¿Por qué?

Por Ethel Sainz

Amigos míos, lectores, lo diré fácil y nítido: ¡Preguntáos cosas!

Hasta me he atrevido a colocarlo entre signos de exclamación, para destacar su importancia (una locura cosmopolita, lo sé). 

Y no lo digo apelando a la famosa frase "El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas" (Bertrand Russel); de la cual no dudo su certeza, pero no quiero centrarme en el eterno debate que corresponde a la inteligencia y la ignorancia. En cambio, quiero llevar este tema a otro camino: la niñez.

Nacemos siendo un papel en blanco, una tabula rasa, ¡estamos en un mundo del que no sabemos nada y queremos conocer más cosas! ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué la tierra gira? ¿Por qué papá tiene que ir a un trabajo donde no se divierte? Y nos responden, y seguimos preguntando, porque las respuestas generan más dudas, y entonces comienzan las respuestas vagas "Porque sí" "Porque no" "Porque la vida es así" "Porque así es cómo funciona todo" Y ahogan nuestras ganas de conocimiento.



Amigos, sed como niños: preguntáos siempre el por qué de las cosas, vivid con intriga, con curiosidad. No aceptéis un "porque sí" como respuesta, no todo es siempre tan fácil. Y si os dan una respuesta más desarrollada, tampoco la aceptéis: informáos; muchas veces las respuestas están envenenadas por ideologías que alejan de la objetividad de los hechos. 

Preguntarse el por qué de las cosas es un hábito, para muchas personas, en desuso, cayendo, ellas, en el conformismo, en la fácil manipulación, y, lo peor de todo, contagiando a los más vulnerables: los niños. En ese estado de eterno sonambulismo, andando dormido en un mundo que tantos enigmas esconde, acabamos convirtiendo a los niños en zombies que, en vez de preguntar, deciden mantener la boca cerrada y asentir ante todo. Nacen con ganas de conocer el mundo, y lo único que aprenden es que, si preguntas repetidamente, la paciencia del receptor se agota, y eres un pesado. Hoy en día parece que hay una ausencia de teleologismo, pero en los ojos de los niños las cosas se ven de manera diferente: todo tiene que tener un sentido, y o lo buscas, o te lo creas. ¿La curiosidad mató al gato? No lo sé, pero definitivamente a la Musa Curiosidad la mataron todos aquellos que, ante una pregunta, bucearon para huir de la respuesta.

Amigos, sed como los niños: tened sed.

(PDT: Si después de leer el artículo vuestra reacción ha sido "¿por qué tengo que hacerte caso?" He cumplido).

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