¿Las segundas partes nunca fueron buenas...?

 


Rahmat Gul, AP

Cuando este pasado mes de agosto EE.UU. abandonó Afganistán 20 años después de su llegada, las redes sociales y los medios de comunicación se hicieron eco de una fotografía que a muchos les resultaría familiar. En ella, un helicóptero estadounidense aterriza a toda prisa sobre la azotea de su embajada en Kabul, para evacuar a personal diplomático antes de que los talibanes tomaran la capital. Una imagen que Washington seguramente quiso evitar a toda costa. "Esto no es otro Saigón", dijo Anthony Blinken en su momento sobre la apresurada retirada de Afganistán en un intento desesperado de evitar una comparativa ya inevitable con los días finales de los norteamericanos en Vietnam. Y efectivamente, no es otro Saigón. Estas comparativas han surgido del amarillismo típico de los medios de comunicación que, como siempre, puede ser muy dañino. Son dos guerras que, como verán a continuación, comparten algunas similitudes pero son completamente distintas por el contexto en el que tuvieron lugar. Una imagen no siempre vale más que mil palabras.

Recuerdos de Saigón

De todas maneras, como si la historia tuviese un sentido del humor macabro, es cierto que sí se  dio una fotografía prácticamente idéntica en 1975. Habían pasado dos años desde que las últimas botas de combate americanas pisasen suelo vietnamita por última vez. La guerra de Vietnam, la más sangrienta y longeva de las guerras estadounidenses contra el comunismo, acabó por darle la vuelta a la opinión pública estadounidense, que en los años finales de la guerra, lejos de apoyar un conflicto al otro lado del pacífico, abogó por el cese de las hostilidades. Fue así como surgió el movimiento hippie, de la lucha juvenil contra la guerra de Vietnam.


Bernie Boston, 1967

El conflicto no acabó con la retirada de las tropas estadounidenses. En los dos años posteriores la presión del norte comunista hacía el sur capitalista continuó. Sin el apoyo militar americano, Vietnam del Sur acabó capitulando el 30 de abril de 1975. En respuesta, EE.UU. abandonó su embajada en Saigón y evacuó en helicóptero a más de 7.000 ciudadanos estadounidenses, survietnamitas y otros ciudadanos extranjeros, en una operación conocida como "Frequent Wind" (viento frecuente). Saigón perdió su nombre, pasándose a llamar Ho Chi Minh, en honor a un expresidente marxista-leninista vietnamita. La imagen a continuación capturó a la perfección la huida desesperada del personal estadounidense y sus aliados. Pasaría a convertirse en un monumento a la derrota de los EE.UU. en Vietnam. Una imagen que curiosamente se volvería a dar, aunque hay que tener cuidado con las comparaciones.


Hubert van Es, 1975


Parecidos razonables...

Tanto las imágenes como las situaciones son demasiado parecidas, puede pensar uno a primera vista. Ciertamente, en algunos aspectos, las semejanzas son obvias. En ambos casos Estados Unidos no alcanzó sus objetivos militares. En Vietnam, el comunismo acabó por conquistar el país y en Afganistán, los Talibanes recuperaron en pocas semanas todo el terreno que habían perdido durante los pasados 20 años. La guerra de Vietnam, al igual que la de Afganistán, se volvió rápidamente impopular en Estados Unidos, tanto por los escasos resultados militares como por los grandes gastos económicos y humanos que suponen décadas de conflicto. 

Es cierto que, desde un punto de vista social, o mejor dicho, la movilización de la sociedad estadounidense en su contra, es parecida. EE.UU. es un país crónicamente enfermo del "Síndrome de Vietnam", cuyo principal síntoma es la reticencia de los votantes a comprometer su poder militar más allá de sus fronteras. El país enfermó después de la grave derrota sufrida en Asia, con miles de soldados que jamás regresaron a casa y fotografías horrorosas tomadas en primera línea de combate. Despues de Vietnam, los americanos cambiaron su actitud respecto al envío de tropas al extranjero. No obstante, la opinión pública depende mucho del estado de ánimo de la población. Del derrotismo se sale con un triunfo.  Las victorias en Irak, especialmente en la segunda invasión en 2003 que supuso la caída de Hussein, anestesiaron a los americanos que necesitaban sentirse vencedores como nación después del 11-S. 


