¿Y si? Taiwán

 

                                                                             

Mark Kieffer Duarte

                         

Mientras medio mundo centra su atención en el conflicto del este de Europa, muchos expertos ya piensan en lo que podría venir después – y no para mejor. 

 

Gran parte de la atención mediática en el medio año que llevamos se ha centrado en la invasión rusa de Ucrania y en la lucha de la nación de Zelenski por resistir el ataque de una nación militarmente superior. Pero mientras los proyectiles disparados allí no repercuten aquí, a 3 horas de avión del frente, las familias de todo nuestro país, de Europa y de gran parte del mundo han sentido su impacto en sus bolsillos y cuentas bancarias. 

 

En Europa, las sanciones impuestas a Rusia han cortado voluntariamente a la eurozona suministros cruciales para la economía, como fertilizantes muy necesarios, materiales de construcción como el aluminio o el mineral de hierro. Además, las importaciones rusas de gas y petróleo representan aproximadamente un tercio y una cuarta parte del total de las importaciones europeas de energía, respectivamente, y los precios se disparan batiendo récords cada semana. 

 

Y lo que es más preocupante, Ucrania cultiva alimentos suficientes para alimentar a 400 millones de personas en todo el mundo, lo que incluye el 50% del suministro mundial de aceite de girasol, el 10% del suministro mundial de cereales y el 13% del suministro mundial de maíz. De momento, hasta el 30% de las zonas de cultivo en Ucrania no se plantarán o no se cosecharán este año a causa del ataque ruso. Además, las cadenas de suministro de Ucrania se han visto interrumpidas, debido al cierre de los puertos del Mar Negro y a la capacidad limitada de transportar productos básicos a través de la frontera occidental. Como resultado, países como la India han decidido detener las exportaciones de trigo, abocando al mundo a una devastadora crisis alimentaria que, por supuesto, perjudicará más a los que tienen menos recursos. Si la situación no da señales de mejorar, la seguridad alimentaria de millones de personas estará en grave peligro. 

 

La invasión rusa en Ucrania fue un punto de inflexión para la seguridad mundial, la economía internacional y nuestra arquitectura energética global. No es posible reducir una guerra como esta a una sola región mientras vivamos en un mundo globalizado. Este nuevo tipo de guerra híbrida, que incluye su grave crisis humanitaria, los ciberataques y las dificultades económicas, así como las campañas de desinformación y propaganda, las tensiones geopolíticas sobre el suministro de energía y la amenaza de una guerra nuclear, tendrá efectos de gran alcance.

 

Pero los expertos temen que ésta no sea la última. 

 

La región en cuestión, esta vez, está lejos de las ahora arruinadas calles de Mariupol, a unas 100 millas náuticas de la costa sureste de China: Taiwán. El presidente chino, Xi Jinping, ha dicho que la "reunificación" con esta isla "debe cumplirse", y no ha descartado el posible uso de la fuerza para lograrlo. China considera que Taiwán es una provincia separatista que, con el tiempo, volverá a formar parte del país. 

 

Sin embargo, Taiwán se ve a sí mismo como un país independiente, con su propia constitución y líderes elegidos democráticamente. La división entre ambos se produjo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo combates en la China continental entre las fuerzas gubernamentales nacionalistas y el Partido Comunista Chino. Los comunistas ganaron en 1949, y su líder, Mao Zedong, tomó el control en Pekín. Mientras tanto, el partido nacionalista, conocido como el Kuomintang, huyó a la cercana Taiwán. 

 

Washington mantiene desde hace tiempo una política de "ambigüedad estratégica" sobre si intervendría militarmente en caso de un ataque chino a Taiwán. Un posible choque catastrófico entre dos superpotencias mundiales. La amenaza de otro gran conflicto está servida. 

 

En este caso, las consecuencias globales serían mucho más graves que las que estamos presenciando actualmente como consecuencia de la invasión rusa de Ucrania. Toma los efectos actuales que estamos viviendo, y multiplícalos por dos. Las consecuencias humanitarias por sí solas empequeñecerían las de Ucrania, por mucho que nunca se recomendable comparar la miseria de unos y otros. Además, los efectos financieros de una guerra por Taiwán serían inmensos y duraderos. 

 

El papel de China en la economía mundial es tan crucial y está tan integrada en la economía mundial, que sería inevitable que se produjeran graves trastornos en ella. Como el mayor centro de fabricación y exportación de las cadenas de suministro mundiales y un enorme consumidor de productos básicos de otras naciones, una guerra que hundiera a China sería devastadora. Las interrupciones de las cadenas de suministro causadas por la pandemia y la más reciente política cero-COVID son una buena prueba de lo que podría suceder. 

