De cuando el capitalismo colonizó el arte

Visitantes en la Agora Gallery durante una exposición de Fahim Somani

Hace ya algún tiempo no puedo sino preguntarme hacia dónde va el arte. Camino por los pasillos de las galerías a un ritmo lento mientras siento que las luces blancas y artificiales que frecuentan las salas de exposiciones me someten a un tercer grado, observando mi alrededor y preguntándome cuánto de realidad hay en las miradas contemplativas cómplices de fascinación, o cuánto de pantomima y ficción para no desentonar en un entorno lleno de productos culturales que (las películas y esta hibernación reflexiva) nos han enseñado a no cuestionar.

“imposible anticipar en 1910 que, sólo cinco años más tarde, fuera a existir una obra como In Advance of the Broken Arm, de Duchamp, que, pese a su aceptación como obra de arte, no dejaba de ser una pala de nieve bastante corriente.” (Danto, 1995, 22-23)

ARCOmadrid es la feria internacional de arte contemporáneo de España que ha terminado por convertirse en una de las grandes plataformas del mercado de arte, además de, tal y como explican en su propia página web, pieza imprescindible en el circuito internacional de promoción y difusión de la creación artística.

Hace seis años pudimos ver allí una pieza de Wilfredo Prieto titulada Vaso medio lleno que, citando sus propias palabras, solo tenía valor en tanto en cuanto presentase su certificado de artista (por el que se acabó pagando un total de veinte mil euros). Casos así se han ido repitiendo desde que Duchamp y su urinario entraron en escena parodiando lo que debió quedarse en sátira, pues la explicación de “cómo el lugar le proporciona a un objeto cotidiano la posibilidad de convertirse en una obra de arte” solo es interesante en un plano aislado, sarcástico y crítico. Para desgracia del sentido común, y suerte de los farsantes, lo que debió quedarse en una parodia quijotesca y puntual, ha terminado tornándose regla y mandamiento.

Otro episodio digno de lo que siento como una película de slapstick tuvo lugar en el Art Basel Miami Beach, exposición en la que se desenvolvió el, pareciere, fatídico final de una obra de Maurizio Cattelan titulada Comedian, donde su creador decidió en directo ingerir el plátano que suponía el elemento central de su creación (adquirida por el módico precio de ciento veinte mil euros). La compradora, Sarah Andelman, pudo respirar tranquila cuando se volvió a recurrir a la expresión “marca de artista”, adherible a cualquier plátano de cualquier supermercado de confianza para acto seguido elevarlo al plano artístico y salvar a Comedian (rescate irrelevante, pues ella misma confesó haber gastado esa suma en una obra que no sabía si llegaría a poner en su salón… aunque sí su certificado, aseguraba)

Después de todo este ridículo, yo me pregunto: ¿Qué significa en realidad comprar la marca del artista? ¿Cuándo la importancia de la obra de arte en sí pasó a un segundo plano? ¿Cuándo empezamos a legitimar absolutamente cualquier cosa presentada como arte solo por el nombre de su creador? ¿Cuándo la obra artística dejó de provocarnos mariposas en el estómago? ¿Desde cuándo es el museo el verdadero creador, el verdadero artista?

Paseo por los pasillos de las exposiciones preguntándome, de nuevo, ¿cuánto de farsa y actuación hay en sus actitudes admirativas? Hemos reducido el arte a una justificación verbal que consideramos legítima por el lugar en el que se encuentra. La falta de actitud crítica y la pasividad consumista, que nos hace mudos, posibilita gastar miles de euros en obras sustituibles en cuestión de segundos que solo son artísticas por sus correspondientes certificados; ¿cuándo nos empezó a dar miedo dar nuestra opinión? Vivimos en la sociedad del hiperconsumismo irreflexivo, y estas ansias por adquirir sin conciencia sobre el qué, parece haber mancillado hasta aquellas prácticas marginales y bohemias que parecían intocables en el Montmartre del siglo XIX.

Ya no valoramos el arte por el arte, sino por su artista y el precio de su marca: dignos hijos del sistema. Nadie se replantea nada y nadie es capaz de levantarse y gritar: ¡hasta aquí llegó la broma! Como autómatas bien socializados, asintiendo, aceptando y adquiriendo aquello que escupe sobre el talento, la dedicación y el esfuerzo. La falta de actitud crítica y, por ende, ese "todo vale" que supura condescendencia, acaba consiguiendo que solo importe el certificado del artesano cuando debería prevalecer la calidad artística, no la fama de su firmante. Mientras pensamos que así protegemos este tipo de cultura solo estamos organizando su asesinato. 

“El arte ha muerto. Sus movimientos actuales no reflejan la menor vitalidad; ni siquiera muestran las agónicas convulsiones que preceden a la muerte; no son más que las mecánicas acciones reflejadas de un cadáver sometido a una fuerza galvánica” (Danto, 1995, 2)

No obstante, yo aún no visto de luto por algo que, aunque famélico, no considero muerto. Al contrario de lo que defiende Danto o lo que el propio Hegel nombraba “Edad del Arte” como un periodo de creación artística con un inicio y un final ya sucedido, quiero pensar que el arte está a la espera y que todavía existen aquellos capaces de crear y conmover y acongojar y robar el aire con sus obras hasta las lágrimas.