New York Times, 11-09-2001

Pero como con todo tratamiento sintomático, el dolor suele volver. Afganistán fue otro fracaso. Para algunos americanos, sus soldados estaban defendiendo la libertad y los valores democráticos de su país. Para otros, la guerra carecía de lógica alguna. Este sentimiento aumentó tras la muerte de Bin Laden. ¿Cuál es ahora el objetivo? ¿Por qué mueren nuestros hijos? Los ciudadanos de EE.UU. acabaron hartos de Afganistán y exigían salir de ahí. Aunque para la Casa Blanca la decisión no era tan fácil. Si para algunos la caída de Saigón fue un fuerte golpe a la posición global estadounidense,  la "caída de Kabul" podría suponer perfectamente otro uppercut a su hegemonía global. Además, una parte de la sociedad les iba a criticar por salir de Afganistán, otros por no haberlo hecho antes.  De un modo u otro, el presidente que estuviese en la oficina oval se comería el marrón. 

"Esto es el Saigón de Joe Biden", tuiteó Elise Stefanik, presidenta de la Conferencia Republicana de la Cámara de Representantes. "Un fracaso desastroso en la escena internacional que nunca será olvidado". Sin duda alguna, esta salida abrupta y caótica, manchada además por imágenes horribles de afganos desesperados cayendo de aviones americanos despegando y el horrible atentado suicida que se llevó consigo cientos de vidas (entre ellas lss de 13 soldados estadounidenses), acabará pasando factura de un modo u otro a la administración de Biden.

...pero lejos de la realidad.

Sin embargo, el fracaso en Afganistán tiene poco que ver con el fracaso en Vietnam. Pese a que las fotos y las noticias que nos llegan pueden hacernos pensar que los estadounidenses se han tropezado dos veces con la misma piedra, toda similitud con la realidad es, a mi modo de entender ambas situaciones, pura coincidencia. Vietnam se ha utilizado durante mucho tiempo como punto de partida para analizar los fracasos de la política exterior de Estados Unidos, pero este tipo de comparación simplista en este caso no sólo distorsiona el pasado, sino que también distrae del sufrimiento actual de los civiles afganos y del peligro inminente al que se enfrentan.

Para empezar, no se puede comparar moralmente a los norvietnamitas y los talibanes.  Durante la Segunda Guerra Mundial, el Viet Minh (grupo revolucionario comunista anti-colonialista, pues Vietnam fue colonia francesa) apoyó a Estados Unidos y a sus aliados al ser la única fuerza vietnamita que se resistió a la invasión de Indochina por parte de Japón. Una precuela previa al conflicto bien distinta a la de la milicia talibán, que masacró a las comunidades minoritarias de Hazara y obligó a los hindúes a llevar distintivos amarillos para diferenciarlos de los musulmanes afganos, como los judíos en la Alemania nazi. También son bien distintas las causas que propiciaron ambas guerras. Los atentados del líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, el 11 de septiembre de 2001 provocaron la intervención de Estados Unidos en Afganistán. Vietnam nunca llevó a cabo un ataque en suelo estadounidense. Un supuesto ataque vietnamita a un buque de la armada estadounidense sirvió de casus belli, pero el motivo real detrás de ese conflicto fue a pugna entre dos ideologías que por aquel momento luchaban por controlar el mundo.


Nick Ut, 1973

Tampoco se asemejan en la manera en la que los enemigos de los estadounidenses, ni ellos mismos, actuaron. Durante la guerra de Vietnam, fueron los aviones americanos los que prácticamente "terraformaron" gran parte del país del sudeste asiático entre 1961 y 1971, arrojando 49 millones de litros de "agente naranja", un acto de ecocidio que dejó, además, un legado de horribles deformidades físicas en generaciones de familias vietnamitas. En Afganistán, los Talibanes también hicieron uso de armas químicas, atacando en 2009 a un colegio de niñas en pleno Kabul, además de muchos otros intentos de atentado contra objetivos civiles, algunos lamentablemente con mucho éxito. Por otra parte, Vietnam buscó alcanzar la paz lo antes posible durante los acuerdos de Paz de París en 1973, tratando de colaborar con las Naciones Unidas, esfuerzos que el entonces presidente estadounidense Richard Nixon intentó sabotear. Nada que ver con la respuesta de los nuevos líderes afganos, que en 2009  interrumpieron las elecciones presidenciales de Afganistán al asaltar una casa de huéspedes en Kabul, matando a seis miembros del personal de la ONU y a seis civiles en un ataque suicida.


