera un poso interior, un ánimo que luego tiene que trasladar al folio. Las primeras crónicas que escribirá del que será el peor conflicto civil de nuestra historia vienen de un episodio muy concreto: la revolución de Asturias de 1934. Allí se desplaza, siendo director del diario, al mismo tiempo que otro de los grandes del periodismo español, Josep Pla, y vive cómo se suceden los levantamientos y la posterior represión. Habla con la gente del lugar, con los mineros, con madres que han perdido a sus hijos. Lo ve y escribe, siempre con ese empeño sincero de querer contar fielmente lo que sucedía en nuestro país.

Llegó la guerra y con ella el texto más brillante de nuestro periodista. En 1937, un año después del golpe de Estado, publicaba A sangre y fuego, un libro compuesto de nueve relatos sobre la Guerra Civil Española, y que sirve para comprender las brutales consecuencias que se derivaron del conflicto civil. Es ya un lugar común, y más en los tiempos que corren, recomendar leer el prólogo. Un texto-manifiesto, que bien podría ser colocado en todas las aulas de nuestro país, y que representa a la perfección los anhelos de la España ponderada, cívica; siempre deshecha y superada:

“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio —como dicen los marxistas—, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. (…) Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.”
Cualquiera que haya leído a Chaves Nogales sabe de la fidelidad que éste profesaba a los valores e ideales republicanos. Así lo demostró poniéndose al servicio de la República nada más estallar la guerra. No obstante, pasado un año y consciente de que nada podía hacer, abandonó. Se fue al exilio, marchándose al mismo tiempo que el Gobierno salía de Madrid.

Llegó a París, donde colaboró con diversos diarios, escribiendo contra la ola fascista que asolaba el viejo continente. En contextos de radicalismos y fanatismos resulta extraño encontrarse con intelectuales agnósticos, que saben de las consecuencias de profesar cualquier tipo de religión política -porque las han vivido en primera persona- y que lo denuncian, con ánimo instructivo, pero inquieto: Orwell y Zweig fueron algunos, nosotros tuvimos a Chaves Nogales.

Después de París tuvo que huir a Londres: la Gestapo lo había incluido en sus listas. Allí siguió escribiendo, incansable, hasta que se lo llevó un cáncer. Está enterrado en una tumba en Londres. Una tumba sin lápida, sin nada que, aunque sea mínimamente, lo diferencie de otro cualquiera.

Hace ya unos años, dos jóvenes, a través de un sistema de financiación por Internet, consiguieron estrenar un documental -y ganar algunos premios- sobre la figura del periodista andaluz. Lo titularon, maravillosamente, El hombre que estaba allí. Y es que eso fue esencialmente Manuel Chaves Nogales: un hombre que simplemente estuvo allí, donde la noticia; un hombre que vivió aquello intensamente y que lo contó escribiendo.

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