Cuba: crónica de una constante esperanza

Por Íñigo Madrid

Plaza Central de La Habana y el Monumento a José Martí, héroe nacional.


En Las verdes colinas de África, Ernest Hemingway se refiere a Cuba como esa «isla larga, hermosa y desdichada». Quizá sea imposible sintetizar, de forma tan atinada, en tres precisos adjetivos, lo que ha sido, es y será la nación cubana.

El occidental mantiene con Cuba una actitud cercana a la del mitómano. Se observa a la isla caribeña con una mezcla de recelo, simpatía y enorme curiosidad. La conoce y al mismo tiempo la desconoce. Ha oído hablar de ella, pero la ve muy lejos, y muy cerrada. El triunfo de la Revolución acrecentó esta inquietud, que ya venía de lejos.

La llegada a La Habana genera deslumbramiento. Éste, el occidental, queda invadido por la perplejidad. Sale andando del pequeño aeropuerto y le rodea un calor que ya no lo abandonará hasta que se vuelva a subir al avión; un calor continuo, pegajoso, agobiante. Se sube a un autobús –sospechando que es el mejor vehículo a motor que hay a kilómetros– y observa por la ventana. Carreteras anchas, sorprendentemente vacías, le llevan al hotel. Mientras, como hemos dicho, mira por la ventana. Es ya tarde, aunque todavía no se ha metido el sol. Los barrios están llenos de gente, trabajando, descansando; ve edificios derruidos, otros que se mantienen en pie; ve el mar, el malecón; se fija en los niños, alegres, jugando en la calle, sin móvil. Es en este efímero trayecto cuando descubre que, al contrario de lo que suele ocurrir, las expectativas quedan muy por debajo de la realidad.

La Habana es una ciudad horizontal, calmada, preciosa. El primer día que la paseas te genera una gradual estupefacción. Tiene múltiples lugares emblemáticos y reconocibles, y que, claro, se encuentran cuasi vírgenes: acostumbrado a los turistas, no los hay, lo que produce ese reconocible encanto de estar como descubriendo una ciudad.

En La Habana vieja es posible descubrir cómo era la vieja ciudad colonial: edificios que parecen sacados del sur de Andalucía, pequeñas y verdes plazas y monumentos que las gobiernan. Todo lo que hay que ver está ahí: las cuatro plazas, la Catedral, la calle Obispo, la Bodeguita del Medio, el Capitolio, la Floridita, el Museo de Bellas Artes, el Museo de la Revolución. Éste último mantiene intactos, de forma casi religiosa, todo lo que queda de aquellos años –¡el yate Granma está sellado en una cámara y vigilado por el ejército! Queda cerca, asímismo, el malecón, la «frontera de Cuba», en el que a eso de las siete de la tarde, mientras se pone el sol, suena música y se baila. Es el lugar de desahogo de una ciudad que vive el momento.

La vida social en Cuba gira alrededor del triunfo de la Revolución. El tiempo comienza a contar desde el 1 de enero de 1959, cuando las tropas revolucionarias entraron en La Habana. Todo, absolutamente todo, mantiene una estrecha y permanente relación con el acontecimiento. En los edificios, en las plazas, en las conversaciones, en los restaurantes. Es una totalidad, que cuando crees que la has dejado atrás, en los momentos más inesperados, vuelve a aparecer. Es como si no existiese otra cosa.

Se suele decir que en la sociedad cubana hay tres generaciones realmente diferenciadas, tres Cubas. La primera, una generación comprometida, que vivió la lucha revolucionaria, o que incluso participó; ésta es complicado encontrarla, al ser personas de avanzada edad. La segunda la forman personas que han nacido, y vivido, durante el período castrista; es una generación dividida: algunos mantienen una actitud pasiva hacia aquello, y otros muestran, vivamente, su compromiso. Éstos últimos son los más visibles –un claro ejemplo es el nuevo Presidente, Miguel Díaz-Canel. Finalmente, existe una generación más joven, que han adquirido –ya sea por un progresivo, aunque muy lento, desarrollo tecnológico; ya sea por hastío o por un simple viaje– una cierta conciencia de la situación, y que, al contrario que buena parte de sus mayores, mantiene una activa y optimista esperanza. Éstos serán protagonistas en un futuro no tan lejano, si no lo son ya.