 

Y con la mayoría de los posibles escenarios de guerra dejando a Taiwán al borde del KO, los efectos sólo se multiplicarían. Steve Yates, analista estadounidense sobre China y su política en el America First Policy Institute explica: "Taiwán ocupa un papel central en la industria tecnológica y, en particular, en la de los muy demandados microchips, al contar con los más importantes fabricantes de semiconductores, TSMC y UMC, en el país. Es un territorio estratégico y vital para la economía mundial.”

 

Poco después de que comenzase la invasión, se produciría un caos económico global, al menos a la par del colapso financiero de 2008; probablemente mucho peor, dado que surge de una guerra en la que participan grandes potencias, por definición más peligrosa y aterradora que un acontecimiento provocado en última instancia por los (ir-)responsables de Wall Street. 

 

Los mercados de valores caerían en picado, y seguirían cayendo. La actividad económica en todo el mundo se ralentizaría de inmediato, sacudida por el corte de las cadenas de suministro y la disminución de la demanda y la actividad empresarial. La interrupción del comercio con China de por si ya seria suficientemente perjudicial, pero esto tendría un efecto de bola de nieve.


Todo lo que produce Taiwán, semiconductores en particular, dejaría de estar disponible en el mercado. Esta isla produce el 30% de los semiconductores del mundo y el 90% de los chips más avanzados. Los terremotos, sucesos comunes en la isla, causan bastantes problemas a los suministros globales de semiconductores. Pero recuperarse de los daños causados por los terremotos es una cosa: recuperarse de la destrucción y los trastornos causados por la guerra es otra muy distinta.

 

Los envíos de todo a y desde Taiwán (y lo que es más importante, a y desde China) disminuirían hasta convertirse en un goteo o se detendrán. Las empresas de transporte marítimo y aéreo no querrían entrar en una zona de guerra y las tarifas de los seguros se dispararían. Además. sería de esperar que las sanciones financieras y comerciales de Estados Unidos (e incluso las operaciones militares) interceptarían o reducirían aún más el "comercio chino" en todo el mundo.

 

Y eso sin contar con qué Beijing se ocuparía de interrumpir el transporte marítimo de EE. UU. y sus aliados.  Japón, en particular, que depende de las vías marítimas abiertas para las importaciones y exportaciones, lo sufriría inmediatamente, mucho más que el del terremoto que hizo caer a Fukushima.

 

Más allá de los efectos militares y económicos de una guerra en Taiwán, hay que tener el daño psicológico, independientemente de quién saliese vencedor, para las sociedades occidentales y pro-occidentales que piensan haber "superado" este tipo de guerra. Para ellos, existe todavía la noción, aunque ahora reducida por la guerra de Ucrania, de que conflictos a esa escala son cosa del pasado, pero no de esta época, y no en una "democracia desarrollada" como Taiwán.

 

Al igual que la carnicería de la Primera Guerra Mundial asombró a las sociedades europeas y sentó las bases para otra guerra mundial 20 años después, un conflicto en Taiwán podría moldear el futuro de forma similar, de una manera difícil de imaginar. La única predicción segura de ese futuro es que no sería agradable.

 

Por ejemplo, una década de estancamiento económico global mientras el mundo libre aprende a adaptarse a la posguerra podría causar fácilmente un malestar social suficiente como para que los políticos extremistas (con izquierdistas y derechistas no muy diferentes) se afianzasen como lo hicieron Lenin y Hitler después de la Primera Guerra Mundial. Las consecuencias serían imprevisibles y se producirían también en los países desarrollados. Ya ha ocurrido antes.

 

Por suerte para todos nosotros, estas nefastas consecuencias son parte de la razón por la que todavía no ha ocurrido nada. China es muy consciente del futuro de "destrucción mutua asegurada" al que tendría que enfrentarse en caso de que se iniciara una guerra. Aunque Pekín no ha descartado el uso de la fuerza, hay otras vías para la reunificación. El comercio entre la isla en disputa y la nación continental está en auge, creciendo a un ritmo constante del 31% desde el año pasado. La mejor apuesta de China es jugar a largo plazo, convenciendo a la isla de que serían más fuertes unidas que por sí solas. Una unificación pacífica dispararía el dominio económico de China. El presidente XI advirtió en enero que Taiwán será chino en 2050. El formato de esta anexión seguramente mantendrá al mundo mordiéndose las uñas hasta que finalmente ocurra.


por Mark Kieffer Duarte