¿Salud o gordofobia?


Llevo bastante tiempo queriendo reflexionar sobre el asunto que puede leer el curioso lector en el título de este artículo. Sin embargo, no he encontrado la forma ni el momento de hacerlo hasta ahora. Resulta que hace unos días vi que una periodista abrió un polémico debate desde sus historias de Instagram alrededor de la aparición de una modelo curvy en un anuncio de bikinis de una célebre marca de ropa deportiva. Ella explicaba, a sus miles de seguidores, que le parecía correcto que hubiera diversidad corporal, pero que se oponía frontalmente a que aparecieran en anuncios modelos “excesivamente corpulentas”. Su justificación era porque podía fomentar, de esta manera, hábitos poco saludables entre la sociedad al normalizar el sobrepeso o incluso, la obesidad. Al leer esto, decidí que en el próximo artículo divagaría un poquito sobre este tema. Y aquí nos encontramos, mi querido lector.

Lo primero que pensé, antes de darle la razón o arrebatársela a esta atrevida periodista, fue que no se puede negar lo innegable en cuanto a términos de salud. Es bien sabido por todos que la obesidad constituye un factor de riesgo para el desarrollo de ciertas enfermedades, y puede suponer un elemento agravante en otras. Creo que el debate en ese aspecto, que se encuentra apoyado por numerosos artículos de la bibliografía científica, no debería existir. Sin embargo también creo que como humanos que somos no solo podemos mirarnos como una cifra en una báscula, un perímetro abdominal o un “factor de riesgo cardiovascular”, así como la salud (en todo su conjunto) no solo se resume a esos asuntos.

Los factores que favorecen a que una persona tenga un cuerpo obeso son diversísimos: desde el tener algún trastorno metabólico que lo favorezca hasta el canalizar una emoción desagradable a través de la comida, o ajenos a motivos patológicos, simplemente no ejercitar el cuerpo sin existir necesariamente ninguna razón de por medio. El hacer sentir culpable a una persona por tener un cuerpo obeso a través de una opinión que manifiesta que un cuerpo obeso no debe representar a nadie porque es, simplemente, enfermo, es de una ignorancia y una falta de empatía sin precedentes. Considero que es una crueldad porque el cuerpo, a fin de cuentas, más allá de cómo nos relacionemos con él, somos nosotros. El cuerpo no se puede desvincular de nuestro “ser”, de nuestro “sentir” ni de nuestro “pensar”: puede ser nuestro templo, pero también una cárcel en la que nos refugiamos del mundo. Y si encima de no poder separarlo de lo que somos, llegan unos opinólogos a decir que no debería existir, ¿qué nos queda?

Si no hubiera aparecido esa modelo corpulenta en aquel anuncio, habría una serie de chicas que probablemente se sentirían fuera de lugar a la hora de elegir traje de baño para el verano, entre las que podría estar yo perfectamente, puesto que a este cuerpecito de escándalo le cuesta entrar en una talla 40 a día de hoy. Todo el mundo tiene derecho a vestirse dignamente y a encontrar ropa de su talla, independientemente de su “estado de salud”. Dando por hecho eso, no solo me pareció bien ver a esa modelo tan guapa luciendo ese bikini, sino que considero que deben existir modelos que representen a los cuerpos gordos, al igual que existen otras que representan a tallas con medidas menores.

Pero más allá del objeto de debate de si esos cuerpos grandes deberían tener o no representación en el mundo del modelaje, creo que existe una delgada línea entre la frontera de querer adelgazar en busca de una salud mejorada y rechazarte a ti mismo por el hecho de ser obeso. Creo que un cambio sustancial en nuestro país sería que los clásicos consejos médicos/ nutricionales tuvieran un propósito sólido e inamovible de querer conocer mejor lo que hay detrás del hábito alimentario de nuestro paciente en cuestión, o más allá de eso, de la relación que este tiene con la comida. Es algo que en consulta debido a la saturación asistencial de pacientes actual es difícil, pero por no soñar que no sea…

Lo ideal sería que no se centraran tanto en “tienes que perder peso”, “tienes que dejar de estar así”, o incluso en los típicos paternalismos de “hemos hablado muchas veces de que esto no lo puedes hacer así”. Tenemos que evitar con toda nuestra vida que las personas con las que tratamos sientan vergüenza por un cuerpo que no solo les lleva por la vida de un lado a otro, sino que no tienen otro. No podemos ser los jueces de una historia que quizás está llena de vergüenza y de odio hacia uno mismo, o quizás no, pero eso nunca podremos saberlo con la certeza suficiente como para hablar sin tapujos. Desde el personal sanitario no se puede pretender que una persona a la que le aterra ir al gimnasio precisamente por su peso, pierda ese miedo de la noche a la mañana y baje los kilos que esperamos para que se ciña al IMC correspondiente a su talla y a su sexo. Pero sobre todo no podemos pretender querer cambiarnos a nosotros mismos ni a nadie desde el odio, la vergüenza, o las ganas de ser otra persona mientras camuflamos todo eso del cínico deseo de “tener salud”.

Por último, me gustaría decir que qué importante es mirarse con buenos ojos. Qué importante es darle las gracias cada día al cuerpo que tenemos por llevarnos de un lado para otro, por permitirnos amar a través de él, por ser nuestro vehículo en esta vida. Porque el hecho de tener unos kilos de más o de menos no debería ser motivo suficiente para odiar a aquello que nos permite vivir. Podríamos caer en la tentación de pensar en que hay personas “que lo tienen más fácil”, cuyo atractivo es más aceptado socialmente, entran mejor en los cánones de belleza de nuestra sociedad… pero te sorprendería saber, mi querido lector, lo poco relacionada que está en el fondo la "perfección física" con el aprender a mirarse con amor. Más allá de eso, de las miradas de admiración o de asco que nos vienen desde fuera, cuando estamos solos delante del espejo en nuestra casa, nos merecemos mirarnos con el mismo amor y admiración con el que miramos a otros, aunque pueda resultarnos una tarea muy difícil, aunque suponga dejar atrás creencias falsas sobre lo que nos imaginamos ser.

Nos merecemos, de verdad, mirarnos con un amor que supere cualquier límite. Nos merecemos querernos por encima de nuestra salud, la forma de nuestras piernas, o el puente de nuestra nariz. Y solamente desde ese amor, o al menos desde ese deseo de aceptar lo que uno tiene, los cambios que queramos hacer en nosotros mismos merecerán la pena. En definitiva, los cambios que se hacen en pro de mejorar, pero siempre desde un amor de origen, son los que nos permiten avanzar en nuestro camino.

Nos merecemos vivir la vida a través de un cuerpo de 35 o de 120 kilos, porque para eso estamos aquí.


Por Clara Luján Gómez