El Estado da empleo a casi el 80% de la población, siendo el sueldo medio una cifra cercana a los 25 euros. El propio Raúl Castro reconoció, en 2014, que «el salario no satisface todas las necesidades del trabajador y su familia». Quien no tiene un familiar en el extranjero se tiene que buscar la vida. El turismo, además, se ha convertido en la fuente principal de ingresos, hecho que no dudan en recordar al visitante.

La mayor parte de los medios de producción son propiedad del Estado, no obstante, desde la caída de la Unión Soviética, se han realizado reformas orientadas a una progresiva liberalización. Aún así se mantiene un férreo control sobre la iniciativa privada a través de los impuestos y la regulación. Como dicen, el socialismo es “irrevocable” en la isla.

Éste es quizá otro de los puntos que más sorprenden al ingenuo occidental. Ese insoportable control te deja, en ocasiones, descolocado. La planificación económica se encuentra enormemente arraigada en la sociedad cubana. Se muestran, y esto sí es hegemónico, orgullosos de la gratuidad de la sanidad, de la universidad. Es una referencia continuada y repetida. Esta protección social, de mínimos, también la vemos en la cartilla de racionamiento –la «libreta»– que reciben todos los ciudadanos desde 1963: tres kilos de arroz, media botella de aceite, pan para preparar un sándwich al día y pocas cantidades de huevos, alubias, pollo, pasta y azúcar. Cuba es, además, un país sin internet, casi offline. Esto es quizá lo que más sorpresa produce cuando llegas: el tener que comprar tarjetas estatales en los pocos locales que hay repartidos por Cuba. Conectarse a Internet es un privilegio para la gran  mayoría de la población.

El embargo estadounidensebloqueo imperialista, se suele oír ahí–  a Cuba se nota a cada paso que se da. Son quizá los coches el ejemplo más significativo: la gran mayoría de los automóviles datan de los años cincuenta. También se observa en un enorme desabastecimiento. El turista lo calibra cuando, inocente, pide una Coca-Cola.
El bloqueo, por cierto, es condenado por la ONU anualmente, mientras que, inútil e inexplicablemente, sigue vigente. La alusión a los yanquis es un lugar común en la sociedad cubana. La llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, después del acercamiento de Obama, está generando un gran consenso a todos los niveles de la sociedad de la isla: el rechazo al país vecino, si en algún momento estuvo a punto de calmarse, se ha vuelto a reactivar.

Propaganda de la Revolución en la ciudad de Matanzas.

Si la capital produce sorpresa, desplazarse por las carreteras y descubrir el resto del país aún más. Es un territorio verde, despoblado. Las ciudades, pequeñas y atrasadas. En Matanzas, una población a unos 100 kilómetros de La Habana, es posible medir el grado de pobreza en el que se encuentra la gran parte de la población. Calles largas con edificios caídos ocupan toda la visión. Pero siempre, siempre, la gente en las calles.

La población cubana, y aquí hay que generalizar, es una población feliz. Asombra la capacidad con que se acercan al desconocido, con que te preguntan, con la forma en que aprovechan cada minuto. Se sienten orgullosos de su país y así te lo muestran –existe un enorme sentimiento nacionalista en la isla.

Mientras te mueves por la isla es posible observar la propaganda del régimen: carteles, edificios, vallas. Es posible que la leyenda revolucionaria no se consiga eliminar nunca, que ya se encuentre fijada en el tuétano de una sociedad que comenzó, ya hace unos años, a subsanarse. La reforma y el cambio solo pueden llegar desde dentro: la próxima reforma constitucional, no siendo tan profunda como debería, es el camino. Una vía que debiera recorrer una nación en la que, de manera sutil pero firme, comienza a asentarse un ánimo esperanzador; una nación que habiendo descubierto una cara de la historia, debe, ella sola, encontrar otra.

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