Galatea: La mujer hecha para un hombre

Galatea, pintura de Jean-François Jalabert

Pigmalión era un escultor que soñaba con encontrar una mujer con la que compartir su vida. Pero, cuanto más la deseaba, más perfecta se hacía en su cabeza. Al no encontrar a nadie que cumpliese sus expectativas, decidió plasmar su ideal moldeando la escultura más bella hasta ahora conocida. La llamó Galatea y, sin poder evitarlo, se acabó enamorando de su creación. Pero no era más que piedra, y la tristeza llenó su alma, suplicando día y noche a Afrodita que hiciera real a su amada. La diosa, conmovida por su pena, decidió concederle el regalo de hacer cobrar vida a Galatea.

 

Esta es una historia griega conocida como el Mito de Pigmalión. Como todos los mitos clásicos, fue creado para explicar algo que escapaba de la comprensión de los humanos. Principalmente se centra en el deseo de moldear a las personas a nuestro gusto para así poder quererlas, porque un corazón que no es desafiado, no tiene posibilidades de fallar. Aunque sea una de esas partes que nos da miedo admitir, todos escondemos ese anhelo de alguna forma.



Sin embargo, la historia falla en explicar mucho más, pues termina en el momento que Galatea cobra vida. ¿Acaso no se convertía en una mujer real? ¿Dónde quedaban sus pensamientos, sus sentimientos? Pigmalión había soñado toda su vida con amar a alguien, pero ¿y ella?

Si pudiese escribir una continuación, creo que lo más acertado sería lo siguiente:

 

La escultura abrió los ojos para dar con una vida más fría que la piedra que antes había conocido. Nada más despertar, su existencia había sido establecida: tenía que amar a un hombre que no conocía y ahí terminaba todo. Cuanto más pasaba el tiempo, más infeliz era Galatea. Con el corazón en un puño, sentía sobre ella el peso de todo lo que debía ser; de todo lo que jamás podría ser.

 

Galatea es un nombre bajo el que podríamos recoger toda la existencia de la mujer, pues siempre se la ha concebido con el objetivo de ser aprobada por la mirada masculina. La representación de la mujer como un ser plenamente superficial abarca, desgraciadamente, demasiado de la historia humana. En todas las épocas ha existido un canon femenino que define cómo debe ser su actitud y su aspecto; por supuesto, marcado por los hombres. Mientras el ideal masculino del Renacimiento era un humanista conocedor de todas las artes, el de la mujer se basaba en cuánto le medía el cuello y cómo de sonrosadas tenía las mejillas. Todos creamos ideales de personas que nos gustaría conocer, pero el problema se encuentra cuando esa “mujer perfecta” se basa en alguien que esté dispuesta a anteponer los deseos del otro a los suyos propios.


 Lo cierto es que, echando un vistazo a la historia de la literatura, los hombres han pasado más tiempo intentando definir a las mujeres que parándose a escucharlas. Mirándolas como si de signos de interrogación se trataran, expectantes a ser respondidas. Uno de los que mejor consiguió representar a la mujer como un ser de otro planeta fue F. Scott Fitzgerald, escritor del aclamado El Gran Gatsby. En esta obra, el interés femenino principal se llama Daisy Buchanan, una chica que aparenta estar llena de vida, aunque la realidad es que se siente profundamente desgraciada… Si por desgraciada uno se refiere a no ser feliz con el hombre con el que te casaste por dinero y, más tarde, descubrir que tu nuevo interés amoroso no es rico. Fitzgerald utilizó la obra para criticar su situación con Zelda, la que sería su esposa, pues, debido a que pertenecía a la clase alta igual que Daisy, había tenido dificultades para casarse con ella. Desde su ego herido, creó una representación de Zelda que era superficial, vanidosa y egoísta.

 

Fotograma de la adaptación del Gran Gatsby de 2013

No importa que un personaje no sea aceptable éticamente mientras sea complejo. El problema lo encontramos cuando, al repasar a sus protagonistas femeninas, vemos que todas siguen el mismo patrón: amantes de la vida, rebeldes e increíblemente frívolas. Eran los años 20 y este ideal de mujer era conocido como flapper, pero Fitzgerald terminó de explotarlo por completo. Además, en sus obras nunca se habla de ninguno de los personajes femeninos más allá de lo que a la opinión de los hombres se refiere. De hecho, la primera descripción de Daisy es: “Había una emoción en su voz que los hombres que la amaban encontraban difícil de olvidar: un cantarín apremio, un “escúchame” susurrado, la promesa de que acababa de hacer cosas ricas y emocionantes, de que se avecinaban cosas excitantes a la hora siguiente."


