Bienvenidos a la posverdad

 



Mark Kieffer Duarte

La verdad es un término difícil de definir. Sí, cualquier diccionario nos dirá que la verdad es una afirmación que coincide con un hecho. El agua a partir de cierta temperatura cambia de estado: es verdad. Tocar una plancha encendida con la mano quema: es verdad. Que te gusten las películas de Tarantino no cuenta como rasgo de tu personalidad: es verdad. A lo largo de toda la historia han sido muchos los que han tratado de definir lo que es cierto y lo que no. Es verdaderamente complicado. Al fin y al cabo: ¿que constituye la verdad? ¿Cómo se identifica? ¿Somos los humanos capaces de reconocerla? ¿Es la verdad algo subjetivo o algo objetivo? ¿Es relativa o absoluta? Existen muchas afirmaciones que son innegables, axiomas que no se pueden refutar de ninguna manera. Verdades que nadie tratará de discutir jamás. ¿Verdad? 

La verdad es que la verdad es cada vez menos clara. Cada vez es más difícil saber diferenciar entre aquello que es cierto y aquello que no lo es. Hay cada vez más afirmaciones con las que se está de acuerdo, sin que coincidan con hechos. Las nuevas verdades son aquellas que confirman lo que la gente desea que sea cierto. Aquello que confirma sus pensamientos, sus emociones y sus creencias más personales. Aquellas ideas que comparten sus seres queridos, aquellas que se comparten en el entorno en el que nos movemos. 


Así, durante la pandemia, entre familiares y amigos, tuvo lugar en las cavernas más profundas de facebook la erupción de un movimiento masivo contra las vacunas. La evidencia científica fue descartada por esta gente, que ha preferido apoyarse en preocupaciones fundamentadas en paranoias dignas de un libro de Tom Clancy. Así, la humanidad vuelve a dudar de la ciencia, como ya se dudó de Galileo Galilei y muchos otros que ardieron por sus descubrimientos. La pequeña diferencia entre el siglo XVII y hoy en día es que entonces una gran parte de la población era analfabeta, no tenía acceso a información. No podían ser críticos con algo que no entendían. Sin embargo, hoy en día casi todos tenemos todos los conocimientos de la humanidad en la palma de la mano. Pero el acceso a la información no trae consigo la capacidad de analizarla de manera objetiva. Si hay mil fuentes que confirman que una cosa es de una manera, pero una fuente dice que esa cosa es de otra manera, son muchos los que tomarían a la segunda fuente como cierta. Eso ha sucedido con las vacunas. Eso sucederá en el futuro con otros temas. Así, mentir se ha vuelto un negocio muy lucrativo. La mentira, un producto muy cotizado. Aunque a la mentira hoy en día ya no se le llama mentira. Es más bien, una verdad flexible. Una afirmación que se amolda a aquello que se quiere escuchar. Ya no hace falta tener razón, sólo hacer creer a los demás que la tienes. Antes se decía que una mentira que se repite mil veces se convierte en verdad. En esta nueva época ya no hace falta repetirlas. La época de la posverdad.


La posverdad ya es una realidad. De hecho, según el diccionario Oxford, fue la palabra del año. Vivimos en una época en la que los hechos objetivos tienen menos capacidad para influir en la opinión pública que los que apelan a las emociones y creencias de cada uno. El mundo académico y la ciencia, en esta nueva época, han pasado a un segundo plano. A.C. Grayling, un famoso filósofo y humanista británico, afirma que estamos presenciando “la corrupción total de la integridad intelectual” y la “distorsión del tejido democrático.” Porque pese a que hoy en día en las democracias se vota, los hechos importan poco. El populismo ha explotado en la última década, ha resurgido. Se palpa un ambiente de disconformidad con lo establecido en la sociedad. Son muchos los que van en contra del sistema. 


Gran parte de la culpa la tiene la grave crisis económica de 2008. De un día para otro, la brecha entre clases sociales se triplicó. Las ganancias de los hogares desde entonces se han estancado y los jóvenes tienen graves problemas para acceder al mundo laboral. Es difícil alcanzar un estándar de vida mayor a aquel con el que has nacido. Esto ha generado mucho resentimiento económico, mucha envidia hacia aquellos que tienen lo que nosotros no tenemos. Estamos heridos anímicamente como sociedad y es muy fácil manipular a alguien que está sufriendo. Para que esté de acuerdo contigo es tan fácil como contarle aquello quiere escuchar: Los inmigrantes son malos, los ricos son malos, los pobres quieren quitarte el trabajo, los de izquierdas quieren quitarte lo tuyo, los de derechas que no tengas lo que ellos tienen.


En esta posverdad, las opiniones valen más que los hechos. Nos hemos vuelto extremadamente narcisistas y hemos sido empoderados por el hecho de que ahora todos podemos publicar nuestra opinión. No estar de acuerdo con una idea ya no es estar disconforme, es atacar directamente a la persona que la predica. Es un ambiente verdaderamente hostil. El Brexit es el mejor ejemplo de ello. El argumento central en torno al que los brexiters justificaban la salida del Reino Unido de la Unión Europea era que 350 millones de libras semanales podrían ser invertidas en la seguridad social británica. Una cifra que no era real y que muchas instituciones británicas calificaron como engañosa, presentando a la sociedad el dato real. Pero la realidad patinó sobre la mentira. Nunca traccionó sobre un suelo tan resbaladizo como una falsa verdad. Los brexiteers votaron confiando ciegamente en ese argumento. Después del referéndum, muchas voces importantes dentro del movimiento del Brexit reconocieron que era falso. Dió igual. Incluso ahora, con las estanterías de los supermercados vacías, son pocos los brexiteers que dudan de lo sucedido. 


La posverdad es nada más y nada menos que el principio del fin de la democracia y las instituciones que la conforman: ya no hace falta la fuerza para aferrarse al gobierno. Es mucho más fácil y efectivo encontrar los puntos débiles del sistema político, atacar a las instituciones desde dentro, alimentando discursos populistas movidos por emociones tan fuertes que incluso el dato más cierto sería incapaz de contrarrestar. La sociedad se ha dividido en aquellos que tienen fe ciega en sus líderes, en militantes que siguen a "sus verdades" hasta la muerte y en aquellos que han perdido la fe en la política. Entre unos y otros, la verdad no es que haya dejado de existir, es que ha dejado de importar. Los humanos ya no queremos desgranar la sociedad, ya no queremos una visión clara. Al ciego ya no le interesa ver. Mientras la niebla sea cómoda, nos quedaremos en ella. Bienvenidos a la posverdad, la hora local es la que tú quieres que sea.



Por Mark Kieffer Duarte