Desde Rusia con Amor II


                                                                  Mark Kieffer Duarte

Hace ya algo más de un mes, en un artículo que comparte nombre con este, avisé de que Rusia iba muy en serio. Avisé de que Putin buscaría dar un golpe de efecto que volviese a colocar a Rusia en un podio de dominación global cada vez más dominado por Estados Unidos y China. Y que, para lograrlo, era capaz de tomar distintos caminos, pero todos ellos dotados de una contundencia que haría temblar los cimientos que conforman el poder global en la actualidad. Con el fin de refrescar la memoria, es importante recordar que esta crisis, no surge de lo que quiere Rusia, sino más bien de lo que quiere evitar: caer a un segundo plano. Habiendo perdido parte de su papel como superpotencia tanto por el colapso de la Unión Soviética como por el rápido crecimiento de China, el papel de Rusia en el futuro de la gobernanza mundial está por determinar. Parte de ese papel que tendrá en el futuro pasa también por el futuro de Ucrania. Una Ucrania que entrase en la Unión Europea, o una Ucrania parte de la OTAN o una Ucrania que fuese miembro de ambas organizaciones, supondría tener otra zona de contacto directo con las instituciones de Bruselas. Algo que, para Putin, que busca expandir y no perder su zona de influencia, es algo totalmente inviable. Ucrania no puede caer bajo ningún concepto en manos occidentales. Moscú iba en serio y actuaria más pronto que tarde.

Había cierta discrepancia, a la que sin duda me incluyo, respecto a la forma que tendría esa reacción. Las opciones militares que se manejaban eran el regreso a la guerra fría, con grandes acumulaciones de tropas a lo largo de la frontera de Rusia, al igual que una anexión de las zonas ya controladas por separatistas. Una invasión total de Ucrania era un escenario que muchos expertos descartaban, por las enormes consecuencias que tendría para Rusia en términos económicos. Ese fue, quizás, el mayor error que pudo cometer occidente: subestimar la voluntad de un líder dispuesto a hacer cualquier cosa y pagar cualquier precio por alcanzar sus objetivos. Así fue como empezó esta invasión.
Para que se hagan una idea de cuál es la situación actual de la guerra en Ucrania, he dibujado esta simple infografía con las principales zonas calientes del conflicto. Como pueden ver, se trata de una invasión desde cuatro direcciones distintas y con dos objetivos distintos. Las tropas que entran desde el norte, desde la frontera con Bielorrusia, tienen como objetivo avanzar en dirección sur y tomar la capital, con el fin de destruir al actual gobierno ucraniano liderado por Volodímir Zelenski. A continuación, están las tropas que entran desde el este, a través de las zonas ya controladas por separatistas prorrusos. Estas tienen el objetivo de consolidar el control de estas regiones y empujar y tomar la totalidad del Donbass (unos 100 km de territorio todavía bajo control ucraniano). Desde el noreste y el sur, finalmente, se busca aislar a las principales formaciones defensivas ucranianas con el fin de destruirlas. Además, desde el sur, se busca llegar a Kiev desde otro ángulo, para asediar la capital desde varias direcciones. Finalmente, un bloqueo naval busca cortar el acceso de Ucrania al mar negro. Próximamente, se espera un gran desembarco de tropas en esta costa.

