¡QUE NO QUIERO TENER HIJOS!


Cuando me preguntan si quiero tener hijos me dan los siete males. Creo que es la única pregunta que no soporto, pero lo que me gusta menos todavía es la respuesta más común a mi habitual ‘no, la verdad es que no quiero’: ‘Adriana, eso piensas ahora’ – me dicen – ‘Ya te llegará. Habrá un momento en el que se activará ese reloj biológico tuyo, que de seguro tienes porque lo tienen todas las mujeres, y de repente querrás hijos. ¡Y ya verás qué experiencia más bonita!’. Y ellos no lo notan, pero en ese momento me empieza a palpitar el corazón un poquito más rápido, me entran los sudores fríos y me quedo muy cerquita de tener un pequeño ataque de pánico. Tiene que ser una experiencia maravillosa, pero va asociada a un compromiso considerable. Al fin y al cabo, demandaría que yo, como madre, hiciera del cuidado del niño mi ocupación a tiempo completo – y siempre he tenido muy claro que quería desarrollarme en lo profesional tanto como fuera posible. 
 
El otro día fui yo la que le hizo la dichosa pregunta a un amigo (le sorprendió la pregunta, creo que era su primera vez). La contestación me pareció curiosa, no por la respuesta en sí – que fue, por cierto, afirmativa – sino por lo que no estaba contemplado en ella. En ningún momento entró en su ecuación tener que renunciar a un puesto de responsabilidad – cuando yo lo había hecho casi automáticamente. ‘Solo ves lo negativo’ – me decía. Y entonces me di cuenta de que eso era lo que me habían enseñado a ver. He aprendido a asumir que sería yo, como mujer, la que llevaría el peso mayoritario del cuidado del niño, de la casa y de todo el trabajo asociado a la llamada economía reproductiva – todas esas actividades relacionadas con los cuidados, que son fundamentales para la sociedad pero rara vez están reconocidas económica o socialmente. 
 
Es cierto que muchas mujeres en el mundo occidental trabajan. Se liberan del hogar y de todo lo que acarrea, tomando presencia en la economía productiva. Sin embargo, este proceso por lo general no ha venido acompañado de una redistribución de tareas: no ha sido el hombre el que ha cedido y entrado en casa, sino que la mujer ha sumado otro trabajo más al del cuidado del hogar, que ya le venía adjudicado por tradición. Así pues, es muy habitual encontrar familias en las que ambos padres trabajan. Aún así, sigue habiendo muy pocas mujeres en cargos de responsabilidad y el 74% de los trabajos a tiempo parcial son desempeñados por mujeres, siendo la razón principal la necesidad de tiempo para dedicarse a esos cuidados que caen bajo su responsabilidad. 
 
También está el caso, por otro lado, de las familias que pueden permitirse contratar a una tercera persona. La mujer occidental se libera del hogar, pero el trabajo no se redistribuye entre géneros, sino que pasa a la siguiente mujer de la cadena, que en muchos casos es una mujer inmigrante. Y es aquí donde terminamos de ver el patrón – y donde yo me doy cuenta de mi propio error inicial. Las tareas del hogar y el cuidado de los niños están asociados intrínsecamente a la mujer, y eso es un problema. Se asume que será la mujer la que deje atrás su trabajo para hacer ambas, y eso es otro problema. 
 
Sin embargo, eso son cosas de la superficie. El problema más grande de todos es uno que tiene que ver con lo que hay debajo, con la ideología: el problema es uno de valor. Y es que mi ‘yo no quiero tener hijos’ responde en última instancia a la concepción de los cuidados como algo fácil, insuficiente y al margen de la economía, de lo importante. Ahora, ¿cómo vamos a cambiar las cosas si pensamos así, si no le damos el valor que tiene? Normal que la situación se enquiste y que nadie se quiera quedar en casa haciendo una labor que todos miran por encima del hombro. 
 
Y no hablo de inventarnos valor sino de ver el que tiene: no son sólo cuidados, es economía reproductiva. Es crear, sostener y formar a las personas que integran una sociedad y mantienen la máquina funcionando. Es eso de lo que depende todo: algo tremendamente importante y difícil y sacrificado, que no debería estar tan degradado en el imaginario colectivo y que desde luego no está al margen de la actividad económica que tanto idolatramos. 
 
Ahora, terminada la reflexión, cojamos esa economía reproductiva y hagámosle un hueco al lado de todo lo demás. Démosle el valor que realmente tiene, y solo entonces, decidamos. Yo, para empezar, descarto mi perpetua negativa: lo mismo decido tener hijos y darme enteramente a su educación y desarrollo - no como mujer con supuesto reloj biológico, sino como persona. O lo mismo encuentro a alguien con quien compartir esa misión y conciliar así vida personal y laboral. O lo mismo no. Lo mismo acabo decidiendo dar mi vida entera a lo profesional, y estará bien. 
 
De momento lo que sí que voy a hacer es dar las gracias a mi madre.