Atentado taliban a un hospital en Qalat, BBC

Esto no significa, ni mucho menos, que haya que ignorar las atrocidades infligidas por Vietnam del Norte tanto antes como después de la caída de Saigón. Las brutales reformas agrarias del Viet Minh, los tortuosos campos de reeducación para los afiliados al antiguo gobierno de Vietnam del Sur y el bombardeo de los campos de refugiados por parte del Viet Cong son crímenes de guerra igual o más de repugnantes. Sin embargo, no se puede analizar o comparar ambos conflictos a través de ese enfoque. El contexto y el desarrollo de ambas guerras no son comparables. Ver todos los conflictos modernos de Estados Unidos a través de la lente de la guerra de Vietnam, conflicto que celebra ya sus bodas de oro, hace que sea imposible un análisis crítico de la situación que se vive hoy en Afganistán. Además, al comparar las dos guerras, la insensatez de la participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam cae a un segundo plano y, sobre todo, se desvía la atención de los civiles que sufren hasta día de hoy las campañas militares que fallaron en ambos países.

Un derrotado victorioso...

Si de verdad queremos comparar lo que sucedió en los setenta y lo que tuvo lugar este verano, uno debe preguntarse qué significa realmente para una superpotencia perder una guerra y quién paga el precio de la derrota. Sí, Estados Unidos perdió más de 2.400 vidas en Afganistán y unas 58.000 en Vietnam. Pero salieron de ambas guerras siendo el país más rico y poderoso del mundo, mientras que los vietnamitas heredaron un estado destrozado y Afganistán un futuro incierto e inseguro. Tampoco son comparables las cifras de muertos:  casi un cuarto de millón de afganos y entre 1,5 y 3,5 millones de vietnamitas frente a los números indicados anteriormente.

El debate sobre las dos guerras o sobre lo que podría haber llevado a la victoria de Estados Unidos devalúa gravemente las consecuencias devastadoras de la guerra para los afganos –civiles y combatientes por igual–. Debería realizarse una autopsia y juicio sobre lo sucedido en Afganistán, pero todavía estamos lejos de poder concentrarnos en analizar el pasado. Lo que de momento sigue siendo urgente es la grave situación humanitaria en suelo afgano, donde los derechos humanos y el derecho a una vida decente de millones de personas corre grave peligro. 


Talibanes en un puesto de control en Kabul, AP

...e irresponsable.

Afganistán se enfrenta a una catástrofe humanitaria de proporciones históricas y Estados Unidos y sus aliados deberían no, deben, intensificar sus esfuerzos para ayudar a aquellos por los que hasta hace poco estábamos dispuestos a mandar a nuestras tropas a morir. El abandono del que hemos sido testigos este agosto es un acto irresponsable, que no solo daña duramente la reputación de todo occidente, sino que deja desprotegido a todo un país y a sus futuras generaciones, cuyo único pecado fue nacer en un campo de batalla. Al igual que en Vietnam, aquí tampoco habrá Plan Marshall. Lejos de haber derrotado al terrorismo islamista internacional, durante estos 20 años se le ha dado alas. Los que para unos son terroristas, para otros son luchadores por la libertad, por la defensa de su cultura ante un invasor imperialista. Independientemente de lo que uno piense al respecto, sobre el papel se ha legitimado el terrorismo internacional. Intervenciones como las de Afganistán no han ayudado a combatir el terrorismo islámico, que 20 años después de la caída de las Torres Gemelas está más globalizado que nunca. Se cierra el telón con enemigos más fuertes, civiles desprotegidos y abandonados. Esto no ha sido una secuela de lo sucedido en Vietnam, si no un spin-off con personajes distintos. Ojalá solo fuera una película. Ojalá.

por Mark Kieffer Duarte