Sin dramatizar

Por Íñigo Madrid

Inés Arrimadas junto a Albert Rivera en la noche del pasado 21 de diciembre. 

Un constitucionalista, al observar los resultados de las elecciones al Parlament de Catalunya del 21 de diciembre, asume dos sensaciones: en un primer momento, experimenta una intensa felicidad por el éxito de un partido antinacionalista en una región sumida por excluyente nacionalismo; y al segundo siguiente, se lamenta por la perpetua mayoría absoluta (en escaños) de los partidos independentistas. Este es, según el abajofirmante, un análisis simplón; y creo que es necesario ahondar en un examen largoplacista para obtener otro resultado.

Es verdad que los partidos políticos con carácter secesionista han obtenido la mayoría absoluta. Pero esta realidad no puede ocultar otra, y es que se ha producido un enorme cambio en la hegemonía política catalana. Que un partido constitucionalista haya ganado por primera vez (!) en Cataluña debe ser motivo de esperanza: hay cambio de paradigma, el modelo se transforma.

Insistiendo en el largo plazo, es motivo a destacar que la victoria de Inés Arrimadas ha tocado tecla a nivel nacional. No solo estabiliza al partido naranja, es que produce un terremoto político en el centro derecha español. El votante conservador deja de ver a Ciudadanos con las lentes de la inestabilidad, y lo ve defensor de principios y batallas que  históricamente –y erróneamente– han pertenecido a la derecha. Además de todo lo dicho, el brutal fracaso del Partido Popular en Cataluña aúpa, más si cabe, este cambio de legitimidades políticas.

Hasta ahora lo bonito. Pero hay un grave problema, y es la mayoría independentista –que por cierto no tendrían si no fuera por la perversa ley electoral. Esto es grave porque todos los cambios que se podrían haber dado (reforma constitucional hacia un modelo federal o reforma del modelo de financiación), no se podrán realizar. Es probable que la victoria de Ciudadanos deslegitime su discurso más radical –aquello de un sol poble–, pero no va a hacerles retroceder en su sectario, excluyente y antidemocrático objetivo.

Otro de los factores a tratar es el de la instrucción del juez Pablo Llarena. Van a seguir las imputaciones, las prisiones provisionales, y puede que las sentencias; y esto es inevitable. Poco Estado de Derecho nos quedaría si, después de estas elecciones, los autos se suavizan. La realidad siempre se impone. ¿Que lo entorpece todo? Quién dijo que lo de la democracia no iba a ser un «lío».

En fin, que se va a alargar la agonía más de lo previsto: hay Procés para rato. Pero con una diferencia: el patriotismo constitucional despertó hace unas semanas, y eso es definitorio. La media Cataluña ya no agacha la cabeza; ahora vota y cuelga la senyera, la española y la europea. Podrán gobernar, podrán alargar, podrán seguir; pero democracia es sinónimo de temporalidad, y llegarán de nuevo las urnas. Acordaos que es en el largo plazo donde juegan los inteligentes, esperémosles ahí. De momento, vamos ganando.

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