No llores, nenaza

Por Amalia Cid Blasco.

Sé un hombre. Deja de llorar. Los niños no lloran. Estaba tan enfadado con la vida que pegué un puñetazo a la puerta. Ni una sola lágrima perforó mi rostro. Ya no recuerdo cómo eran, su dolor, qué me hacían sentir. Quería llorar. Había olvidado la ceguera que producían en mí. Había postergado lo difícil que era parar, respirar.

Me preguntaba con frecuencia por qué había dejado de hacerlo. De pequeño era algo automático. Sentía que la sociedad lo juzgaba o prohibía inconscientemente. Los hombres no lloraban. En ocasiones pensé que podría hacerme vulnerable. Otras, que no tener miedo a dejar el alma desnuda era pura valentía. Rebelión. Osadía. Desafío a lo impuesto. Crecía y crecía ese sentimiento dentro de mí. Quería ser libre. Demostrar al mundo que los hombres también podíamos llorar. Y que no por ello era una niña; era humano.

Las emociones que había escondido durante más de una década salieron a la luz. Me hicieron más fuerte y estable. Comencé a poner en papel no lo que me gritaba la razón, sino lo que me susurraba mi interior. Escuché y soñé. Sentí y devoré. Abrí la caja de Pandora.

“Aquellas lágrimas no podían salir de mi cuerpo; salían de mi alma. El alma es un manantial que sólo se revela en lágrimas. Hasta que se llora de veras no se sabe si se tiene o no alma.” -Miguel de Unamuno.
Fotografía por Maud Fernhout.

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