Pero los tiempos cambian, las sociedades avanzan… entonces, ¿por qué, casi cien años más tarde, aparecen tantos personajes que bien podrían ser las nietas de las flapper de Fitzgerald? En 2005, Nathan Rabin creó el término Manic Pixie Dream Girl tras darse cuenta de que había un tipo de personaje femenino recurrente en las películas indie. Este nombre designa a una chica risueña que aparece por sorpresa en la vida del protagonista y acaba dándole un sentido a toda su existencia. En otras palabras, su única función en la historia es el desarrollo del personaje masculino. Como dice Lucía Vázquez Rodríguez en su estudio (500) días de postfeminismo: “Perpetúan el mito de las mujeres como musas y cuidadoras en lugar de seres independientes con una vida, sueños y ambiciones propias”.

 

Aunque hay muchos ejemplos que podríamos nombrarcomo Garden State (2004) o Scott Pilgrim contra el mundo (2010)el más famoso es el de (500) días juntos, dirigida por Marc Webb en 2009. Ya la frase que inicia la película es muy prometedora:


“Lo que vais a ver es una ficción. Cualquier parecido con personas vivas o muertas es pura coincidencia. Especialmente para ti Jenny Beckman. Zorra.”


Bien, ya sabemos que el único fin de la historia es quejarse de una relación que ha acabado mal. Igual que Fitzgerald, deja que un desamor determine su visión de todas las mujeres. El director nos presenta a Tom, un chico inseguro y perdido que ha pasado toda su vida buscando el amor verdadero, y a Summer, la que será la encarnación de la chica de sus sueños. Sabe que es “la elegida” cuando le dice que le gusta la misma banda que a él, una de los 80 que ya nadie escucha. Y, efectivamente, no llegamos a conocer nada sobre ella más allá de los gustos que comparte con el protagonista.


Fotograma de (500) días juntos (2009)


No obstante, se podría considerar esta película como un gran avance para abrir los ojos a lo que supone el estereotipo de la Manic Pixie Dream Girl. El punto de vista de Tom es tan egoísta que no consigue convencer al espectador. Si se tiene en cuenta que Summer deja claro desde el momento que se conocen que no le gustan las relaciones serias, además de considerarla como la persona independiente que es, su posición en la historia dista mucho del personaje cruel que Marc Webb nos quiere vender.

 

La raíz del problema la podemos encontrar en El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir: “Todo cuanto ha sido escrito por los hombres acerca de las mujeres debe considerarse sospechoso, pues ellos son juez y parte a la vez”, una cita de Poulain de la Barre. Al vivir en un mundo que desde el inicio ha dado prioridad a los hombres, la mujer ha quedado subordinada a su aprobación e, inevitablemente, esto influye en cómo se la representa en el arte y la literatura. Si el privilegiado escribe sobre el oprimido es muy probable que en su visión se encuentre ese sentimiento de superioridad. Pero la tradición no es excusa del atraso y, aunque cada día estos estereotipos se hacen más difusos, siguen estando presentes de una forma tan abundante que asusta.

 

La cultura popular tiene una gran influencia en nuestra propia mentalidad, y por eso es tan necesario ser conscientes del contenido que consumimos. Por supuesto, un libro como El Gran Gatsby o una película como (500) días juntos pueden ser disfrutados, pero se deben tener presentes los estereotipos que perpetúan, además del daño que hacen a una persona en pleno crecimiento. Una niña creerá que solo será importante si el príncipe azul le dice que la quiere. Un niño pensará que la solución a sus problemas se la tiene que dar una chica y, si no lo hace, siempre podrá hacer una película sobre lo malas que son las mujeres.

 

Es hora de dejar de crear personajes que se muevan bajo los estereotipos de lo que es considerado “masculino” o “femenino”. Estos términos se están haciendo más ambiguos conforme la sociedad avanza, ya que resulta estúpido querer englobar a la humanidad al completo bajo dos únicas etiquetas cuando cada individuo cuenta con una complejidad inmensa.

 

Así pues, dame a una Galatea sensible, pero inteligente. Que tenga sentimientos fuertes, igual que sus ideales. Que sepa dar su opinión. Que tenga ambiciones más allá de ser amada; pero que, si se enamora, eso no sea sinónimo de debilidad. Y lo más importante: que no se deje llevar por toda esta lista, que salga de lo marcado y descubra su propia forma de entender el mundo, sin depender de nadie más que de ella misma. Pues las mujeres son demasiado profundas como para verlas encerradas en una escultura de piedra.



Por Andrea García