Ni un duro

 


40%. Esa fue la tasa de para juvenil en nuestro país en 2020 y en este primer tercio de 2021 sigue en tendencia ascendente, lo cual tiene poco que ver con la pandemia, que solo ha acentuado un problema ya presente en la sociedad española desde hace algún tiempo. La entrada al mercado laboral es posiblemente la mayor preocupación en la mente de un joven estudiante - y el panorama en nuestro país deja poco sitio para la imaginación. Somos un país con una grave escasez de capital humano, un indicador que define no solo una buena cantidad de trabajadores sino  también trabajadores de  calidad, tanto en su nivel de formación como en su productividad. Por ende, es uno de los mayores indicadores de crecimiento económico de un país - algo que el nuestro necesita con urgencia. Sin embargo, en vez de fomentar la captación de talento joven y desarrollar sus habilidades, España insiste en descartar a su propia cantera. Se nos muestra la puerta de salida al extranjero. Los que tenemos capacidades lingüísticas e interculturales suficientes, aceptamos el exilio con una sonrisa agridulce. El camino se hace al andar. Algún día volveremos, ¿no?  

Sin embargo, a los que no tienen esa formación lingüística, les espera el ostracismo en su propia casa. Les esperan contratos de corta duración, precariedad laboral y salarios infames, muy por debajo de la media europea.  Les espera un futuro que se presenta como una cuesta tan empinada, que muchos de los que intentan subirla acaban cayendo más bajo aún. Los jóvenes más cualificados acaban encontrando empleo borrando sus habilidades más importantes del currículum. Empleo, que no su vocación. Si tienen ustedes la osadía de preguntar a un camarero por sus estudios, quizás les sorprenderá la respuesta.  Los que por un motivo u otro no tienen cualificación alguna, dependerán del subsidio, fomentando una cultura que estanca laboralmente a sus dependientes. Las prestaciones por desempleo son suficientes para sobrevivir, pero si se pasa mucho tiempo dependiendo de ellas, la reinserción laboral se hace prácticamente imposible. En todo caso, tanto a aquellos que pueden encontrar empleo como a aquellos que no, les unirá la incertidumbre del mañana. ¡Así es la vida!, exclamarán algunos. El resultado: récord europeo en sobre e infracualificación. Récord europeo en ninis, gente que ni trabaja ni estudia. Récord europeo en pobreza persistente y pobreza transitoria. Récord europeo en abandono escolar temprano. Un mercado laboral cada vez más rígido y difícil de acceder, gobiernos que no hacen nada al respecto. Una España de récord. Un panorama precioso.



idealista/ Eurostat


Sin embargo, esta situación no tiene por qué seguir así. La puerta al mundo laboral no tiene por qué seguir evolucionando en un muro cada vez más fortificado.  Los jóvenes, aun así, seguiremos dándolo todo por conseguir un trabajo a la altura de nuestras capacidades, pero faltan incentivos para que los más desmotivados también se atrevan a dar ese paso. Nos falta un entorno que lo permita.

Y esto pasa por las prácticas, por la formación profesional paralela a los estudios. Actualmente, más del 95% de las prácticas en nuestro país no son remuneradas, si bien en muchas ocasiones igualan las horas de trabajo semanales de empleados "a pleno derecho". En gran parte, esto es un problema cultural: tanto en las empresas como en las instituciones públicas, las prácticas no se ven como un proceso válido para la captación de talento, sino como "un favor". Al estudiante en prácticas no se le ve como un miembro más del equipo, ni siquiera como el eslabón más bajo en la cadena de mando. Se le  considera un incordio  como mucho aprovechable para las tareas más burdas - y un incordio no ha de ser remunerado. Es muy común que estando en prácticas hagamos todo lo que los otros no quieren hacer, durante el mismo tiempo y sin ver ni un duro. Sí, lamentablemente hablo desde mi propia experiencia. Esta cultura española de prácticas está caracterizada por un comportamiento corporativo condescendiente y deriva en desdén hacia los aprendices. Las empresas, sin embargo, no se dan cuenta de que este comportamiento es contraproducente tanto para ellos como para el conjunto de la economía española, donde solo se busca el rendimiento inmediato. ¿No sería mejor que las empresas invirtieran en el futuro, para no tener que depender siempre de lo que pueda ofrecer el presente?

Los jóvenes quizás no somos de rendimiento inmediato pero, en un futuro incierto, somos la apuesta más segura. No aprovechar el talento joven es perder una fuente fácil de innovación. Una que en otros países europeos sí se sabe aprovechar. En Alemania, el concepto de las prácticas no remuneradas es prácticamente inexistente. No hay trabajo sin remuneración. Los contratos de prácticas están estrictamente regulados, con un salario mínimo que rodea los 300€ dependiendo de una serie de condiciones. Este año, el SPD (socialdemócratas) ha conseguido elevar esta cifra hasta los 500€ y se planea que siga creciendo en los próximos años. Además, se integra plenamente a los estudiantes en prácticas en la estructura empresarial. Forman parte de su equipo y su input es bienvenido. Un aprendiz que destaca en su formación se asegura prácticamente un futuro laboral en esa empresa. Es una etapa formativa profesionalizada, todo lo contrario a lo que vemos en España. Esta cultura de prácticas también se traslada a las empresas e instituciones alemanas en el extranjero. Actualmente tengo la suerte de poder estar de prácticas en una organización alemana en Madrid, y si bien estas tampoco son remuneradas (más que nada por un tema de horas de trabajo semanales), me siento abrazado por la organización. Soy una pieza más. Se hace un seguimiento de cerca a mi trabajo. En reuniones semanales se me actualiza sobre la situación del proyecto, se confía en mi juicio y, por extensión, se cuenta conmigo en la toma de decisiones. Estoy siendo formado no solo por un convenio universitario que lo requiere, sino porque la cultura de formar talento joven es un camino lógico para seguir siendo una organización competente en el futuro. Es un tema de sentido común. Ni más, ni menos. 

Es por ello que urge en nuestro país una reforma de la legislación en materia de prácticas y formación profesional, que debe no solo incentivar la captación de talento, sino también el desarrollo de los estudiantes logrando así unos trabajadores de más calidad, ese capital humano que mencionaba al principio.  Es una inversión lógica en el futuro de nuestro país y una respuesta inmediata a los graves problemas laborales y de PIB per cápita. Los trabajadores más formados tienen mayores resultados, hacen de las empresas entidades más competitivas. Estas a su vez generan mayores ingresos, que derivan en sueldos más altos. En ese sentido, es una inversión en nosotros mismos como nación, para asegurar un futuro próspero para nuestra economía y por ende, para nuestro desarrollo social. Cortarle las alas a las nuevas generaciones es el equivalente económico a tirarse un tiro en el pie. 

Este tema está siendo abordado en la actualidad en el Parlamento Europeo, que a finales del año pasado pidió a la Comisión Europea un instrumento con el que prohibir las prácticas no remuneradas, al considerar estas explotación laboral. 90% de los jóvenes están de acuerdo.  Veremos si nuestros gobernantes también lo están.


Por Mark Kieffer