Desde Rusia con Amor

 



Mark Kieffer Duarte

Suenan los tambores de guerra. Los medios de comunicación vaticinan poco menos que el comienzo de otro gran conflicto en suelo europeo. Los cientos de miles de soldados rusos que se amontonan en torno a Ucrania, solo pueden significar que algo grande se cuece. Años después de su ruptura, ¿busca un viejo amante recuperar al que fue el amor de su vida? En la guerra y en el amor, todo vale. Cabe recordar que Ucrania, que formó parte del imperio ruso durante siglos antes de convertirse en una república soviética, se independizó al desmembrarse la URSS en 1991. Se desprendió de su legado imperial ruso y estrechó sus lazos con Occidente. Fue una ruptura dolorosa, que dejó en Moscú una herida que 30 años después sigue sin cicatrizar del todo. 


Sin embargo, sería erróneo asumir que esa herida no llega a cerrarse simplemente por un viejo anhelo soviético. Por mucho que Vladimir Putin tuviese un pasado como espía en la URSS, el motivo de fondo de la presente crisis va más allá de querer anexionar antiguos territorios. No es nostalgia soviética. En este caso, no se trata de lo que Rusia quiere. Se trata más bien de lo que Rusia no quiere. Y tiene motivos para estar, cuanto menos, preocupada con el rumbo que ha tomado el mundo desde la disolución de la Unión Soviética. Como nación heredera de la superpotencia que cayó derrotada en la Guerra Fría, Rusia ha tenido que lidiar desde entonces con las secuelas, que no fueron pocas. Perdió influencia regional e internacional, abriéndole la puerta a occidente y sobre todo, a Washington, a muchos de los países que anteriormente fueron repúblicas soviéticas. Fueron muchas las antiguas repúblicas, que lejos de buscar entablar lazos con la entonces recién nacida Federación Rusa, tendieron la mano a occidente. Por ejemplo, Letonia, Estonia, Lituania y la misma Ucrania tomaron un nuevo rumbo que les alejó de Moscú. Los países bálticos acabaron formando parte de la OTAN y de la Unión Europea. Ucrania, por su parte, decidió afrontar su independencia de manera solitaria, mirando hacia occidente y renegando de su pasado soviético. Lo que realmente preocupa en el Kremlin, es hasta qué punto está Ucrania dispuesta a huir de su pasado ruso. Una posible entrada de Ucrania en la OTAN, como se ha rumoreado, es un absoluto no-go para Putin. Es ese el motivo en torno al que gira esta historia, la posible membresía de Ucrania en la Organización del Tratado del Atlántico Norte. 


Entre otras cosas, porque más allá de lo estratégico-militar, Ucrania es la última esperanza de Rusia, junto a Bielorrusia, de jugar un papel importante en un suelo europeo cada vez más dominado por Bruselas. "Perder" a Ucrania supondría un golpe fatal para la influencia rusa en la región, al dejar a Rusia fuera de juego y sin ninguna posibilidad, ni tan siquiera remota, de volver a tener un papel relevante en el día a día de sus vecinos europeos. Habiendo perdido parte de su papel como superpotencia tanto por el colapso de la Unión Soviética como por el rápido crecimiento de China, el papel de Rusia en el futuro de la gobernanza mundial está por determinar. Es por ello, además de por el evidente rechazo que Rusia genera en el oeste de Europa, que Moscú se haya acercado a China, en búsqueda de un aliado fuerte que pueda devolver el equilibrio que tanto necesita. Ucrania es en gran medida su último campo de batalla en el "frente europeo", y Rusia está dispuesta a jugar con todas sus cartas. La pregunta es cuáles acabará utilizando, cómo las utilizará y sobre todo, cuándo.  Una cosa es casi segura: no habrá una invasión total de Ucrania. No estaría en consonancia con la forma en que Rusia se ha comportado en la última década. Es poco posible, que no imposible, porque un país que teme por su propio papel en el futuro del mundo puede tomar decisiones impredecibles. Pero las consecuencias serían, con certeza, catastróficas para todos los involucrados. No ganaría nadie y Rusia lo que busca es una victoria, un jaque mate. Eso rara vez existe en un conflicto entre superpotencias.