Mark Kieffer Duarte

Sin embargo, la invasión no está avanzando todo lo rápido que le gustaría al Kremlin. Parte de la culpa la tienen los ucranianos, parte de la culpa los propios rusos. En los primeros días, las tropas rusas progresaron a tal velocidad que en muchos medios se hablaba de un blitzkrieg, “guerra relámpago” en alemán, un estilo de guerra en que se consigue progresar rápidamente mediante grandes cantidades de tropas altamente mecanizadas. En cambio, los rusos se chocaron con un inesperado muro ucraniano. Uno muy distinto al que se encontraron cuando en 2014 Rusia anexionó Crimea. Desde entonces, las fuerzas armadas ucranianas han tenido prácticamente una década para prepararse justamente para este escenario. Hasta hace no mucho, el ejército ucraniano brillaba por su ausencia. Con unos números de personal muy modestos, un equipamiento heredado de la antigua unión soviética y un presupuesto más que limitado, la capacidad de reacción de Ucrania ante cualquier invasión era prácticamente nula. La anexión de Crimea por parte de Moscú y la perdida de parte del Donbass a mano de separatistas prorrusos, supusieron un punto de inflexión para la rápida modernización de sus fuerzas armadas. Entre otras cosas, nació el Ukroboronprom, la empresa estatal ucraniana encargada del control del complejo industrial-militar heredado de la Unión Soviética y remanente en territorio ucraniano. Sus fuerzas especiales, que en este conflicto está suponiendo un incordio constante para los rusos, se han entrenado junto a las mejores fuerzas especiales de la OTAN, como pueden ser el SAS británico, los Navy Seals de la Armada de los EE. UU. y el KSK alemán. Además, se han formado también en los países bálticos, cuya mayor amenaza para su integridad nacional también es Moscú. De viejos tanques soviéticos, se ha pasado a drones y sistemas de guerra electrónica. Mucho ha llovido desde Crimea.

Rusia, por su parte, asumió que sería una guerra corta. Si occidente subestimó la voluntad de Rusia para llevar a cabo sus objetivos, Rusia subestimó la voluntad y la capacidad de Ucrania para defenderse. Las fuerzas armadas rusas no requieren presentación. Son unas de las fuerzas armadas más grandes y poderosas del mundo. Sin embargo, los números y el equipamiento no lo son todo. Nunca lo ha sido. En un conflicto moderno, con tantos factores que pueden influir en su transcurso, menos aún. El primer error que han cometido no ha tenido lugar al nivel de las fuerzas armadas, sino a nivel del liderazgo político. Jeffrey Edmonds, el que fuese el director del departamento correspondiente a Rusia en el consejo de seguridad nacional durante la legislatura de Obama, describe varios errores. Para empezar, Edmonds asegura que, efectivamente, Rusia subestimó las capacidades defensivas ucranianas y la voluntad de su población. Asumieron que el ejército ucraniano sería derrotado con facilidad y que las ganas de la población civil en participar en una guerra sería mínima. Además, en el Kremlin eran plenamente conscientes de que la guerra no recibiría mucho apoyo por parte de la población rusa y tampoco por parte de las propias fuerzas armadas y servicio secreto. Por ese motivo, y hasta los días inmediatamente previos a la invasión, esta guerra se mantuvo en secreto, dice Edmonds. Incluso después de recibir las órdenes, solo los oficiales de cierto rango sabían con detalle lo que iban a hacer. El resto, y mucho menos la tropa compuesta en gran parte por jóvenes reclutas cumpliendo con su servicio militar obligatorio, no tenían ni idea de lo que les esperaba. Esto es algo que en parte se puede confirmar por los numerosos videos que han surgido de soldados rusos capturados que dicen no haber sabido nada hasta el último momento. En parte será verdad. En parte será para protegerse. Sea como sea, estos conflictos internos dentro de las propias instituciones rusas han hecho que la invasión comenzase sin estar plenamente preparado para ella. Fueron tales las tensiones entre los servicios de inteligencia rusos, que se rumorea con fuerza que los propios rusos, aquellos dentro de esas oficinas que se opusieron a la guerra, filtraron información a los servicios secretos ucranianos, previniendo el asesinato de Zelenski a manos de fuerzas especiales chechenas.

Militarmente, esta inestabilidad institucional y la subestimación de los ucranianos, resultó en una entrada caótica en Ucrania. El secretismo en torno a la guerra no permitió a los militares rusos planear correctamente una invasión por tierra. Una operación militar de una complejidad extrema, sobre todo en lo que respecta a la coordinación de medios de combate de primera línea, con aquellos de segunda línea como los logísticos y médicos. Una invasión así, con una movilización de tantos efectivos, equipamiento y vehículos, requiere una cantidad igual de grande de suministros. Sin embargo, habiéndose preparado para una guerra más bien corta, las tropas rusas han pagado su alta movilidad, quedándose aisladas de las cadenas de suministro, vitales para subsistir en una guerra prolongada. Además, las propias cadenas de suministro rusas tampoco estaban preparadas para un gran conflicto. Esta vulnerabilidad, que los ucranianos han identificado con rapidez, han convertido a las fuerzas logísticas rusas como los objetivos prioritarios de las tropas de Kiev, bien conscientes de que destruyendo las cadenas de suministro, las fuerzas de combate rusas tendrán serios problemas para seguir luchando. Hasta el tanque más moderno del mundo, con un depósito vacío, sin munición y sin comida y agua para nutrir a su tripulación, no es más que un montón de metal y cables.

