Poderosos

Erin Scott/ Reuters

La etimología más estudiada y repetida (hasta la extenuación) en todo estudio histórico es sin duda alguna la correspondiente a la palabra democracia. Demos significa ‘’pueblo’’ mientras que kratia significa ‘’poder o gobierno’’. La palabra resultante es demokratia - el poder del pueblo. Una cadena racional tan simple como sumar uno más uno. La democracia, por lo tanto, es un sistema político basado en la soberanía no de sus gobernantes, si no de los ciudadanos, quienes eligen y en teoría "controlan" (muchos opinaran que una pareja de comillas no es suficiente) a sus líderes. El gobierno no es si no la representación de la voluntad mayoritaria de sus ciudadanos. Es la respuesta elegida soberanamente a las amenazas, oportunidades y obstáculos a los que se enfrentan la nación. Sin embargo, pese a ser un término generalmente bien conocido, creo que estamos pasando por un momento histórico en el que es importante repetir su definición. Se dice que morimos dos veces, la primera vez cuando dejas de respirar y la segunda, cuando alguien pronuncia tu nombre por última vez. La democracia, tal y como la conocemos, yace herida de gravedad. Es sensato por lo tanto, o al menos eso creo yo, no dejar para mañana lo que puedes hacer hoy.

El asalto al Capitolio estadounidense del pasado 6 de Enero es probablemente, la mayor prueba del estado crítico en el que se encuentra la democracia. El ex-presidente, incapaz de aceptar su derrota cual niño enrabietado, propició un ataque histórico a una de las principales instituciones estadounidenses. Esto, por una parte, no es nada nuevo. Desde el inicio de las democracias modernas siempre han existido políticos que, bien por orgullo o por ser incapaces de aceptar la realidad, se negaban a resignar su puesto, siempre acompañados de un arsenal repleto de excusas y acusaciones. El que no se consuela es porque no quiere. Tampoco son nuevos los movimientos populistas, artífices de numerosos cambios de régimen a lo largo de la historia. Sin embargo, hasta hace poco tiempo, estos movimientos se encontraban perdidos en acción. No tenían cabida en sociedades que creían que la democracia era la forma de gobierno más adecuada. Las memorias recientes de dictaduras no dejaban sitio para enemigos extranjeros, élites corruptas y demás tópicos populistas de un lado y del otro. Ahora, como bien sabemos, han vuelto -y lo han hecho con una preocupante fortaleza.

El populismo se alimenta de la soberanía del pueblo, dotándolo de un significado tergiversado del significado de la democracia. El populista convierte el poder del pueblo en poderío sobre las opiniones opuestas, siendo capaces de convencer a sus seguidores de la superioridad de sus ideas respecto a las contrarias. Así, unas elecciones en las que un nuevo líder ha sido escogido de manera legítima pueden ser dadas la vuelta para convertirlas en un ataque a la democracia. Cuando miles de trumpistas decidieron asaltar, lo hicieron portando la bandera de su líder y, sobre todo, convencidos de estar haciendo lo necesario para salvaguardar la soberanía del ciudadano, la libertad y los valores democráticos. Estaban convencidos de que acudían en defensa de la democracia, pese a que realmente estaban atentando contra ella. Estaban convencidos de que la voz del pueblo había sido silenciada y que era su labor restablecer el orden. El nacionalismo es un juego peligroso. Es la ‘chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala memoria’, decía Unamuno. Ahora, todas las democracias quedan avisadas de que su existencia está en riesgo.

Ballesteros/ EFE

Que el suceso en Washington mostrase la peor cara del pueblo no significa que no haya un lado bueno. Efectivamente, el pueblo es poderoso. Poderoso en sus números, poderoso en su voluntad y poderoso en propiciar cambios. Tanto buenos como malos. En esta ocasión, me gustaría aprovechar para apelar a la cara buena de la sociedad, a la cara solidaria, a la cara bonita. Como bien sabemos, estamos de nuevo en un momento delicado de la pandemia. Las administraciones públicas están superadas (o mejor dicho, lo llevan estando desde el principio). Siguen muriendo cientos de personas cada día, desde hace meses. Como pueblo somos fuertes, somos poderosos y es momento de demostrarlo. Un gran poder también conlleva una gran responsabilidad. Responsabilidad hacia el vecino, hacia nuestros seres queridos pero también hacia los desconocidos.

Antes de nada, quiero dejar claro que esto no es una apología de nuestros gobernantes. Los gobiernos españoles han fallado en su responsabilidad de proteger a sus ciudadanos. Fallaron hace ya mucho tiempo. Cuando no se escucharon los avisos de la Organización Mundial de la Salud, cuando se hizo caso omiso a la amenaza ante la que nos encontrábamos. Cuando se prefirió politizar una crisis sanitaria para fines partidistas. No obstante, ante la incapacidad y la mediocridad de los gobiernos para encontrar soluciones a esta eterna crisis, nosotros los ciudadanos tenemos las capacidades de las que nuestros gobernantes carecen. Capacidad para proteger a nuestros seres queridos, capacidad para salvaguardar la economía y capacidad para doblegar la curva. De poco valen las quejas hacia las autoridades si nosotros no contribuimos nada a evitar que la situación vaya a peor. La solución es simple: tenemos que reducir nuestro ocio al mínimo indispensable. Tenemos que reducir al mínimo indispensable el tiempo en el que estamos en contacto con personas de otros hogares, sin llevar mascarilla.

Esto es algo que no depende solo de las posibles medidas o restricciones que puedan ser puestas por la autoridad de turno. Esto es algo que depende también de nosotros, de nuestra responsabilidad como ciudadanos, de nuestra responsabilidad hacia la sociedad en la que vivimos, hacia el prójimo. Debemos ser responsables, debemos ser solidarios. No podemos depender del gobierno para hacer lo correcto. No nos podemos rendir. Tendremos tiempo de sobra para hablar de culpables. Quiero poner como ejemplo la pasada tormenta Filomena, que dejó medio metro de nieve y que colapsó los servicios de mantenimiento invernal de la capital española. Ante la nevada, hubo dos tipos de personas. Aquellos que se enfrentaban a los operarios de limpieza, exigiendo que les limpiaran las aceras... y aquellos que motu proprio cogieron una pala o similar y ayudaron a limpiar las calles de Madrid. ¿Qué tipo de persona preferimos ser? Es en momentos de crisis como estos en los que debe brillar nuestro poder, no para combatir a enemigos invisibles como sucedió en Washington, sino para evitar perder más vidas y para, ojalá más pronto que tarde, recuperar la vida de la que nos despedimos hace un año.

Sí, somos poderosos. Ahora toca demostrarlo.  


Por Mark Kieffer