Por Javier Díez.
Siempre se ha dicho que Estados Unidos es un crisol de
naciones, mientras que Europa es como un mosaico de culturas. Esta metáfora no es un mero
capricho, y comprender su origen, así como sus implicaciones y su evolución
actual, nos puede proporcionar una perspectiva que no se aprecia en la interminable sucesión de noticias del día a día.
Fabricantes de acero (Lel Kuzminkov y Valentyn Konstantinov)
Fotografía: Yevgen Nikiforov (Kiev)
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Un mosaico, en cambio, es una compleja obra artística en
la que miles de pequeñas piezas coloreadas llamadas teselas, que pueden ser
piedrecitas, trozos de arcilla o vidrio, son dispuestas sobre yeso para formar
una imagen armónica. No se sabe cuando nació exactamente esta técnica, pero se
sabe que en el siglo VI a.c. los griegos ya la utilizaban profusamente. El mosaico sería adoptado por Roma, que lo llevaría a todos los rincones de Europa y en
última instancia lo dejaría en manos del Imperio Romano de Oriente, que
llevaría esta técnica a su máximo esplendor. Vemos, por tanto, que la historia
de los mosaicos se ha desarrollado a lo largo de cientos de años y denota
cierta sensibilidad y una atención exquisita a los detalles, así como una cierta opulencia que posibilita que artesanos talentosos pudieran dedicarse a
realizar el satisfactorio, pero poco pragmático trabajo de los mosaicos. Y este
último punto, si bien a priori uno de los menos evidentes, considero que es
clave. El homo sapiens tuvo milenios
para penetrar en el continente europeo y consolidar sus estructuras sociales de
una forma lenta y orgánica. La identidad étnica del continente se construyó lentamente,
a lo largo de siglos de conquista, comercio y migración entre las diferentes
comunidades que aprendieron, en su mayor parte, a convivir dentro de la
inestabilidad y la dureza de los tiempos y posicionarse en una unidad diversa,
rica y relativamente armoniosa. Un mosaico.
Sin embargo, el límite entre estos dos modelos está
empezando a difuminarse. Ciertas corrientes en Europa sugieren que el continente ha perdido su capacidad de acoger
realidades diversas, mientras que Estados Unidos está empezando a tomar noa que las diferencias de sus miembros, por un motivo u otro, ya no pueden ser simplemente fundidas en el todo e ignoradas. Podríamos decir que
Occidente, representado por estas dos regiones, está entrando en un proceso de
convergencia por el cual ambas culturas, la de el crisol y el mosaico, están
pasando a adquirir características de la otra.
Estados Unidos está en un proceso
de reconstrucción que desafía su identidad anglosajona tradicional. Un siglo
después del boom hacia el oeste y los felices años veinte, el fuego de la
expansión económica que fundía e integraba las identidades de los recién
llegados en el crisol de la nación norteamericana, si es que alguna vez lo
hizo, parece haber perdido mucha de su energía. Estados Unidos lleva décadas
tratando de asumir su identidad polifacética en términos raciales y culturales,
y a pesar de los avances aún queda mucho trabajo por hacer. Mientras la nación
busque una nueva forma de estructurar su identidad, una nueva armonía, será
inestable, y por tanto vulnerable. No hay mejor ejemplo que el 45º presidente
de los Estados Unidos, Donald Trump, cuyo ascenso se debe en parte a las
convulsiones que sufre el país en este periodo de transición social, económica
y cultural. El comportamiento errático y caprichoso de Donald Trump ha erosionado la posición de su país en la comunidad internacional, y sus
políticas medioambientales suponen un lamentable retroceso respecto a los
compromisos adquiridos por su predecesor, el presidente Obama. Sin embargo, el
daño no es irreparable. Los Estados Unidos deberían observar las factorías
abandonadas que manchan su territorio y tomar nota de lo que ocurre cuando se
intenta responder a los problemas actuales aferrados a sistemas del pasado.
Europa, por otro lado, está sufriendo una dinámica
distinta. Durante las últimas décadas, la Unión Europea ha pasado por un
proceso de homogeneización monetaria y normativa sin precedentes en el mundo,
que ha traído cosas tan beneficiosas como el mercado único y el espacio
Schenguen. Sin embargo, estas instituciones han fallado a la hora de crear una
identidad común sólida. Por un lado, no era realmente su tarea, y por otro, se asumió que ocurriría solo. Diez años después de la crisis económica de 2008, populistas de todos los colores a lo largo del continente europeo parecen haber adoptados principios que
recuerdan a los del crisol norteamericano. Dicen que no se oponen a la
inmigración ni a personas de otras razas, sino que se oponen a que los
inmigrantes desvirtúen la identidad de su país y reciban trato ventajoso por
parte del gobierno. En una palabra, quieren que los recién llegados se fundan y
se integren en la sociedad anfitriona y no reciban un trato de favor respecto a
nativos del país. Sobre el papel, esto crea una sociedad completamente justa en
la que las facultades de cada individuo brillan independientemente de su procedencia.
Esta narrativa tiene un atractivo innegable… Si uno es capaz de ignorar sus
contradicciones. Sus defensores no solo sostienen que los inmigrantes no deben
recibir un trato diferente, sino que los puestos de trabajo y la tradición de
los nativos deben ser protegidos frente a la mezcla inevitable que viene de la
mano de la inmigración. Ellos no proponen un crisol en el que las influencias se
mezclen por igual, proponen un mosaico de una sola tesela que expulse a las
demás de la imagen.
La inmigración y la identidad son uno de los temas más candentes del debate actual, y este es solamente un modelo para comprenderlas. En mi opinión, solo podemos estar seguros de una cosa: El paradigma esta cambiando. Los avances tecnológicos hacen que criterios físicos como las fronteras sean cada vez más irrelevantes, los cambios demográficos se harán sentir en unas pocas décadas y los efectos del cambio climático se incrementarán exponencialmente. Estos modelos del pasado funcionaban porque eran útiles y eran posibles, pero no tienen porque serlo en el sistema actual. No debemos lamentarnos por su pérdida, sino tener la valentía de salvar aquello que consideremos bueno y útil y adoptar aquellas cosas nuevas que funcionan y son justas. No es una garantía de éxito, pero puede ser mejor que mirar hacia atrás un día y darnos cuenta que hemos acabado en un sitio donde no queremos estar.