Así, los avances por tierra han sido lentos y los líderes rusos han tenido que recurrir a los métodos más grotescos para cumplir con los objetivos marcados. Es por ello que en los últimos días se ha recrudecido la guerra. Los ataques a la población civil ahora son constantes, utilizando artillería y medios aéreos para destruir la voluntad de los ucranianos, al mismo tiempo que los propios rusos tratan de medir la propia voluntad de sus tropas para seguir en el conflicto. Tiempo para organizarse, ganado a base de bombazos contra objetivos civiles, incluso contra los corredores humanitarios, a través de los cuales la gente trata de huir de un futuro inmediato, horrible y corto. Así, Putin busca la rendición total de Ucrania, amedrentando a aquellos que integran esa nación hasta que supliquen por sus vidas. Una vanidad que no conoce límites, amenazando a aquellos que traten de acudir al rescate de Kiev con un conflicto nuclear. Una amenaza que no es ni inmediata ni improbable, pero no imposible.

La reacción de occidente a este horror de guerra es según muchos es insuficiente, se ve limitada por esta amenaza. La mayor batería de sanciones económicas de la historia quizás no es suficiente para calmar la conciencia de muchos que piden que sé dé un paso más allá, pero es el único terreno en el que occidente puede ofrecer una respuesta que no conlleve implicarse de manera directa en el conflicto armado. E incluso así, occidente juega con fuego. No se debe cometer el grave error de humillar a Putin. Es un líder al que, de no ofrecerle una salida que no le ponga entre la espada y la pared, puede actuar de una manera impredecible. Es un líder frustrado. Algo evidenciado por la rápida aceleración de los hechos, por la rápida escalada incluso después de haber empezado el conflicto. Entra en Ucrania. A los dos días amenaza a Finlandia y Suecia. A los 5 días activa sus fuerzas de disuasión nuclear. A los 7 días amenaza a occidente. Poco después bombardea a la población civil, una línea roja que incluso Putin prometió no cruzar. Frustración por el progreso lento de la guerra. Un orgullo propio herido. Un proyecto de futuro que ya no ve con claridad. Se debe tener, por tanto, cautela con cómo proceder en contra de Rusia. Las sanciones actuales ya han causado daños irreparables a la economía rusa. El rublo ha perdido el 40% de su valor en pocas semanas, los precios en los supermercados rusos se han disparado. Al revés de lo que se vio al principio de la pandemia, los supermercados no están vacíos, si no llenos por los precios ahora inasumibles para gran parte de la población. No se debe humillar a Putin. No se puede humillar a la mayor potencia nuclear del planeta. Por ello, Ucrania no recibirá apoyo de la OTAN y la Unión Europea no le dará de momento la membresía a Kiev. Sería ir en contra de la “neutralidad” ucraniana que busca Putin y la declaración de una guerra que fácilmente podría suponer la última. Lo dicho, la amenaza nuclear es improbable, pero no imposible.

Al mismo tiempo, es importante poner en contexto lo que supone esta amenaza nuclear. La disuasión nuclear, la destrucción mutua asegurada y la existencia de las armas nucleares ha sido justamente lo que ha evitado que tenga lugar otra gran guerra mundial. Es una línea roja que ningún país está dispuesto a cruzar, por las consecuencias inevitables que tendría. Estas armas fueron tanto los artífices como los árbitros de la guerra fría, en la que, durante la crisis de los misiles de cuba, se rozó esta línea roja. Aun así, incluso entonces, en un conflicto ideológico a escala mundial entre dos leviatanes, nunca se pulsó el botón. Pese a ello, inevitablemente, cuando una potencia nuclear ve que sus intereses corren peligro, el riesgo de una guerra nuclear acaba llegando a las declaraciones de los políticos. ¿Por qué? Porque puedo. Versión política. Mencionando las armas nucleares, Rusia evita que nada ni nadie se ponga en medio de sus intenciones. Sin embargo, esto no significa que esta guerra no vaya a tener consecuencias.

