Pendientes del Tío Sam

Charlie Riedel / AP

Fumata bianca en Washington. El Tío Sam ha votado. Después de cuatro días de agotadora espera, el pueblo estadounidense ha escogido a su cuadragésimo sexto presidente: Joseph Robinette Biden Jr., aunque prefiere que le llamen Joe. Será acompañado por la carismática Kamala Harris, ex gobernadora de California. El presidente más votado en la historia de los Estados Unidos. La primera mujer votada vicepresidenta. Históricos. Ambos sustituyen así a la “ilustre” (por denominarlos de algún modo) pareja formada por Donald Trump y Mike Pence. A este dúo se le puede considerar un monumento a la división de este país. Históricos también, pero a su manera.  


EE. UU. se despertó el jueves luciendo su especial traje rojiazul, uno que solo se pone cada cuatro años la primera semana de noviembre. No pudo ponerse algo más cómodo hasta anoche. La victoria de Biden ha supuesto para mucha gente un tremendo alivio, el final de un huracán que solo parecía ir a peor y que amenazaba con llevarse por delante a la democracia, el pilar quizás más básico de la sociedad norteamericana. Más o menos al revés lo estarán viendo ahora mismo los votantes republicanos, que temen que esta legislatura sea el principio del fin de sus libertades. Ambos lados piensan que son extremos completamente opuestos, aunque hayan votado de un menú bien parecido: podían escoger entre un hombre blanco de derechas de unos 75 años y un hombre blanco de derechas de unos 75 años, pero con flequillo. El segundo ha dicho que apelará los resultados – no le han gustado. A sus votantes al parecer tampoco. 

 

Fuese como fuese, Joe Biden hereda una nación dividida y enfrentada, que además parece haberse puesto como objetivo batir todos los récords de esta pandemia. Avanza con paso firme hacia los diez millones de contagios, sumando cien mil nuevos casos y mil muertes cada día. Lejos de avistar la luz al final del túnel, los americanos parecen cavar uno cada vez más profundo, resultado de una crisis sanitaria convertida en una guerra ideológica entre gobernantes republicanos y demócratas de cara a estas elecciones recién acabadas. La demografía del fallecido por Covid-19 estadounidense deja muy señalada la disparidad entre unos y otros. En Nueva York, por ejemplo, son los afroamericanos y los latinos los que más están sufriendo la pandemia - esto es una realidad innegable. El uso de la mascarilla sigue dependiendo mucho de ciudad a ciudad y estado a estado, con leyes y medidas muy dispares al cruzar de un lugar a otro. Si en verano aún quedaban zonas vírgenes al virus, ahora estas se encuentran en peligro de extinción. A la enfermedad se le sumó el hambre y el desempleo. Mucho se tardará en revertir la situación. Mientras tanto, aquí, pese a estar más o menos igual, nos preguntamos qué hará el Tío Sam. 


Tengo la sensación de que lo que haga él es casi más importante para nosotros que lo que esté pasando aquí, en nuestro hogar. Sí, es cierto: la persona que reside en la Casa Blanca juega un papel clave en lo que suceda en el mundo. Sin embargo, el efecto directo de las elecciones estadounidenses sobre Europa y sobre España no es mucho mayor que pequeños cambios en las relaciones diplomáticas y comerciales. Sobre nuestro día a día, el efecto es nulo. Siempre lo ha sido. O al menos desde los tiempos del Plan Marshall. Ningún otro suceso internacional acapara portadas de los medios españoles como las elecciones de los Estados Unidos, ninguna otras elecciones internacionales llenan horas y horas de exclusivas en televisión. De cierto modo, es como si nuestra realidad dependiera de ello, pese a que la política exterior de Estados Unidos de cara a España siempre vaya en la misma línea, independientemente de quien gobierne tanto aquí como allí. Amigos de conveniencia que se ven de vez en cuando. Nosotros por motivos económicos. Ellos por motivos geopolíticos. Todo lo demás parece salido de una película.


Y son justamente ellas, las películas, la “zona cero” de nuestro americanocentrismo. Ha sido Hollywood el que nos ha llevado a este punto. Los blockbusters son, con bastante certeza, el mayor instrumento de diplomacia pública de la historia. Vivimos inmersos en una gigantesca y longeva marca país, la estadounidense. Lo que cala ahí, cala aquí también, ya que consumimos su cine, sus series, su literatura, su música y sus redes sociales. No solo consumimos, sino que disfrutamos haciéndolo. Su cultura se ha vuelto parte de la nuestra, nos empapamos de lo norteamericano, pese a estar tan lejos. La emulamos. No sé si porque la vemos como algo superior o por estar en todas partes. Tanto es así que vemos sus elecciones con tanto interés como si fueran las nuestras. Como una película nueva, como el gran estreno del año. Por otra parte, este comportamiento de algún modo nocivo, también tiene su lado bueno. Al igual que muchos hemos estado pendientes de las elecciones, lo estuvimos de las protestas antirracistas de este verano, mostrando nuestro apoyo en la lucha por la igualdad, donando, acompañando a millones de personas del mundo entero en su rechazo del racismo. Empatía por el sufrimiento de un pueblo ajeno. Eso no es para avergonzarse. 


Pero la realidad es que, pese a las elecciones, aquí no cambia nada. Os prometo que al despertarme y asomarme por el balcón, todo seguía igual. Amaneció y anocheció. Cosas de la vida. Os prometo también que seguiremos enlatados por la mañanas en el transporte público, seguiremos con prácticas sin remunerar y seguiremos dependientes de un turismo que ya no tenemos. Nuestros amigos seguirán siendo nuestros amigos, con Biden al igual que lo fueron con Trump. Y sí, el tomate orlando seguirá siendo fiel compañero de los macarrones a mediodía. Recordemos: la empatía es ser capaz de sumergirse en el mundo emocional del otro, sin ahogarse en él.  Dicho esto...¿Qué harás mañana, tío Sam?