Lo que sí está claro es que Rusia actuará más pronto que tarde. Si sus reclamaciones a EEUU y la OTAN no dan resultados, Rusia responderá de manera contundente. Bajo ningún concepto irá de farol. Cuando un estado del calibre de Rusia exige garantías de seguridad, se debe dar por sentado que si no se llega a un acuerdo, actuará unilateralmente para defender sus intereses y su posición en el mundo. Mucho ruido ha hecho después de décadas actuando de manera discreta. Moscú va muy en serio. Eso sí, esa contundencia puede tomar muchas formas, no solo la de una invasión a gran escala. Para empezar, Rusia se guarda el as energético en la manga. La dependencia energética de Europa, más aún con los elevados precios actuales, es una poderosa arma política que Rusia podrá emplear para inclinar la balanza a su favor. Si Rusia cerrase el grifo, Europa tendría que buscar alternativas energéticas en un tiempo récord para evitar un invierno largo y frío. Es una arma de doble filo, ya que es igual de grande la necesidad de Europa de ser suministrada por Rusia, que para Rusia ser el proveedor energético de Europa. También podría aumentar sus campañas de desinformación y demás instrumentos que buscan desestabilizar a los gobiernos europeos, interfiriendo en campañas electorales e instigando manifestaciones. La otra alternativa sí es de carácter militar. Por una parte, Moscú podría responder dando a la OTAN de su propia medicina, acercando grandes cantidades de activos militares a sus fronteras, volviendo así un escenario más propio de la guerra fría que del siglo XXI. Por otra parte, también puede reaccionar con una operación militar en un Ucrania. En ningún sería una invasión de todo el país, pero sí de la zona al sur del Donbass, ocupada por fuerzas separatistas pro rusas desde mediados de la década pasada. 


Ocurra lo que ocurra, en esta crisis, occidente peca de hipocresía y oportunismo. Sin ir más lejos, en nuestro país, el gobierno de Pedro Sánchez ha visto en esta crisis una oportunidad de reafirmar su compromiso con la OTAN, con el fin de acercarse a los EE. UU., una misión hasta ahora imposible para la Moncloa. La soberanía ucraniana es realmente la última preocupación del gobierno español. Por otra parte, para los Estados Unidos, Ucrania juega un papel igual de importante que para Rusia. Si EE. UU. dejase de dominar en Europa, dejaría de tener un papel dominante en el mundo. La presión que ejerce China sobre ambas superpotencias, es la misma y sin la amenaza rusa, Europa perdería el interés de ser defendido por Washington. La retirada de Afganistán fue un golpe duro para la proyección de poder militar estadounidense, un caos en el que apenas hubo colaboración entre aliados. En Ucrania les toca volver a mostrar unidad y firmeza. 


Esta influencia americana se palpa también en la gran mayoría de los artículos e informes europeos. Rusia es presentada como una agresora sin causa, que primero invadió Georgia y luego tomó Crimea. Se omite que fue Georgia quién entró primero en Osetia del Sur, dónde Rusia tenía derechos en términos de defensa otorgados por la propia ONU. Respecto a Crimea, se omite también que Estados Unidos y la UE forzasen el final del gobierno de Viktor Yanukovych, que era partidario de una Ucrania más cercana a Moscú que a Bruselas. Lejos de justificar la anexión de Crimea y los horribles eventos que la siguieron, como el derribo del vuelo MH17 sobre cielo ucraniano, opino que no se debe perder de vista la perspectiva rusa a la hora de analizar esta crisis. 


Es justamente cuando se omite la perspectiva y las preocupaciones de Moscú, preocupaciones razonables en lo que a su seguridad respecta, cuando surge esta narrativa americano-europea que solo contribuye a tensar la cuerda como si se buscase una confrontación militar. Se puede entender perfectamente la postura de Moscú sin estar de acuerdo con su modus operandi o el gobierno autocrático de Putin. Sobre todo, a través de un ejercicio de autocrítica e intentando ver los hechos que se están dando de manera objetiva. Por ejemplo, como el hecho de que la OTAN, que desde hace años acumula fuerzas militares de la coalición en países próximos a Rusia como herramienta de disuasión, reaccione ahora de manera escandalosa cuando Rusia ha desplegado tropas a Bielorrusia. Si sigue representando a Rusia como un villano digno de una película de James Bond, el equilibrio de poderes en Europa, que desde hace tantos años ha evitado una guerra a gran escala en nuestro continente, puede correr peligro. No hay un animal más peligroso que uno que se siente acorralado y por mucho que una gran guerra sea improbable, las posibilidades solo seguirán aumentando si se insiste en tensar la cuerda. 


Neunundneunzig Kriegsminister

Streichholz und Benzinkanister

Hielten sich für schlaue Leute

Witterten schon fette Beute

Riefen: "Krieg!" und wollten Macht

Mann, wer hätte das gedacht

Dass es einmal so weit kommt,

Wegen neunundneunzig Luftballons! 


Noventa y nueve ministros de guerra

Cerillas y bidones de gasolina

Pensé que eran personas listas

Olieron una buena presa

Gritando "¡Guerra!" y queriendo poder

Hombre, ¿quién habría pensado

Que llegaría a esto?

¡Por noventa y nueve globos! 


- Nena (99 Luftballons, 1983)


por Mark Kieffer Duarte