En España, sentiremos sin duda el impacto económico en forma de una inflación aún, más acentuada, en la que los costes de los suministros de construcción, combustibles y energía verán incrementos instantáneos de sus precios. Los productos derivados del girasol, al igual que los cereales, también sufrirán aumentos en sus precios y no se descarta que haya escasez de suministro. Al fin y al cabo, Ucrania es el granero de Europa.

En Ucrania, lo más probable es que más pronto que tarde se llegue a un alto el fuego, a un acuerdo en el que Ucrania acepte gran parte de las peticiones rusas, como la cesión total del Donbass, el reconocimiento de Crimea o incluso una parte mayor de su territorio. Desde luego, es probable que pierda su salida al mar. La neutralidad ucraniana, en mi opinión, queda descartada. De sobrevivir a esta guerra, Ucrania jamás perdonará a Rusia y buscará acercarse aún más a occidente. A corto plazo quizás sea improbable, pero a medio-largo plazo no descarto la membresía de Ucrania de un modo u otro en alguna gran institución occidental. Si descarto la ocupación total de Ucrania por parte de Rusia. Los medios necesarios para ello, con el repudio que los ucranianos ahora tienen hacia los invasores, son inasumibles.

Los propios rusos también estarán bastante molestos con su propio gobierno. Las consecuencias de las sanciones económicas para la economía rusa serán desastrosas. Los ciudadanos rusos lo pasarán verdaderamente mal. Los precios en los supermercados rusos se han disparado. Los ricos perderán dinero, los pobres lo perderán todo. El peor enemigo de un pobre es la inflación, porque se come lo poco que tiene. Las sanciones discriminan tan poco como las bombas que caen sobre los edificios ucranianos. Las primeras te hacen morir de hambre, las segundas de inmediato. Esto elevará la presión de la ciudadanía rusa hacia Putin, aunque es bien sabido cuáles son las consecuencias de alzar la voz en tierras rusas.

En nuestro continente, la defensa volverá a tener un papel central en las políticas nacionales. Sin ir más lejos, Alemania, país que por motivos obvios aboga por la desmilitarización, ha anunciado un gran aumento de su presupuesto militar. Suiza, país históricamente neutral, se ha unido a las sanciones prorrusas. Los países escandinavos, históricamente neutrales también, consideran ahora seriamente entrar en la Unión Europea o la OTAN. Estados Unidos ya ha desplegado unas diez mil tropas a Europa. Por primera vez en su historia, la OTAN ha activado a sus fuerzas de alta disponibilidad. Es por ello probable, que en los próximos años volvamos a un escenario que resultara muy familiar a aquellos que han vivido la guerra fría. Europa se ha vuelto a militarizar.

En conclusión, este conflicto, además de horrible, tendrá efectos duraderos que generaran un cambio en el comportamiento de los estados. Han cambiado muchas cosas en poco tiempo. Ha cambiado el mundo. O por lo menos, ha vuelto a una dinámica peligrosa que ya hizo temblar a la humanidad en el pasado. De cierta manera, pase lo que pase y como se ha explicado al principio, Putin ha alcanzado su gran objetivo: recuperar el equilibrio de poderes en el mundo y establecer un orden multipolar. Ha mandado un mensaje muy claro: Rusia no se ha ido, ni se irá. Sea rica o sea pobre, ya no caerá a un segundo plano, puesto que ha optado por acaparar todas las portadas.

En memoria de mi tío Thomas Scifo.
Porque en nuestra próxima conversación,
que ya nunca tendremos, habríamos
hablado de ello.

Descanse en paz.


Por Mark Kieffer Duarte