Aprendiendo a tratar el Planeta


El pasado 13 de septiembre, una noticia de Telemadrid me sobresaltó. Un joven de Villanueva de la Cañada, un pueblo al oeste de Madrid, llegaba a su casa después de 45 días de viaje en bicicleta desde Eslovenia. Enseguida saqué el móvil para comprobar mis redes sociales y terminé de dar un bote. Le había estado siguiendo a través de los pequeños vídeos que colgaba, de las fotos de lugares emblemáticos del sur de Europa, de sus explicaciones de lo cansado que estaba a veces, de sus anécdotas en el viaje y de algún mensaje de ánimo que me respondía siempre entusiasmado. Mi amigo Marco, que hace tres meses me contó que volvería a España en bicicleta, había llegado por fin.

Marco Méndez Albiol es una persona excepcional. Me es imposible decir cuándo le conocí, porque fuimos juntos al colegio y en los recuerdos más lejanos que tengo está él en clase y en el recreo. Esto es sólo un aviso de que, de ninguna manera, me será posible ser neutral sobre la historia que quiero contar. Esta historia es la que lleva a una persona a comenzar por tomar conciencia del problema medioambiental que supone el abuso de los viajes en avión y termina recorriendo Europa en bicicleta.

El primer paso es relativamente sencillo y le pasa a cualquier persona, a algunas varias veces al día: tener la idea. Los últimos años se ha extendido la conciencia sobre el impacto que puede tener una movilidad más responsable en las emisiones de carbono. Según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, en 2019 los vuelos representaron el 2% de las emisiones de CO2. Para muchos, evitar los vuelos en distancias cortas es algo que empieza a calar. Otros, algunos menos, buscan también alternativas menos contaminantes para las medias distancias. ¿Y si se realizase uno de esos trayectos no con menos emisiones, sino con ninguna? Esa es la idea que empieza a germinar en Marco.

A partir de entonces, surge la bifurcación que ofrece dos posibles caminos a las ideas: dejarlas en la imaginación o transformarlas en acción. ¿Sería posible convertir en hecho el pensamiento de recorrer en bici 2600 kilómetros? Entonces es cuando en Marco la imaginación conecta con una parte menos racional: la voluntad, el “quiero hacerlo”. En este punto, el proyecto para mi amigo fue más allá de una ventolera ecofriendly. No cabe duda de que es probable que consigamos alcanzar el equilibrio con el planeta entre transportes eficientes y con emisiones moderadas. Pero para Marco la pregunta sobre su viaje de Eslovenia a España se había convertido en una duda que le retaba por dentro: “¿Seré capaz de hacerlo?”.

Cuando le pido que me hable más sobre el reto que se planteó a sí mismo me comenta: “lo más difícil es salir. De hecho, estuve siete días retrasando mi salida, siempre poniendo alguna excusa”. Esos siete días no concentran la duda, son sólo la parte más intensa de un proceso que ocurre siempre entre el momento en que se tiene una idea y en el que se la pone a rodar. En cualquier caso, Marco decidió que tenía una idea que lo entusiasmaba y que era el momento perfecto para hacerlo, por no tener grandes responsabilidades y porque sus 28 años le parecen su mejor momento físico. Así pues, cogió fuerzas de las ganas de no dejar esto a medias y se puso a pedalear.


“Tenía dudas, tenía miedo por la carretera, por no saber por dónde me llevaría el GPS, etc., pero en los primeros cien metros supe que valía la pena. En cuanto salí, me sentí vivo”. El primer pensamiento que surge al hablar con él (también propiciado por su diario en forma de vídeos de Instagram que, por cierto, están en @marco.mendezalbiol) es que ha debido ser extenuante, que habrá tenido momentos duros y que, posiblemente, se habrá perdido en el camino. Es cierto. Con todo, hacer realidad su idea le ha llevado a rincones increíbles como Venecia, Milán o Marsella. Pero percibo que la mayor recompensa, incluso por encima de la satisfacción de haberlo conseguido, es con lo que siempre dice que se queda del viaje: “en 45 días, no he tenido ninguna mala experiencia”. En una época en la que no terminamos de recuperarnos del recelo por lo que los otros puedan contagiarnos por la calle y con la desconfianza y el miedo por lo extraño cronificándose, el viaje en bicicleta de Marco muestra la cara abierta, acogedora y llena de tesoros por compartir que sigue latente en Europa.

¿Y ahora qué? A Marco le preguntan a veces si lo echa de menos. El viaje ha sido una experiencia vital enorme, no cabe duda, pero él no quiere pasarse la vida montando en bicicleta, y no sólo porque la recuperación le ha llevado varios días o porque se rompan las alforjas. Para Marco este viaje es una enseñanza para su vida. Todo el proceso que hemos visto hasta que empieza el camino es una lección para afrontar los demás proyectos (que no son pocos) que vendrán. No quiere decir con esto que después de un mes y medio en bicicleta se sienta capaz de todo. De hecho, la naturaleza humana es tal que siempre costará empezar a moverse, que siempre encontraremos excusas para no convertir en realidad lo que queremos hacer. Pero 45 días de repetirse “quiero terminar” son un buen entrenamiento para cuando vuelvan a asaltar las dudas.

Para terminar, introduciré un próximo artículo que no tardará mucho en aparecer: la historia del siguiente proyecto de Marco, el Bote Amarillo. Si bien he puesto el acento en el proceso de transformación de idea en voluntad y de voluntad en acto, empezábamos hablando de la conciencia medioambiental que sirvió de mecha al proyecto. El bote amarillo (que comienza a promocionarse en Instagram: @elboteamarillo) es una iniciativa para fomentar el reciclado del aceite en las casas y evitar que termine en las cañerías o peor, contaminando masas de agua en la naturaleza. La idea consiste en dejar un bote en las casas que debe llenarse con el aceite que ya no se va a utilizar. Este bote, que no deja de lado la estética, es recogido cada cierto tiempo por Marco, que recorre las calles con un bidón que va llenando. Es otro proyecto, otro reto, otro conjunto de excusas que aparecen y otro tanto de ganas de no dejarlo a medias. En definitiva, es siempre poner en marcha otra idea que él sabe y nosotros sabemos que le traerá buenos momentos, buenas enseñanzas y, por qué no, un futuro algo más limpio para el planeta.

Por Carlos del Cuvillo